CRÓNICA: TRAGEDIA AEREA JK 5022 : «AMOR, EL AVION ESTA DAÑADO» - «BAJATE» - «NO NOS DEJAN SALIR»

- «AMOR, EL AVION ESTA DAÑADO» - «BAJATE» - «NO NOS DEJAN SALIR»
RUBEN y su mujer intercambiaron estos mensajes instantes antes del accidente. El intentó abandonar el avión dos veces. No se lo permitieron. El comandante pensaba dejar la compañía. Javier y Zenaida iban a bautizar a su bebé. Ninguno sobrevivió. Tres historias del fatídico vuelo JK 5022
Por MARTIN MUCHA
EL S.M.S.
20 de agosto. 13.20. El pastor evangélico Rubén Santana, 45 años, pulsa las teclas de su móvil. Ok. Enviar. En su casa de Tres Cantos, Maricarmen Hernández, 42, su mujer, escucha el beep. El mensaje de Rubén es sencillo. «Amor. El avión está dañado. Despegamos con retraso». Ella le responde. «Bájate». El pastor no le teme a los aviones. Viaja constantemente a Canarias. Nunca hubiera enviado ese mensaje sin tener miedo. Rubén quiere salir. Lo intenta con sus modales de gentleman. Lo hace con voz relajada. Se lo impiden. El avión está aparcado. Un rumor en el MacDonald Douglas, 172 asientos [162 pasajeros, 10 tripulantes]. Los móviles siguen encendidos. Algunos escuchan música en sus ipods. La nave intenta, por primera vez, tomar la pista de despegue. Una luz roja se enciende en la cabina de mandos. Maniobra abortada. 13.25 h. El MD-82 está en pista. Los pasajeros desde las ventanillas ven el proceso de revisión. «El piloto no quiere despegar» [Rubén a Maricarmen]. Vuelve a intentar salir. Es un poco más enérgico. La revisión tarda. Rubén no debía estar allí, en el vuelo JK 5022. El iba a viajar en el JK 5006, a las 21.35. Lo llamaron de las oficinas de Spanair para decirle que había cupo antes, que si quería adelantar su partida. Pensó que tendría más tiempo para visitar a su familia. A sus viejos amigos, los taxistas. Hace ocho años había abandonado ese trabajo. Decidió venir a Madrid a estudiar para ser un pastor bautista. Leía la Biblia constantemente. Se la sabía casi de memoria. «Reyes: 23. Que se nos den dos novillos; que elijan un novillo para ellos, que lo despedacen y lo pongan sobre la leña, pero que no pongan fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, pero no pondré fuego». La vida y el destino.
13.30 h. El segundo intento de salir no tuvo éxito. Los miembros de la tripulación le obligan a sentarse. Manda un último mensaje. Su epitafio. «No nos dejan salir. Está todo cerrado».
14.01 h. Se finaliza la revisión. Un técnico de Spanair gira el pulgar hacia arriba. Todo bien.
14.23 h. Un avión blanco con letras azules en el fuselaje se acerca a la pista 36L, Terminal 4 de Barajas. Es de segunda mano. Lo habían comprado a la aerolínea Korean Air en 1999 [a partir de ese año nunca se volvió a fabricar]. Su matrícula: EC-HFP. Ultimo control: 24 de enero de 2008. El piloto apura al máximo la pista de despegue. Mueve palancas. Verifica controles. Sube 55 metros. Cae. El motor izquierdo sale disparado contra el derecho. Como un misil. La parte trasera del avión se desvanece. El piloto, Antonio García Luna, y el copiloto, Francisco Mulet, no pueden controlar la nave. Los huesos de sus brazos se parten por el intento de equilibrar el avión. Se estrella. Se desplaza por el suelo medio kilómetro. Explota. Los restos del fuselaje quedan esparcidos en un radio de 200 metros. 153 muertos. El pastor se va al cielo. El domingo 17 de agosto, cuatro días antes, el predicador se cruzó con un amigo de su misma confesión. Este había tenido un accidente de tráfico. Casi muere. Se quedó dormido. Rubén le dijo: «El Señor aún no te quería con El». Muere.
14.26 h. Los bomberos llegan. El fuego alcanza una altura de «casi un kilómetro». Han estallado 22.106 litros de queroseno. El equivalente a los depósitos de 370 coches que explotaran al mismo tiempo. Son impresiones. Cuerpos quemados. Brazos y piernas separadas del tronco. Quemaduras en más del 45% del cuerpo. 153 muertos. Entre ellos, Rubén. A su rostro no llegó el fuego. Los extintores parecen juguetes contra las llamas. El humo es un holograma. De una amorfa montaña gris.
Maricarmen espera en casa. Rubén se despidió sin especial efusividad. Se despidió de ella, de Herica, la hija mayor [guapa, ojos dulces, pelo rubio]. El pastor creía en la resurrección. Fe.
