FIRMAS: Luis María Anson, Arcadi Espada, Erasmo, Manuel Lagares

CANELA FINA
LUIS MARIA ANSON
Los ídolos cada vez se talan menos
Una decadente cena marbellí en la que Julio Iglesias mostró sus últimas miserias ha inspirado a Antonio Lucas la frase del verano: «Los ídolos cada vez se talan antes». A mí me parece admirable la peripecia profesional del cantante español que conquistó el mundo, sin la voz de Sinatra ni la calidad de Chevalier, pero con un estilo personal de muchos quilates. Julio ha triunfado desde Pekín a Santiago de Chile con especial incidencia en Estados Unidos. Abarrotó de verdad, con un público voraz que pagó su entrada, el estadio Bernabéu y yo le di la portada del ABC verdadero que el éxito del cantante exigía. Eran los tiempos del esplendor en la hierba. Luego vino la inevitable decadencia, acentuada por el emergente triunfo de su hijo Enrique.
«El vaivén atroz de la existencia, la cifra azul de la tristeza, el alba quieta de la madera hundida son ya un claustro de piedras sin memoria, la ciencia abstracta del cuerpo en extravío». Antonio Lucas ha escrito la crónica exacta de la decadencia de Julio Iglesias. La edad no perdona, sobre todo cuando se pretende hacer que arda sobre el agua la luz equivocada. El poeta ha resumido el retorno de Julio Iglesias al invierno de sí mismo con la imagen de los árboles, de los ídolos, que cada vez se talan antes. En Mallorca, la Mallorca de sus grandes éxitos multitudinarios, redujo Julio Iglesias sus ambiciones a un auditorio de 1.500 butacas. Sólo se vendieron 74 entradas y el cantante suspendió el concierto.
Nada queda de Urtain, poco de Uzcudun. Zarra está olvidado, Molowny es un sueño, Di Stéfano un presentimiento. Los cantantes de la movida yacen en el cementerio. Severiano Ballesteros es una sombra, Santana un ciprés encanecido, Emiliano un suspiro de la canasta antes cimbreada. Las actrices célebres de los 60 pasean sus michelines y su devastación por los programas rosas del corazón. Los políticos de la Transición son cadáveres que se descomponen entre incesantes rumores. Se salvan los intelectuales, los escritores, los poetas, los pintores. El cerebro también envejece pero menos.
Y, además, una juventud voraz lo arrasa todo. En el deporte, en la canción, en la moda, en el espectáculo, los ídolos se talan con la crueldad con que los especuladores arrasan los bosques amazónicos. Resisten algunos, pero muy pocos. La fama fugaz de ciertos programas de televisión y sus triunfos se apagan como candiles. La gente quiere rostros nuevos, bellezas diferentes, expresiones distintas. Los jóvenes son insaciables y el frenesí mediático lo arrolla todo y hace pasar de la gloria al infierno del olvido, en sólo unos meses, a los personajes encumbrados.
Tiene razón Antonio Lucas. El poeta vive en un incendio de nidos esmaltados, en un océano de llantos y cruces arrasadas, en el cristal altivo de las aguas repentinas. Lucas ha resumido, en una crónica de verano, la decadencia de los ídolos en un mundo joven que no respeta ni a Chaplin ni a Picasso, ni a Pavarotti ni a Stravinski ni a Chillida ni a Gaudí. Y, claro, mucho menos a Julio Iglesias que está probando con amargura las frutas ácidas del éxito que se acaba.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
ZOOM
ARCADI ESPADA
Niño chico
El periódico publicaba ayer una encuesta puramente extraordinaria. Aseguraba que los españoles de hoy maldicen la Transición política. Treinta años después de un experimento que asombró al mundo, y sobre todo a los españoles mismos, el cruel diagnóstico asoma: fue un error. Yo, naturalmente, tengo la obligación de tomarme en serio las encuestas del periódico. Pero es que, además, y obviando mis reparos metodológicos, sospecho que la respuesta refleja la verdad. Debo aclarar enseguida que la encuesta no preguntaba por la Transición, sino por dos asuntos concretos: la amnistía del 1977, que incluyó terroristas, y la falta de represalias contra los capos de la dictadura franquista. El pueblo encuestado sentenciaba que las dos cosas estuvieron mal hechas. Pues bien: esas dos cosas fueron (y digo «fueron» y no «representaron») la transición política. El pueblo encuestado está en su derecho de aborrecerlas; pero que sepa que el niño va con el bacín.
