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miércoles, 20 de agosto de 2008

ENCUESTA SIGMA DOS-EL MUNDO: ¿QUE HEMOS HECHO BIEN? ¿QUE HEMOS HECHO MAL? (XXIV) / LA MONEDA ÚNICA




CHEQUEO A 30 AÑOS DE DEMOCRACIA (24) / La encuesta / LA MONEDA UNICA
El 58% cree que el euro lastra la economía

El euro ha sido el principal factor de impregnación del sentimiento europeísta entre los ciudadanos, pero eso no evita que un buen número de ellos, sobre todo mujeres y jóvenes, se queje de las consecuencias negativas que atribuye a la moneda que entró en nuestras vidas el 1 de enero de 2002. Algo que contribuye a que algunos españoles vean conveniente volver a la peseta para salir de la actual crisis.

JUAN EMILIO MAILLO

MADRID.-
El euro ha salido demasiado caro. Esta es la tesis que mantienen un buen número de españoles sobre los efectos que la moneda única ha tenido sobre la economía española desde su llegada a nuestras casas, el 1 de enero de 2002.

Es, al menos, una de las conclusiones que ofrecen los datos de la encuesta elaborada por Sigma Dos para EL MUNDO en relación con la opinión que los españoles tienen sobre el euro.

El estudio revela que un 58% de los ciudadanos opina que la nueva moneda ha supuesto un lastre para el crecimiento y la modernización de la economía española.

Los más quejosos con los efectos provocados por el euro son las mujeres y, curiosamente, los jóvenes, esos para los que la peseta no tenía el valor sentimental que sí estaba asentado entre los más mayores.

Así, el 67% de las mujeres y el 64,6% de los menores de 29 años mantienen que el euro ha sido perjudicial. Entre los hombres, mientras, hay prácticamente igualdad entre los que sostienen que ha sido una ayuda (46,9%) y los que dicen que ha sido un lastre (48,7%).

En lo que hay absoluta unanimidad es a la hora de culpar al euro de la inflación. El 96,7% de los consultados dice que, con la nueva moneda, han subido los precios, una opinión ligeramente más acusada entre las mujeres (97,6%) que entre los hombres (95,7%).

Unas impresiones negativas que contribuyen a que uno de cada cuatro encuestados (26,6%) considere que, en la actual coyuntura de crisis económica, a España le convendría abandonar el euro y recuperar la peseta. No en vano, de la última crisis, la de 1993, se salió con tres devaluaciones consecutivas de la peseta, un instrumento que ahora no está en manos españolas.

Sorprende, en este punto, que el colectivo de gente que tiene de 18 a 29 años, es decir, los que en la anterior crisis tenían entre 3 y 14 años, sean los más proclives (35,5%) a recuperar la peseta, frente al 20% de las personas de más de 30 años. También en este caso las mujeres (31,7%) echan más de menos la peseta que los hombres (21,1%).

Porque la peseta, que desapareció físicamente de nuestras vidas hace más de seis años, sigue en nuestra mente. Dos de cada tres españoles siguen contando en pesetas. Un 25,3% lo hace siempre y un 39% únicamente con las grandes cifras.

En este caso, el factor edad juega en favor de los jóvenes, ya que un 42,2% de ellos nunca hace sus cálculos en pesetas, frente a sólo un 30,2% de los encuestados de entre 45 y 64 años.

Los ciudadanos también opinan sobre uno de los asuntos debatidos en los últimos tiempos en el seno de la Unión Europea: la conveniencia de que se cree el billete de un euro, del mismo modo que existe el billete de un dólar. El 77,1% de los encuestados lo rechaza, frente a un 18% que lo vería conveniente. Son los mayores de 65 años los más interesados (27,3%) en que se emita ese nuevo billete, frente a poco más del 12% de los menores de 29 años que opinan lo mismo.

Otro aspecto polémico es la utilidad de las monedas de uno y dos céntimos, cuya supresión también ha sido propuesta por algún país comunitario. El 58,4% de los españoles comparte esa tesis, sobre todo los que se encuentran entre los 45 y los 64 años (64,8%); a quienes a buen seguro les cuesta más manejar esas pequeñas monedas. Por el contrario, un 39,9% de los encuestados quiere seguir manejando estas livianas piezas hechas con cobre.