14.45 h. El olor a carne quemada se cuela por la nariz. Como un punzón. Los cuerpos están desparramados. María Bea Reyes Ojeda se hace un torniquete. Evita desangrarse y, con la pierna rota, camina alrededor. El Apocalipsis. Ocupa el asiento 5D. Con 41 años, trabaja como directora de Caixa Galicia en Las Palmas de Gran Canaria. Adrenalina. Consigue salvar a dos de los niños que sobrevivieron. A uno lo carga en su hombro. Sale con la piel desgarrada y un par de huesos fracturados. Mira arriba. «El avión sin techo».
Francisco Martínez es bombero. Recorre el escenario del horror. Mira a Amalia Filloy. Ella ve a su héroe y no duda. Está atrapada entre hierros, telas y plásticos quemados. "Salve antes a mi hija", le dice a Francisco. Consternado, piensa. Son fracciones de segundo infinitas. Decide seguir sus órdenes. Ve a María, la pequeña de 11 años. "Ella no se queja. Está desorientada". La sujeta. La lleva a un lugar seguro. Francisco se detiene a mirar el escenario. Hay carne quemada. Olor a tierra muerta. El viento no le refresca el rostro. Baja la cabeza.
Amalia. La madre. Era fuego y amor.
Francisco ve árboles entre flamas. Encuentra a Jesús Alfredo Acosta, ocho años. Lo rescata. «¿Cuándo termina la película?», le dice. El bombero no sabe qué responderle. Lo rescata. Le duele el cuerpo.
15:30 h. Aproximadamente. Encuentran a Rubén, el pastor. Semblante sereno. Quienes lo conocen dicen que pensó en el Creador, en su querida Maricarmen, en sus tres hijos [Dónovan, 20; Herica, 22; y Jonás, 18], en sus hermanos [llegaron a ser 24, quedan 9]... En sus feligreses. Se habría persignado.
Un día antes, hacía la señal de la cruz en Rascafría, al norte de Madrid [iba de pueblo en pueblo, de barrio en barrio]. Estaba encargado de hacer un estudio bíblico. Era el encargado de evangelizar. Creía en su misión. Por eso abandonó el taxi que le daba buenos ingresos en Mogan, el pueblo donde vivía en Canarias. Estudió tres años en el Seminario Evangélico de Formación Teológica y Evangelización. Obtuvo la diplomatura en Teología. Se convirtió en pastor [o ministro de culto, equivalente a sacerdote en su religión]. Cada domingo era el encargado de la liturgia en la iglesia bautista El Buen Pastor de Tres Cantos. Cien personas, de media, escuchaban sus oraciones. Una vez al mes celebraba la «cena del Señor» [similar a la eucaristía]. En ella se reparte pan y vino. El pan es una barra troceada. El vino se toma después de unas bandejas. En vasos pequeños, como de chupitos. Se recuerda la Ultima Cena. Pero no representa el cuerpo y la sangre de Cristo.
15.45 h. Las llamas ya no parecen invencibles.
PILOTOS
13.05 h. Antonio García Luna, el comandante, detecta una avería. Uno de los motores del avión tiene demasiada temperatura. Decide no despegar. Un calefactor -encargado de impedir que se forme hielo en las turbinas- ha comenzado a funcionar. En pleno verano no parece tener mucho sentido.
Tiene 38 años [nació en La Lastrilla, Segovia]. Se formó militarmente en la base aérea de Villanubla de Valladolid. Su escuadrón era el 801.
Hace un mes y medio logró que le concediesen una reducción de jornada, algo que había solicitado hace tiempo. «Si viene una buena oferta, me voy», le comentó a sus allegados. Vuela 10 días al mes.
13.20 h. «No vamos a despegar aún». Anuncia a los pasajeros. No se arriesga y llama al personal técnico. Asume la responsabilidad del retraso, un coste adicional de varios miles de euros para una empresa en apuros.
14.01 h. Termina la revisión. Un técnico de Spanair gira el pulgar hacia arriba. Todo bien. Sin problemas. Conoce esa seña. La ha visto en tantas ocasiones... En teoría, ya no tiene por qué fallar nada. Aprueba la salida.
El comandante se dirige a pista. «Cada despegue es un reto a la física. Nunca lo olviden», dice un anticuado manual norteamericano para pilotos. Antes del ascenso, él siempre piensa en su familia. Es padre de tres niñas de 10, 8 y 4 años. Las tuvo después de fijar su residencia en Mallorca, hace 15.
Dejó Castilla y León para ingresar en el Servicio Aéreo de Rescate. Allí coincidió con José Fernández Vázquez, otro piloto de Spanair, también a bordo del MD-82. Viaja en el avión como tripulación en tránsito. Se estrechan las manos afectuosamente.
