FIRMAS: Luis María Anson, Erasmo, Fernando Sánchez Drago, Rafael Navarro-Valls

CANELA FINA
LUIS MARIA ANSON
Gallardón: hacia un nuevo Plan ADO
España se encuentra entre las diez primeras potencias económicas del mundo. Culturalmente nos movemos en un tercer o cuarto lugar. En los Juegos Olímpicos hemos ocupado el puesto 14. Al margen de la euforia que en los hinchas ha despertado alguna de las victorias españolas, el papel de nuestra nación en los Juegos Olímpicos no ha pasado de discreto. Píndaro hubiera dedicado algún epinicio al triunfo de Nadal y tal vez al acoso de nuestros jugadores de baloncesto al inalcanzable equipo de Estados Unidos. Como siempre, entre los comentaristas españoles ha destacado Ignacio Camacho con un soberbio artículo: Semigatillazo en Pekín.
Hemos ocupado el lugar 14 cuando no deberíamos caernos del top-ten. Inglaterra, Alemania, Italia y Francia, nuestros competidores europeos, terminaron por delante como casi siempre. Ucrania, Holanda y Jamaica también nos desbordaron, aparte de los más grandes, sobre todo China que se ha alzado con el cetro del deporte mundial. Asombroso lo que han hecho los chinos deportivamente hablando y en qué poco tiempo. Lo que ha ocurrido en Pekín anticipa que, en unas décadas, China se convertirá en la primera potencia económica del mundo y se desembarazará de la dictadura ya no comunista que recorta todavía las libertades y los derechos humanos.
Total, que euforias e histerismos aparte hemos hecho un papel decoroso en los Juegos Olímpicos, pero sin excesos, entre otras cosas porque no existimos ni en atletismo ni en natación, salvo la artística sincronizada. Como es probable que en el año 2016 los Juegos Olímpicos se celebren en Madrid, éste es el momento de aplicar al deporte español la terapia que precisa.
Carlos Ferrer Salat fue el deportista y empresario que se dio cuenta del ridículo que podíamos hacer en Barcelona 92 y puso en marcha el plan ADO. En el deporte a veces se gana por suerte, en ocasiones por un destello personal. Pero, en general, las victorias deportivas se producen gracias a una estrategia tenazmente llevada a la práctica. Los atletas con posibilidades necesitan despreocuparse de cualquier agobio económico y dedicarse íntegramente a mejorar sus marcas, lo cual exige financiación especial y eso fue el plan ADO, con resultados excelentes en Barcelona 92.
Si Gallardón quiere hacer algo serio, además de ganar para Madrid la celebración de los Juegos Olímpicos de 2016, debe estimular a las autoridades deportivas para renovar nuestro macilento plan ADO. Hay ocho años por delante, tiempo suficiente como ha demostrado China, para optimizar las marcas atléticas. Dinero suficiente y bien administrado es lo que hace falta. Si se pone en marcha un renovado plan ADO, España podría situarse en los Juegos Olímpicos de Madrid entre los cinco primeros lugares del medallero. El azar, la improvisación, la fortuna que presiden la política zapateresca no es de recibo. Se trata de que Gallardón estimule y oriente un nuevo ADO para afrontar el desafío olímpico con seriedad, para que Madrid se convierta en un éxito del deporte español como lo fue Barcelona 92.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española
ERASMO
V/El Madrid
A la proeza por el contagio. Y las hazañas, así la dinamita, explosionan por simpatía (sympathy sickness), tal Eurocopa, Nadal, Gasol, et al. Este Madrid, su afán de gestas. Golean (4-2) con 9, (8 y Casillas) y el impudor desvergonzado de un silbato. ¿Qué hemos hecho mal? Error: se le dio todo al PNV, nos fiamos de Arzalluz (Peces-Barba). Y el fútbol. Tal árbitro, y Villar, contrariado, vuelve el reino de la fullería y.