Lo pasmoso es que, de poder yo dirigirme al pueblo encuestado con esa advertencia, habría de oír de él su queja y su sorpresa. El pueblo me diría que la Transición estuvo bien, pero que esas dos cosas estuvieron muy mal. El pueblo encuestado es un niño chico, y conforme pasa el tiempo crece para abajo. Si yo, con paciencia improbable, argumentara que las dos amnistías contribuyeron a evitar el conflicto civil me las tendría que ver con su insistencia. No, no: ni conflicto civil ni perdones, contestaría, maravillándose que entre los dos términos pudiera establecerse tan inexorable reacción. El pueblo encuestado tiende a olvidar la noción de precio. Es también un efecto del abuso de la encuesta: dado que el número de encuestas crece por minuto, el pueblo encuestado se siente cada vez más importante, doctrinal y axiomático y responde a las preguntas con la displicencia del que gobierna. Tenía razón Zapatero: Sonsoles no sabes tú cuántos encuestados podrían ser presidentes.
Zapatero ha sido, en efecto, uno de los más exhibidos promotores de la cultura de la gratuidad en la política. En toda la gestión de los presidentes anteriores se divisaba cuando no la sangre o las lágrimas, al menos el sudor. Algún Gobierno quiso liquidar el terrorismo con terrorismo. Un intento criminal. Pero es que Zapatero quiso doblegarlo a lo Uri Geller. Y en su imprudentísimo intento de revisión de la transición política se comportó de modo similar al del pueblo encuestado: él también lo quería todo, gratis y ahora. Sin embargo, la cultura de la gratuidad rebasa con creces su ejemplo. Es un fruto inesperado de la miniaturización de la vida. Los procesos se hacen cada vez menos visibles, hasta el punto de que los efectos se perciben (¡y se juzgan!) en términos mágicos. Mi abuela María Pérez habría tenido grandes dificultades en asegurar, frente a una pantalla plana, que dentro de la televisión vivían muñecos.
(Coda: «Llegará un día en que viajando por el mundo lo tendremos todo pagado». Variaciones sobre un tema del filósofo Francesc Pujols.)
ERASMO
V/Voley
Playa. Curioso sport más de Jotabés que del afán olímpico. Apoteosis de culos rebozados en fingidas arenas de playa: «Para mirones» (Rubén Amón). Juega Brasil: se entiende que Oscar Niemeyer alzara Brasilia sobre elegantes contrafuertes curvos inspirados en inenarrables nalgas brasileiras. Nuevo apartado olímpico: Halterofilia y parafilia. O nuevo nombre: Voyeur-Playa. Si allí no hay playa, qué COI. (Vaya, vaya). TRIBUNA LIBRE
MANUEL LAGARES
¿Necesitamos otros Pactos de La Moncloa?
Tras conocerse el plan del Gobierno contra la crisis, el autor compara la actual coyuntura con la de 1977, cuando fue posible salir del túnel gracias al consenso
MANUEL LAGARES
En estos días son ya muchos los que, ante la creciente gravedad de la crisis económica, piden unos nuevos Pactos de La Moncloa para superarla. Esa petición ha sido respaldada, además, por diversas organizaciones sociales, por periódicos y revistas -entre ellos, EL MUNDO- e incluso por algunos partidos políticos. Para quienes en 1977 estuvimos en primera línea de aquella aventura, nos impresiona cómo después de tantos años aquellos acontecimientos permanecen tan positivamente valorados en la conciencia colectiva de los españoles. ¿Necesitamos hoy unos nuevos Pactos de La Moncloa? Recordemos que aquéllos consistieron en un compromiso solemne del Gobierno con todas las fuerzas políticas, formulado ante las Cortes y aprobado unánimemente por ellas, para ejecutar un programa de saneamiento y reforma económica en el plazo de dos años, ante la gran magnitud de la crisis que nos afectaba y la sentida necesidad de cambiar el modelo económico de crecimiento, como también ocurre ahora. Sin duda, las circunstancias de nuestro país y su capacidad de resistencia son hoy, afortunadamente, bien distintas a las de 1977; pero también ahora como entonces nos golpea una crisis profunda de consecuencias muy graves y no bien evaluadas, e igualmente la economía española necesita de reformas importantes que exceden de un mero saneamiento coyuntural y de la capacidad de gestión en solitario de cualquier Gobierno.