García Luna tiene por costumbre pasearse por el pasillo del avión. Mantiene un semblante serio, pero amable. Así lo recuerden en la empresa, desde que fue contratado a finales de los 90. Fue ascendido a comandante en 2007. La aerolínea le ofreció trasladarlo a Barcelona pero se negó por los vínculos mallorquines que tenía. Especialmente por sus niñas. Apuraba el tiempo junto a su familia, «su gran hobby» según sus amigos. En Barcelona tiene alquilado un piso compartido y un coche de segunda mano para el que estaba buscando comprador en previsión de los cambios que pudieran llegar.
14.22 h. Antonio García Luna mira los relojes del avión. La luz roja ya no se enciende. Los técnicos llevan 40 minutos reparando la avería. El copiloto, Francisco Javier Mulet Pujol, le hace unas señas y él asiente. Posición correcta. Van hacia adelante.
Mulet toma cada despegue y aterrizaje como un reto. Hace unas semanas la compañía anunció que habría más de 1.000 despidos en la empresa. Le tocó a él. No será más piloto de Spanair. Asiente.
Nació en Palma de Mallorca en 1976. Es hijo de Francisco Javier y Xisca, propietarios de La Pajarita [una de las tiendas de delicatessen con mayor historia de la Isla]. Estudió en el colegio de jesuitas Montesión, uno de los centros más prestigiosos de la Isla. Allí aprendió a ser estricto y a respetar las jerarquías.
«Es el segundo que todos quisieran tener», piensan los que trabajan con Mulet. García Luna confía en él. Y viceversa.
14.23 h. El ascenso es complicado. Espeluznante. El comandante tiene que sostener los mandos del MacDonald Douglas. Pierde el control del avión. Hace unos años tuvo una salida de pista a los mandos de un aviocar del Ejército. Fue en la base aérea de Son Sant Joan, Palma de Mallorca. Un reventón le forzó al límite su pericia. Domó a la bestia y no hubo heridos. Esos episodios son galones. Sus compañeros lo consideran «un pata negra». Un experto. «Un hombre elegante». Cuando no luce el uniforme, mantiene una vestimenta sobria, que va a juego con su pelo castaño y su piel morena. Deportista, había adelgazado algo en los últimos tiempos.
A mitad de pista, el lugar más adecuado para comenzar a coger altura, el aparato continúa rozando el suelo. Apura hasta el final de la vía. No se llegan a plegar las ruedas. La explosión. Uno de los motores traseros se estrella contra la cabina de mando.
15.00 h. El cadáver de Mulet es uno de los primeros en ser identificado porque estaba en su asiento. Tiene los brazos rotos, como su compañero, por intentar enderezar el avión. Leyenda y tragedia.
Se acaba así su aventura. En su familia no hay ni un solo profesional de la aviación. Fue un sueño infantil. De sujetar maquetas a escala. De volar en su imaginación a su nirvana.
Una dependienta de La Pajarita padece aerofobia. El pretendía quitarle el miedo a volar. «Te puedo probar, con estadísticas que es el medio de transporte más seguro que hay». Ya no podrá seguir intentándolo.
FAMILIAS
16.40 h. Pausa. El tiempo se detiene. Entre las sirenas. Los muertos. Cerca del río, un bebé de tres meses. El menor de todos los pasajeros. Pedro Javier Núñez iba camino de su bautizo. Era tan pequeño que ni siquiera se sabía con exactitud el color de sus ojos.
Zenaida Hernández, su madre, 20, tampoco había sobrevivido. Ni su padre Javier Núñez Rojo, 23. Ni su tía [hermana de Javier] María, 19. Están entre cuerpos carbonizados. Almas de ceniza como compañía en su viaje al paraíso. El humo alrededor. El río fluyendo. Golpeando con su cauce brazos y torsos.
17:15 h. El abuelo del bebé, Javier Núñez Carricajo, en la cincuentena, cruza un pasillo de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Su bigote oscuro, como su pelo, le oculta el labio superior que tiembla. Las cámaras giran. Las alcachofas intentan recoger su testimonio. Es un pariente anónimo. Uno de los que llegan esperando recibir noticias de los 172 pasajeros. Cuatro de ellos, parientes suyos. Su hijo, su hija, su nieto y su nuera. Su familia le rodea. Le protege. Javier pregunta por la sala de espera. Una asistente de Aena le indica el camino. Entra.
La familia había pasado unos días en Calzada de Coto, un pueblo de León. Ellos habían decidido adelantarse. El y su mujer se quedaron. Sobrevivieron y murieron.
18:00 h. La M40 se llena de caravanas. Ambulancias clónicas, coches de policía, motos... Generan un atasco. El Ifema comienza a ser un panteón.