TRIBUNA LIBRE
RAFAEL NAVARRO-VALLS
La gran semana demócrata
Ahora que la carrera electoral de EEUU llega a uno de sus puntos álgidos, el autor reflexiona sobre la figura del vicepresidente y las candidaturas a la Presidencia
RAFAEL NAVARRO-VALLS
La carrera hacia la Casa Blanca es un camino tortuoso flanqueado de momentos intensos. Dos de esos momentos fuertes se han producido en muy poco tiempo: la designación del número dos de Obama (pronto lo hará McCain) y el inicio de las convenciones de los partidos. Entre Biden (vicepresidente con Obama ) y Denver (sede de la convención) corre la gran semana demócrata.
El nombramiento de Joe Biden como vicepresidente en el ticket demócrata ha sido acogido con expectación. Es una expectación que no mira preferentemente a sus cualidades como posible presidente en caso de renuncia o muerte de Obama. Más bien se especula con la mayor o menor ayuda electoral que pueda prestarle. Baste pensar en las características que, según los analistas, ha de tener el vicepresidente: 1) Que no eclipse la figura del presidente, 2) Que conecte con otro tipo de votantes diversos de los del candidato a la Presidencia, 3) Que esté dispuesto a hacer el trabajo sucio, apareciendo como el malo de la película. Attack dog (perro de ataque), es como se le conoce en el argot electoral. Alguien con escasas capacidades para ser presidente, pero que cumpla estas condiciones, puede llegar a la Casa Blanca.
En una primera aproximación, no parece que sea éste el caso de Biden, de 65 años, católico, senador por Delaware, y un experto en política exterior. Sin embargo, su designación remueve una cuestión que viene inquietando a importantes constitucionalistas americanos. Me refiero a si la figura del vicepresidente, tal como la han configurado la Constitución estadounidense y, sobre todo, su enmienda 25 (10 de febrero de 1967), obedece en realidad a las reglas de juego que deben imperar en una democracia avanzada. La alarma cundió cuando Nixon renunció a la Presidencia y automáticamente el vicepresidente Gerald Ford se convirtió en el 38º presidente de Estados Unidos. Ford, a su vez, designó como vicepresidente a Nelson Rockefeller. De este modo, se produjo la anómala situación de que ni el presidente ni el vicepresidente habían sido elegidos por el pueblo estadounidense.
En todo caso, la Historia demuestra -el actual vicepresidente Cheney es quizá la excepción que confirma la regla- que el número dos suele quedar al margen de las grandes decisiones presidenciales. Durante casi un cuarto de siglo, EEUU ha sido gobernado por vicepresidentes que sucedieron automáticamente a un presidente muerto o dimitido. La gran mayoría, cuando accedieron a la Casa Blanca, ni habían sido preparados por el presidente para el cargo, ni habían tenido un papel activo en las tareas presidenciales ni inicialmente su designación se debió a la posesión de especiales cualidades para el cargo, distintas de sus potencialidades electorales. La pregunta que se hacía Arthur M. Schlesinger, distinguido historiador y consejero especial con Kennedy y Johnson, era: ¿no sería más razonable que desapareciera la figura del vicepresidente y, como en Francia, la renuncia o muerte del presidente diera paso a nuevas elecciones anticipadas que elijan democráticamente al nuevo inquilino de la Casa Blanca?
En mi opinión, la eliminación de la figura del vicepresidente sería una solución demasiado radical que, hoy por hoy, no parece viable sin un complicado cambio en la Constitución. Pero esa corriente de opinión apunta a una cuestión importante que el futuro presidente deberá no olvidar. Me refiero a la necesidad de que su vicepresidente participe en las decisiones importantes. Lo que no es de recibo es que pueda repetirse con Joe Biden -o con el que nombre McCain- lo que contestó Eisenhower a un redactor de The New York Times, después de ocho años en la Casa Blanca con Nixon de vicepresidente: «¿Cuáles han sido la principales cuestiones de importancia de vuestra Administración», fue la pregunta, «en las que ha participado su vicepresidente?». La demoledora respuesta fue: «Deme usted una semana y tal vez pueda encontrar alguna».
