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Actualización de madrugada

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Lugar: Cantabria, Spain

viernes, 27 de junio de 2008

FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Luis María Anson, Raúl del Pozo, Erasmo, S.González, Martinez Simancas, J.Sinova,



COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
El castellano, no

Pincha para oír en directo a Federico, o su último programa.Podría pensarse que el último manifiesto promovido por la izquierda fina de UPyD (con algún valioso aporte liberal, pero, eso sí, homologado por el régimen de lo políticamente correcto, o sea, progre) demuestra que el separatismo antiespañol, una de cuyas manifestaciones más ostensibles es la persecución del uso de la lengua española, empieza a encontrar oposición en los estamentos intelectuales que antes deberían haber resistido. Sí, pero menos. La izquierda defiende primero a la izquierda y luego, lo que toque, es decir lo que ellos decidan que ya toca defender.

Acaba de reeditarse Lo que queda de España, cuya aparición en Barcelona en 1979 me convirtió en blanco de las más acerbas críticas de Savater y compañía, que por entonces tachaban de nostalgia franquista la defensa de los derechos individuales, tan burgueses, tan individualistas y tan carcas. Diario 16 y Cambio 16 me defendieron entonces de las hordas polanquianas, sobre todo Pedro Jota y Dragó, que me ofreció columna en Disidencias cuando rompí con El País precisamente por ese libro.

Hay un capítulo en la reedición de aquel libro párvulo sobre lo que me decían entonces Savater, Javier Marías y otras criaturas del aire paisoso que resulta conmovedor. Y no por lo que tuve que aguantar ya entonces o por lo mucho que, afortunadamente, ha cambiado Savater, sino porque el sectarismo progre, base de la legitimación de la política lingüística discriminatoria, sigue incólume. Peor aún: sigue imperando hasta en los manifiestos que combaten esa discriminación.

Dejo a otros menos machacados el estudio de la preponderancia izquierdista y la genuflexión ante la izquierda de los distintos manifiestos en defensa de la libertad lingüística publicados en estos 30 años, desde el primero, el de los 2.300, hasta este último. Lo que me interesa subrayar es que en tres décadas no hemos podido conseguir que en los medios de comunicación se asuma que no se está defendiendo un idioma sino unos derechos cívicos, que no se defiende «el catalán», como dicen los nacionalistas, ni «el castellano», como imitan simiescamente los medios. Y eso que desde el principio dijo Carmen Iglesias: «No se defiende el castellano, sino los derechos individuales».

Inútil. La Lengua Común ha sido convertida automáticamente en «lengua castellana» o «castellano». Y no sólo en El País, que podría tomarse como artería para llevar a portada la causa por la que a algunos viene linchándonos la jauría prisaica desde hace décadas. Hasta los medios más antiprogres han perpetrado ese cambio que no es de términos sino de concepto.

Insistamos pues: ese manifiesto, que también he firmado yo, defiende la libertad de todos los ciudadanos, no el castellano. Es inútil, pero que conste.

ZOOM
ARCADI ESPADA
La coyuntura económica
El Gobierno de la Generalitat catalana ha gastado un millón y medio de euros en los 266 viajes que han realizado sus miembros en este año que llevan de gestión. Aún más escandaloso que el gasto parece el número de viajes. La cifra total de gastos no deja de ser engañosa, porque muchos de los gastos de un viaje corren a cuenta del anfitrión. Con obligación de correspondencia, claro: al cabo de un tiempo es el Gobierno el que hace de anfitrión de aquellos señores que fueron tan amables, y el que paga. Aún sería más interesante saber el objetivo de estos viajes, que incluyen, desde luego, Bruselas, pero también Kenia, Bali o Finlandia. El objetivo secundario, me refiero. La actividad viajera de la Generalitat (y del Parlamento), portentosa en época pujolista y portentosa con sus herederos, es una actividad que sólo tiene como objetivo dar a conocer en el mundo una entidad política, cultural y económicamente diferenciada de España. ¡Ir preparando al mundo para la independencia próxima!, para decirlo en términos chabacanos. Es decir que a la inmensa mayoría de esos 266 viajes no se le encontrará razón ni sentido si se descuentan los puramente patrióticos, basados en la evidencia de que lo que no se mueve no existe.