No resulta descabellada la idea de unos nuevos Pactos que nos ayuden a superar la crisis y, sobre todo que, mediante las reformas adecuadas, sienten las bases para una nueva etapa de prosperidad como la que terminó derivándose de los de 1977. Ni tampoco sorprenderían esos Pactos en una democracia cuando han de afrontarse problemas tan graves y de tanta envergadura. Ejemplos similares se han dado en muchos otros países de nuestro entorno. Pero casi nada de lo necesario para unos nuevos Pactos es ahora igual que entonces. Como estuve presente en los entresijos de los Pactos de La Moncloa, he analizado en estos días las similitudes y diferencias que existen entre ambas situaciones y creo echar en falta, al menos, una decena de requisitos esenciales sin los que, a mi entender, resultaría muy difícil alcanzar unos nuevos Pactos con el éxito de los anteriores.
El primero de esos requisitos es la existencia de un equipo de expertos que haya analizado en profundidad las características de esta crisis, formulando un programa coherente para superarla. En 1977 estaba el llamado Equipo Fuentes Quintana, que, durante los tres años anteriores, había estudiado la crisis, sus repercusiones para la economía española, las soluciones que se aplicaban en otros países y, lo más importante, los ajustes coyunturales y las reformas de fondo que debían instrumentarse en aquellas difíciles y complejas circunstancias.
Hoy un equipo como aquél no parece existir, a la vista de las reiteradas y manidas propuestas del Gobierno que, además de negar otra vez la crisis, han consistido en poco más que en anunciar de nuevo la supresión del impuesto del patrimonio; la transposición de una directiva comunitaria del 2006; la reducción de algunos trámites administrativos -que ya veremos en que quedan, a la vista de las ideas y actuaciones de los gobiernos autonómicos y locales-; apoyar una vez más a la vivienda oficial y a las pequeñas empresas; devolver 400 euros de impuestos a algunos españoles, arruinando el superávit público; y entregar gratuitamente un par de bombillas de bajo consumo a todos los hogares. Con actuaciones de este calibre y otras aún más sorprendentes sobre corbatas y velocidad de acceso a las ciudades, me temo que tardaremos en resolver nuestros problemas actuales.
El segundo requisito se refiere a la ausencia de una autoridad científica y moral que avale el programa sobre el que tendrían que fundamentarse los nuevos Pactos. Como ocurre casi siempre, ante un determinado problema pueden plantearse diversas soluciones, aunque no todas sean igualmente eficientes. Elegir la más adecuada no suele resultar fácil ni comprensible para todos si no existe alguien con prestigio y autoridad moral que avale la elección. Ese papel y el de dirección del equipo de estudio de la crisis lo desempeñó brillantemente en 1977 el profesor Fuentes Quintana, el más prestigioso y conocido de nuestros economistas del siglo XX.
Además, el programa exigiría de importantes sacrificios, que tendrían que ser igualmente avalados por esa autoridad científica para que se admitiesen por todos. Por eso la tercera circunstancia que debería darse para unos nuevos Pactos es que sus medidas impliquen un reparto equitativo de los costes del ajuste. Sin que eso se perciba con nitidez, no se alcanzará el consenso ni para los ajustes necesarios contra la crisis ni para las reformas que abran un futuro de esperanza a nuestra economía.