De las más pequeñas al más grande: el billete de 500 euros. Al menos una unidad de los conocidos como bin laden ha pasado por las manos del 74,2% de los españoles. Los hombres (81%) han tenido en este caso más fortuna que las mujeres (67,7%), y los votantes del PP (78,9%) más que los del PSOE (72,3%) e Izquierda Unida (72,7%).

Y luego está la nostalgia, elemento que hace que el 60,5% de los ciudadanos conserve aún en su poder unidades de las viejas pesetas. Un tema en el que apenas hay diferencias por edad ni por razón de género. La nostalgia, al fin y al cabo, es humana, y siempre queda la posibilidad de cambiar estas monedas por los nuevos euros en el Banco de España, algo que se puede hacer sin límite de tiempo.

Y luego por dólares, para aprovechar lo barato que para los europeos es hoy adquirir bienes valorados con la moneda americana. Los analistas tienen claro que el euro no sustituirá al dólar como moneda de referencia universal, pero entre los españoles hay división entre el 42,3% que lo ve factible y un 48,9% que lo descarta. Los votantes del PSOE son, en este caso, más optimistas sobre la moneda europea (48,6%) que los del Partido Popular (39,6%), pero no tanto como quienes apoyan a Izquierda Unida (63,7%).

CHEQUEO A 30 AÑOS DE DEMOCRACIA (24) / Los cambios / LA MONEDA UNICA
El euro enterró a la peseta y dio solidez a la economía

Los españoles han vivido esta etapa con dos monedas que siguen conviviendo en nuestra mente

JUAN EMILIO MAILLO

MADRID.-
España consiguió salir de la crisis en la que se vio inmersa tras los fastos de 1992 con tres devaluaciones consecutivas de la peseta, que se vieron acompañadas de una cuarta en marzo de 1995.

Pero esos son tiempos pasados y, ahora, cuando los vientos de crisis permanecen instalados en la economía, el Gobierno ya no cuenta con un mecanismo que, hasta la entrada en el euro, fue utilizado con asiduidad, tanto por los gobiernos de Franco, como posteriormente por los de UCD y el PSOE de Felipe González.

La culpa la tiene una moneda que ha sido la principal responsable, a la chita callando, de que el sentimiento europeísta se hiciese aún más intenso en España.

El euro entró en nuestras vidas un 1 de enero del año 2002, aunque desde 1999 las cuentas bancarias, por ejemplo, ya se denominaban tanto en pesetas como en euros, con el fin de hacer más fácil la transición.

Hoy ya pocos se acuerdan de que los europeos, en vez de euros, estuvimos a punto de tener ecus en nuestros bolsillos. O de que, frente a la fortaleza actual, el euro pasó por momentos más que difíciles, sobre todo antes de convertirse en una moneda en circulación.

Corría el mes de mayo del año 2000 cuando el entonces presidente del Banco Central Europeo, Wim Duisenberg, ese holandés de cabellos plateados, tuvo que dar la cara para acallar los cada vez más insistentes rumores sobre las capacidades de la nueva moneda europea. «Los ciudadanos europeos pueden tener la seguridad de que el futuro del euro es el de una moneda fuerte», aseveró aquel 5 de mayo.

El tiempo le ha acabado dando la razón. Pero aquéllos eran tiempos en los que el euro rondaba su mínimo histórico frente al dólar. Por una unidad de la moneda comunitaria se obtenían unos 75 céntimos de la estadounidense. Hoy, ocho años después, se consiguen más del doble.

Gracias a ello, los europeos pueden beneficiarse de compras en Estados Unidos a un precio mucho más barato que en alguno de los 15 países en los que el euro es moneda oficial. Pero esta realidad puede no durar mucho tiempo.

La tesis es del Fondo Monetario Internacional (FMI), según dijo a finales de julio (con el euro a 1,58 dólares) su número dos, John Lipsky, que apuntó que «el euro está sobrevalorado en relación a sus fundamentos a medio plazo». Es decir, el FMI duda de la capacidad de crecimiento de la economía europea.

Es una opinión compartida en España por el responsable de estudios del Instituto de Estudios Económicos (IEE), Gregorio Izquierdo. A su juicio, el potencial de avance de la economía americana supera con creces el de la zona euro, con lo que un ajuste entre ambas monedas es inevitable.

Desde principios de 2002, el dólar se ha depreciado cerca de un 25% en términos reales. La última vez que experimentó un periodo tan largo de depreciación fue entre 1985 y 1991, y no es necesario recordar la crisis que se vivió al final de ese ciclo. De aquella época es la última recesión vivida en España.