La designación del vicepresidente ha de ser confirmada por la Convención de cada partido. Antes, ha de serlo el candidato a la Presidencia. Por eso mismo, ambas convenciones en año electoral son, junto a la Superbowl (final de la liga de fútbol americano) un auténtico espectáculo nacional. Ya lo está siendo Denver, donde acaba de comenzar la Convención demócrata. El día de inauguración -junto a Michelle Obama- dos históricos del Partido Demócrata han compartido protagonismo, aunque haya sido a través de mensajes en vídeo. A la intervención del ex presidente Jimmy Carter siguió el homenaje al senador Ted Kennedy, que se recupera de la operación de un tumor cerebral. Es curioso cómo el tiempo altera los condicionamientos. En la Convención demócrata de 1980 los grandes enemigos fueron precisamente los que ahora actúan juntos en Denver. Carter y Ted Kennedy desencadenaron una guerra cainita para hacerse con la nominación presidencial. Finalmente Kennedy fue derrotado por el presidente Carter, pero en la campaña electoral que siguió a la convención el candidato republicano (Reagan) en buena parte reprodujo los ataques de Kennedy contra Carter. Lo resumía con ironía uno de los asesores de Carter: «Kennedy y Jomeini [en alusión a los rehenes estadounidenses] fueron los responsables de que Ronald Reagan alcanzara la Presidencia».
Los demócratas llevan meses tratando de evitar un escenario parecido, que recuerde demasiado la dura y larga campaña electoral de las primarias. Tanto Hillary como Bill Clinton intervendrán en la Convención en momentos destacados y, tras muchas negociaciones, su nombre será presentado a la nominación y simbólicamente votado. Obama ha torcido el gesto ante esta nueva muestra de poder de la senadora por Nueva York. No olvida que, al comenzar las primarias demócratas, (Iowa, enero de 2008), Hillary iba delante de él nada menos que por 20 puntos. Un milagro de organización permitió a Obama ganar por los pelos a la maquinaria electoral mejor engrasada de la Historia: la de Billary Clinton.
Desde 1984, en el paseo triunfal en el que se convirtió la campaña de Reagan frente a Walter Mondale, ningún candidato demócrata ha llegado a la Convención de su partido con unas encuestas tan apretadas. No conviene olvidar la volatilidad del voto del elector estadounidense. Michael Dukakis, Al Gore y John Kerry aventajaban en verano a sus adversarios republicanos en más de 10 puntos, y los tres terminaron perdiendo. Obama ha visto con sorpresa cómo su distancia ha ido disminuyendo semana tras semana. Su popularidad parece que está empezando a declinar y se han empezado a extender las dudas sobre su capacidad para liderar al país en tiempos de crisis.
En esta situación, las convenciones pueden ser decisivas. En Denver todo se ha cuidado al detalle. Los temas responden al guión de la campaña: capacidad de liderazgo, economía y política exterior. Las intervenciones incluyen al matrimonio Clinton, a muchos de los que han jugado un papel importante en la política estadounidense de los últimos años -desde Howard Dean a John Kerry, pasando por Nancy Pelosi-, y los que sonaron como candidatos a la vicepresidencia: Bill Richardson, Kathleen Sebelius, Evan Bayh. Los ataques a John McCain, al que se presenta como Bush III, también tendrán su lugar destacado.