La cuarta condición es que el programa mire al futuro y no solo a los problemas del momento. Para despertar interés y suscitar el consenso, ese programa tendría que dibujar un atractivo futuro a largo plazo, una vez superada la crisis. Desde luego ese futuro no podría delimitarse con absoluta precisión, pero se aseguraría razonablemente si las políticas del programa fueran muy coherentes con un sistema de libre competencia y mercado. Por eso, impulsar la economía de mercado, evitar cualquier fragmentación regional de éstos y liberalizar al máximo nuestro sistema económico constituiría la quinta condición necesaria para esos nuevos Pactos.
El programa al que venimos refiriéndonos tendría que ser formulado, además, por escrito y estar cuantificado adecuadamente. No bastaría con lanzar algunas ideas etéreas ni establecer previsiones sin cifras creíbles sobre las que nadie podría confiar. De ahí que en la elaboración de ese programa, escrito y cuantificado, tuvieran también que comprometer su prestigio las instituciones públicas más representativas de la economía española, lo que constituiría el sexto requisito para esos nuevos Pactos.
El séptimo requisito señala que no tiene sentido pretender unos nuevos Pactos sin que el programa de política económica sobre el que se asienten se haya debatido por las fuerzas políticas y sociales, aceptándose las correcciones que éstas sugieran si no afectan sustancialmente a los objetivos, medidas y plazos que le presten coherencia y sentido. El octavo estriba en que el Gobierno se comprometa, formal y solemnemente, a llevar a término, sin dilaciones ni subterfugios, las medidas del programa consensuado bajo un control parlamentario riguroso y periódico. Sin la decisión abierta y franca del Gobierno y sin la vigilancia atenta de las Cortes, poco podrá lograrse.
La novena condición, a mi entender, es la de comunicar a los ciudadanos, resuelta y sinceramente, la gravedad de la situación por la que atravesamos. Utilizar la semántica para ocultar lo que todos de sobra conocemos o recurrir a frases cabalísticas de los segundos o terceros niveles del Gobierno para rectificar las erróneas y triunfalistas manifestaciones de quienes integran su cúspide, socava la confianza en ese Gobierno e imposibilita recabar el apoyo de todos los ciudadanos para las duras medidas que habrán de aplicarse.
Por eso la décima y última condición para los Pactos es que hay que solicitar a todos los españoles que colaboren abiertamente con la política económica aprobada. Sin el convencimiento de los ciudadanos de que estamos ante una difícil situación que podrá resolverse, pero cuya solución exigirá del sacrificio y el compromiso de todos, poco podrá hacerse para salir con éxito de esta profunda crisis.
Si todos esos requisitos se cumpliesen, quizás pudieran alcanzarse unos nuevos Pactos similares a los de 1977. Al instrumentar un programa coherente y extenso de política económica, apoyado por las fuerzas políticas y sociales más representativas, en lugar de aplicar medidas inconexas y parciales no debatidas con nadie, coadyuvarían mucho mejor a superar la crisis, aunque no nos evitasen soportar algunos de sus costes y consecuencias. Sin duda, aliviarían enormemente la situación coyuntural y, sobre todo, nos pondrían en la senda de un futuro económico más brillante que el que hoy se intuye para después de la tormenta. Lamentablemente, y por todo lo expuesto, esos Pactos me parecen todavía muy lejanos.
Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
En camisa de once varas / Javier Cámara
PEDRO SIMON
«Mariano y José Luis serían unos padres para Paquirrín»
Iba para monje en un seminario hasta que vio la luz. Sueña con Goya, pero de nominación de origen sólo tiene La Rioja. Vuelve con 'Los girasoles ciegos' para abrirnos francos los ojos. Ahí lo ven: si no les gusta el cine, ya tienen cura. Luces, Cámara y acción de gracias
PEDRO SIMON
Siempre tan pegado al foco, que ha fundido varias de sus siete vidas: antes de ser cocinero en Fuera de carta estudió para fraile. Antes que estrella de cine fue acomodador de teatro... Camaradas.