20:30 h. «Tienen que hacerse una prueba de ADN. Los llamarán uno a uno. Es para facilitar su reconocimiento. Resulta preferible que se acerquen los padres o los hijos», dice un voluntario de chaleco amarillo, en la sala de espera del aeropuerto donde se refugian los familiares.
Comienzan los ataques de tristeza. Los sollozos. Los amagos de desmayo. En la esquina hay dos rincones con cristales opacos. De allí salen gritos como aullidos. Los policías vigilan. Un par de voluntarios se cogen de las manos. La desesperación.
21 de agosto. 17:30 h. Un día después. Cuarenta grados de temperatura en Almagro (Ciudad Real). Los habitantes de la calle Tullido no descansan en la sombra del salón. Es una callejuela estrecha y empedrada. Casas bajas y blancas de luto. Allí no llegan las luces de fiesta por San Bartolomé. Este no protegió a cuatro de sus hijos.
En el número 1, Concepción no se puede sostener en pie. Su hija María Victoria Asensio Chaves, 45, ha muerto en el accidente. Su yerno, José Alcázar Jiménez, 48, también. Y sus dos nietas. Inmaculada, 19, Mari Nieves, 11. La familia Alcázar Asensio ha fenecido. Completa.
Concepción Chaves Gómez, 68, no sabe aún bien qué ha ocurrido. Quiere entender. Ella iba a viajar con ellos a Gran Canaria. En el último momento tuvo una grave caída. Su cadera no resistió. El cuerpo le traicionó. No puede ni ir a reconocer los cadáveres. Aún queda pendiente la identificación de Mari Nieves.
18.25 h. La casa de la anciana se encuentra camino al cementerio. Un hombre se acerca a su puerta. Es familiar de los fallecidos. Cuenta que José se dedicaba a montar estructuras de cable de Telefónica. Victoria, esposa de José desde hace 20 años, era ama de casa. Inmaculada iba a empezar un módulo de FP de Educación Infantil.
18.35 h. Concepción sigue confusa. No deja de entrar gente en el número 1 de la calle Tullido. Aparece una mujer exhausta. «Muerte pagada», despotrica. «El teléfono de atención a los familiares es una tomadura de pelo».
20 de agosto. 22.00 h. Más de siete horas después del accidente. Cinco horas de espera. Algunos familiares, como los cadáveres, son trasladados al Ifema. Aparece la lista con los nombres de los pasajeros. Cinco páginas. Se difunden por Internet, las radios leen la lista... «¡Sólo queremos saber si van en ese avión!».
Un pariente de la familia de Almagro, angustiado, describe el ambiente cuando sale la lista de fallecidos. «Es como una sala de cine -todo a oscuras-... Pero para escuchar el nombre de tus muertos... Leídos así, en tono seco, sin más. Tétrico. Cuando nombran a mis tíos, mi padre casi sufre un ataque al corazón. Es algo surrealista. Siguen detallando el listado y lo único que repetimos es: "¡Por favor, que se salven los niños!". Por ahí una mujer grita que han encontrado a su hijo con vida en un hospital y todos celebramos con los rostros desencajados: "¡Qué suerte, qué suerte!". Aquello no se me va a olvidar nunca».
23.35 h. La mujer identifica los cuerpos de sus familiares. Ningún superviviente. «Parece un sueño horrible, una pesadilla. Me imagino sus muertes entre amasijos de hierro y fuego, y me digo: "Por lo menos, que no hayan sufrido". Era una familia, murió toda y ya está... Se rompió. La vida, desgraciadamente, continúa».
21.00 h. Dónovan Rubén Santana, 20, espera para hacerse la prueba de ADN. Su padre, el pastor evangelista, se ha ido. Lo había casado hace un mes con Natalia. Se mantiene sereno. Cita al Señor varias veces. «Es mi héroe, siempre será un héroe». En unas horas podrá mirar su rostro, apenas quemado.
20 de agosto. 11.00 h. 203 minutos antes de la tragedia. Los primeros pasajeros del vuelo JK 5022 comienzan a facturar. Número de localizador 1349483... Los Alcázar Asensio lo tienen apuntado en una hoja blanca. Han salido en coche hacia Madrid, directamente para coger el avión. No quieren dejar el vehículo en el parking de la T4, para no tener que pagar un dineral. Lo aparcan en un polígono que hay cerca.
Francisco Javier Mulet Pujol se pasea por la Terminal 4. Encandila con sus 175 centímetros de estatura y su piel morena. Las azafatas de vuelo le hacen guiños. No les hace caso. Su abuela paterna falleció hace una semana y su padre continúa en estado de shock.
Los Nuñez charlan sobre el bautizo del bebé que apenas llora. Le acarician. Lo contemplan como el día en que nació.
El pastor evangélico Rubén Santana se prepara para un viaje que no esperaba hacer tan pronto.
Con información de Idoia Sota y Eduardo Colom
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Etiquetas: CRÓNICAS




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