El evento que más atención ha despertado es el discurso de aceptación de la nominación del candidato a la Presidencia ante más de 76.000 personas en el Invesco Field. Cuando el 29 de agosto Obama pronuncie su discurso de investidura, que coincide con el 45 aniversario del célebre I have a dream, de Martin Luther King, Denver entrará en los libros de Historia. Su discurso será el momento estelar de la Convención. En el estadio de los Denver Broncos, Obama tiene una gran oportunidad para llenar de contenido su atractiva propuesta de cambio. Pero no olvidará que otros candidatos demócratas, abanderados del cambio, fracasaron en el intento: Dukakis, Mondale, McGovern... Tal vez por eso, las expectativas son muy altas. Será el momento de apelar a la clase trabajadora estadounidense, como hizo Roosevelt en su aceptación de 1932, y reivindicar las reformas y la necesidad de mirar hacia el futuro, como hizo Kennedy en 1960. El gran desafío de Obama en Denver será presentarse a los estadounidenses como alguien de carne y hueso, no de papel cuché.
Rafael Navarro-Valls es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro sobre la Casa Blanca Del poder y de la gloria
EL LOBO FEROZ
F. SANCHEZ DRAGO
Carroñeros (1)
Me asquea lo que en estos días hemos visto, leído y oído. Prensa, radio, televisión: todos a una y durante todo el día. No había escapatoria posible, excepto la de esos monos de Buda que se tapan los ojos y las orejas. No me refiero al coñazo de Pekín, sino al zafarrancho de carroña organizado en torno a la hecatombe de Barajas. Sólo cabe excluir de él a los familiares y amigos de las víctimas, y tampoco a todos, pues algunos han arrimado la jeta al afán de notoriedad. Yo, si un ser querido estuviera de cuerpo presente, no me prestaría a hacer declaraciones para la galería. Cuestión de estómago. Pero son otros quienes acaparan el medallero de los metales viles en los juegos olímpicos de la putrefacción. La muerte como espectáculo, negocio, vanidad y ocasión de trepa. Bandadas de avechuchos carroñeros que baten las alas y dan saltitos alrededor de la casquería, moscas que acuden al muladar. Empecemos por las gentes del común. ¿A quién diablos aplauden los pasmarotes que guardan inútiles minutos de silencio en las plazas públicas? Públicas, digo. En privado no lo harían. Quieren presumir de buen corazón. Pura pamema, la del minutito de silencio o la de las velitas cursis, que para nada sirven, y estúpida costumbre la de despedir con aplausos a los muertos. ¿A quién diablos aplauden? ¿A quienes mueren, por hacerlo bien, a la Muerte, por matar como Dios manda, o a los deudos del difunto, por pasarlo mal? No. Se aplauden a sí mismos: ¡mirad qué buenos somos! ¿Por qué, ya puestos, no ovacionan a los que mueren en las carreteras, en los hospitales, en Irak o en Afganistán? ¿Qué pasa? ¿Que sólo debe rendirse homenaje audiovisual de hipocresía a quienes lo hacen aquí cerca, de repente y en montón? ¿Abucheamos a los otros? Ya decía Jardiel Poncela, mordazmente, que los muertos, por muy mal que lo hagan, siempre salen a hombros. En cuanto a los periodistas, ¿a qué tan inmisericorde fisgoneo, tan reiterativo lujo de detalles? ¿Es necesario aburrir a la gente o excitar sus bajos instintos con pormenores sádicos o técnicos que sólo deberían conocer, porque a nadie más interesan, los miembros de las comisiones y estamentos encargados de investigar lo sucedido y actuar en consecuencia? ¿Es ético y estético agredir a bocajarro con alcachofas de metal, apuntar con cámaras indiscretas o formular preguntas impertinentes a quienes acaban de perder a alguien querido? Telemierda, radiobasura, prensamugre. Vergüenza daba ver a los presentadores de los telediarios vestidos de luto. Fui a La Noria el sábado y quisieron ponerme en la solapa un lacito negro. Me negué. El dolor, si no va por dentro, es histrionismo de plañideras. De luto iban también los políticos que acudían al pudridero para salir en las fotos. No sentían pena. La daban. Vomitivo paripé. Buitres. Buscaban votos. Quédense para mañana.
Etiquetas: Firmas





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