El actor es de verdad. Pasa de la fama, aunque hable con ella. Quedamos con Javier recién salido de machacarse en el gimnasio y nos sale buen tipo, pero no es Cámara de torturas. «Perdona, me pones una tostadita con tomate y aceite».
Estamos en el vestuario. Es bajito y se deja. Nos sentimos camarilla.
Pregunta.- Me han dicho que es un borde. ¿Confirma o desmiente?
Respuesta.- Yo no tengo fama de borde. ¿Estás loco? ¿Eres gilipollas?
P.- Cinco años en un seminario. ¿Tiene usted cura?
R.- Sí, sí, tuve cura. Me curé gracias a Dios. Entré a los 13 o así y aquello fue divertido. Saqué en claro la disciplina. Porque es que eran además curas alemanes, los padres salvatorianos. Luego les salí rana...
P.- Acomodador del teatro Fígaro. Cuente lo más oscuro que alumbró con la linterna.
R.- Lo más oscuro que alumbré con una linterna eran los perros guías de los ciegos que me tocaba sentar en primera fila. Me llenaba de emoción cómo los perros estaban completamente en silencio y miraban al escenario como sus propios amos. Parecía que les estaban contando a sus dueños la trama. De acomodador aprendí mucho. Por ejemplo, a bajar el sonotone de las señoras a las que se les disparaba y empezaba a pitar.
P.- Por cierto, ¿hay más tocamientos en el cine o en un seminario?
R.- En una sala de cine. En el seminario éramos todos chicos, jovencito, y me tocaba muchísimo. A esa edad no haces más que tocarte. Otra cosa es que ya metas a gente.
P.- El lugar más insólito donde ha practicado el saxo.
R.- En mi casa con mi padre. El intentó enseñarme a tocar el saxo. Pero no seguí, compré un piano. Soy hijo de músico y de agricultor, algo te tiene que quedar. Se me dan bien las plantas y a veces tengo un poco de oído.
P.- ¿Qué parte de Javier quiere más su apellido?
R.- Los ojos. Porque si no sabes dónde está la cámara lo pasas fatal.
P.- Primer artículo del Estatuto de La Rioja.
R.- Todos los riojanos se amarán los unos a los otros y amarán al que se pase por allí. Esto se cumple en mi tierra, son muy cariñosos. Voy poco, pero hace poco salió una encuesta en la que se preguntaba con quién se tomaría cañas un riojano. Quedé el primero.
P.- ¿Mejor siete vidas de don gato que una vida de don perro?
R.- A mí las siete vidas me gustan. De hecho no las terminé de cumplir. Yo hubiese estado haciendo Siete vidas toda mi vida. Me lo pasaba muy bien.
P.- ¿Luces, cámara y acción o sombras, Cámara y sofá?
R.- Sombras, como de un árbol. De Cámara, yo. Y una mantita así por encima del estómago... La gente bañándose en un río de fondo, los niños riendo a lo lejos, un transistor medio dominguero... Así sí.
P.- Usted hizo pinitos en el seminario de curas salvatorianos de Logroño. ¿Qué frase recuerda de las obras de Santa Teresa?
R.- «Señor, más se lloran por las plegarias atendidas que por las desatendidas». Esto lo puso Truman Capote, pero es una frase de Santa Teresa. Cuando pides y pides y te conceden los sueños, se llora más por lo cumplido que por lo que queda por cumplir.
P.- Una delicia fuera de carta.
R.- Lo que te ofrezca el chef siempre. En lo personal, viajar con los colegas, sobre todo con los que ya han estado antes en ese sitio. Los sherpas me interesan.
P.- Como abogado de mentira, dígame una injusticia de verdad.
R.- Que estén en la cárcel más tiempo los pobres que los ricos.
P.- Dígame algo con orgullo.
R.- Algo con orgullo... Ya soy actor.
P.- Ay, señor, señor. ¿De qué iba vestido el día de su primera excomunión?