Sin embargo, entonces nuestro país luchaba con la peseta como arma, y hoy cuenta en su ejército con un euro cuyas claves no se fijan en Madrid, sino en Fráncfort.

El euro, explica el responsable de estudios del IEE, ha contribuido a la «estabilidad» de la economía española, tanto en términos de control de la inflación como de menor déficit público. Pero claro, la moneda tampoco hace milagros. Con un barril de petróleo cuyo precio se ha duplicado en cuestión de meses y una serie de gastos caprichosos como los decididos por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, la inflación se ha desbordado y España incurre en déficit por vez primera en cuatro años.

De ambos hechos no se puede culpar al euro, que ha tenido, por el contrario, un «efecto dinamizador» del crecimiento de la economía y ha contribuido a la integración del mercado único europeo (la zona común de pagos es ya una realidad y se puede ir de compras sin monedas por los países del euro sin temer sustos al llegar a casa).

A ellos se unen otros factores positivos aunque menos apreciables por el consumidor doméstico. ¿Cuál sería la prima de riesgo de un país como España en estos momentos, con la crisis inmobiliaria, de no ser por el sostén del euro? Gregorio Izquierdo no tiene dudas en que hubiese subido.

Pero, del mismo modo que el euro introduce una cierta salvaguarda y amortigua las caídas, también ralentiza las recuperaciones y puede hacer más duraderas las crisis. Sobre todo, argumenta el responsable del IEE, porque en España «no hemos construido herramientas alternativas al mercado de cambio, con más liberalización de la economía y del mercado laboral».

Pero más allá de las tesis macroeconómicas, lo cierto es que en la reciente etapa democrática los españoles hemos vivido con dos monedas, un euro al que seguimos sin terminar de adaptarnos, y una peseta de la que seguimos sin desprendernos, no ya mentalmente, sino físicamente.

En huchas, cajones o en el bolsillo de despistados turistas permanecen aún más de 296.167 millones de pesetas, equivalentes a 1.780 millones de los actuales euros. No lo olviden, pueden acudir cuando quieran al Banco de España a cambiar sus viejas pesetas por euros. En tiempos de crisis, cualquier ayuda, por poca que sea, es más que bienvenida.

A por los 'bin laden'

Con la llegada del euro se produjo un salto más que espectacular en la economía española. Hasta la llegada de la nueva moneda, el billete de mayor denominación era el de 10.000 pesetas (60 euros), pero desde el 1 de enero de 2002 los ciudadanos se encontraron con uno de 83.000 pesetas, el de 500 euros. La ocurrencia callejera los acabó denominando bin laden, porque, como el terrorista, eran los más buscados.

Y la verdad es que haberlos los había y cada vez han proliferado más. En marzo de 2002, cuando el euro ya era la única moneda oficial en España, la cifra de billetes de 500 euros en circulación apenas superaba los 17 millones. Hoy alcanza ampliamente los 110 millones, es decir, en apenas seis años los bin laden se han multiplicado por más de seis. Y eso que ahora van a la baja. Ya sea por la crisis o por las investigaciones que Hacienda empezó a hacer a finales del año 2006, cada vez queda más lejos el récord de 114 millones de billetes de 500 euros que se escondían por España hace justamente un año. De momento, el Fisco ha cazado a 2.511 contribuyentes y sólo en la primera mitad de 2008 han aflorado 1.000 millones de euros que Hacienda ha relacionado directamente con estos billetes.

¿Será el referente?

La fortaleza mostrada por el euro en los últimos tiempos ha llevado a algunos analistas a plantearse si, con el paso del tiempo, la moneda europea se convertirá en referencia mundial, en sustitución del dólar. Por ahora, el billete americano sigue siendo el utilizado por un buen número de países para fijar el tipo de cambio de sus monedas y, también, es el más usado en las transacciones comerciales.

No en vano, los mercados de materias como el petróleo o los alimentos se siguen negociando en dólares.

Y seguirá siendo así. Al menos es lo que opina Gregorio Izquierdo, director de estudios del Instituto de Estudios Económicos (IEE). A su juicio, la capacidad de crecimiento de la economía de Estados Unidos sigue siendo muy superior a la de Europa, y eso le da al dólar un «plus de confianza» respecto al euro. Pero este hecho, agrega Izquierdo, no es contradictorio con que, gracias a la fortaleza actual del euro, cada vez más bancos centrales se hagan con la moneda europea para acumular reservas. Algo que permite a Estados Unidos paliar su déficit comercial.

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