R.- No he excomulgado. Y si excomulgo mi madre me mata. Yo he sido muchas veces infiel a la Iglesia. Incluso he estado desnudo. Soy espiritual, pero creo que Dios no se entera de lo que pasa aquí abajo. Creo en la bondad de los desconocidos, soy facilón y se me convence. Ahora bien, de la secta de Waco no me hago. Tengo una parte práctica que me impide ser un gilipollas.
P.- ¿Por qué no le ha llamado aún Goya para que hable con ella?
R.- Bueno, Goya Toledo es encantadora... Pero uno tiene que ganárselo y no me lo he ganado todavía. Además, hay una lista de gente que no ha recibido el Goya que no desmerece y es tan venerable como la que lo ganó.
P.- Le dan un Oscar. ¿A quién no se lo agradece especialmente?
R.- A todo el mundo, tío. Incluso los que te ponen zancadillas te enseñan. Justifico mucho las cosas espantosas de los demás. Incluso lo de ese señor que escondió a sus hijos durante 25 años en un búnker. Es deleznable, pero como actor y alguien que indaga en las mentes ajenas me apetece comprenderle.
P.- ¿Ha ganado alguna estatuilla del roscón de Reyes?
R.- Hostias, no. A mí me tocó una que es mala, la que te hace pagar el roscón. No he ganado nunca nada. Cuando me dicen: «Vamos a comprar un décimo», siempre advierto: «No lo compres conmigo, nunca me toca nada». En la escuela, cuando decían: «Rifamos 25 chocolatinas entre los 27 niños de la clase». Yo estaba entre los dos que no les tocaba.
P.- Repitió COU. ¿Fue culpa de la mala educación?
R.- Fue porque me importaba una mierda. Suspendí todas y no iba a clase, hasta que un día apareció Fernando, un profesor de Historia de la Universidad Laboral de Logroño, y me dijo: «Ya que estás aquí todo el día sentado jugando a las cartas, que sepas que ahí enfrente hay un grupo de teatro tras esa puerta». Fui, entré y flipé. Suspendí COU, no pude hacer Arqueología, que es lo que yo quería. Pero probé en la escuela de arte dramático. A partir de ahí, saqué todo sobresalientes.
P.- ¿Se quedaron los girasoles ciegos de tanto Cara al sol?
R.- De tanto Cara al Sol te quedas quemado. Hay una frase que se escucha en la película que dice... Vaya, es que como es la primera entrevista no me lo he repasado. Es que... Bueno, yo no soy el que la dice y, en fin...
P.- No se preocupe. Un artículo que no esté y que habría que meter en la Ley del Cine.
R.- Me gustaría que hubiera gente experta en provocar tu creatividad y que lo hiciera una hora al día desde bien pequeños.
P.- Fabule una buena comedia con Rajoy, Zapatero, Cañita Brava y Paquirrín.
R.- Los metería en un Seat Panda. Zapatero y Rajoy serían los managers de Paquirrín y Cañita. Y estarían actuando por Kazajistán y Kizquiristán. Rajoy llevaría un sombrero de Gengis Khan. Sería una road movie en la que se querrían mogollón y serían superamigos. Moría Cañita. Mariano y José Luis serían unos padres para Paquirrín.
P.- ¿Qué ministro sobreactúa más?
R.- Ultimamente veo a Solbes y a Soraya un poco sobreactuados. Por dar uno de cada lado.
P.- Desmiento su fama de borde.
R.- Dime por qué tengo esa fama...
P.- Es que hay una niña que se llama Berta a la que, cuando tenía cuatro años, le negó una sonrisa en un supermercado. Su padre me advirtió contra usted.
R.- ¿Una niña de cuatro años? No, no, no es posible. ¿Cuatro años? No, no, me niego... No sería yo. Es que hay mucho doble de Javier Cámara por ahí... [Se acerca a la grabadora] Berta, cariño, si lees esto que sepas que no soy borde... [Se vuelve a alejar] Además, si hay algo que respeto es a los menores de 14. Luego ya no, porque a partir de esa edad empiezan a tener malas artes.
Etiquetas: Firmas





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