Sobre los gastos de los políticos catalanes tengo más noticias recientes. Estas afectan al Ayuntamiento de Barcelona. Hace unas semanas aparecieron en las farolas y en los medios locales unos carteles con fotografías de presuntos barceloneses (algunas de esas fotografías eran pletóricos ejemplos del feísmo de la juventud, no autorizadas para la sensibilidad adulta) y una leyenda que decía ViscA Barcelona. Quizá se advierta fácilmente el jueguecillo. No es, exactamente, que ahora se dediquen a feminizar los verbos, aunque todo se andará. Visc es vivo y Visca es Viva: sólo pretendían anudar el censo municipal con el orgullo. ¡Viva vivir en Barcelona! El trastabilleo retórico es ocurrente, aunque copiado: Leonor Mayor contó hace poco en el periódico que el Ayuntamiento de Palma explotó antes la misma idea. La alusión al plagio es importante. Yo mismo estoy dispuesto a pagar lo que sea por una metáfora. Pero nunca olvido que el primero en ver tus labios como perlas fue un genio y el último un bobo. Mucho menos voy a olvidarlo cuando la campaña ha costado 1,7 millones de euros. Demasiado para un plagio. ¿Qué podría hacer el Ayuntamiento de Barcelona por sus ciudadanos con 1,7 millones de euros? ¿Limpiarles la caca de perro que ha convertido sus parques en una peligrosa pocilga, por referirme a algo bien municipal y espeso?

Lo primero que hace un ciudadano responsable cuando llueve es mirar al cielo y gritar Porco governo! Y está lloviendo, y el dinero es suyo.

(Coda: «La economía del bienestar se puede enriquecer sustancialmente prestando más atención a la ética». Amartya Sen.)

ERASMO
Dezcallar
Qué Jefe de Inteligencia, dizque engañó al Ejecutivo (2004). Mas: esencia, consecuencia de tal Gobierno de acémilas (Aznar). Y este Jorge, hombre de estricta confianza del más genial, formidable sexador de idiotas: F. González. De Rajoy: un imbécil (sic). Dice. Mas ya Erasmo, bien oiréis lo que decía a Aznar: «Quien atiende sólo al ser y desdeña el parecer se llama imbécil». (Erasmo, 17-02-2000). (For nothing)


INSOLENCIA PASAJERA
RAFAEL MARTINEZ SIMANCAS
Lamela al agua

En estos tiempos de piscinas ocurre que algunos, por culpa de un impulso desmesurado, no llegan al final del trampolín, caen de espaldas y luego se van al agua en descompuesta figura que termina en humillante barrigazo con pérdida del traje de baño. Pues en la política pasa igual: Manuel Lamela hace una semana se las prometía flamante secretario general del PP y se ha caído del trampolín de la piscina de Aguirre, (tenía que haber repasado la tabla, pero le pudo esa manera de caminar sin querer reconocer que hay suelo). Lamela y Prada son los talentos que Madrid aporta a la nueva Ejecutiva de Rajoy con la que espera alcanzar el centro antes de que la tierra se vuelva a congelar y los dinosaurios regresen a comer hierba en la M-30. Los que se preguntaban con qué rima Esperanza Aguirre ya han encontrado alguna explicación métrica con la que entender el presente político. Con la excusa de la reducción presupuestaria Aguirre ha soltado lastre y se lo ha colado a Rajoy (si quería un consejo: toma dos consejeros y un abanico por si el calor aprieta, Mariano).

La salida de Lamela y Prada ha sorprendido mucho a Rajoy, tanto que cuando le preguntaron por ellos se puso a hablar de fútbol de manera compulsiva; efectivamente les habían cogido en fuera de juego y de ahí la amable invitación a que salieran por la puerta lo más urgentemente posible. El caso de Lamela es curioso, allá dónde estuvo dejó huella indeleble de su presencia: crisis del lino, vacas locas, asunto doctor Montes y una prolongada huelga de limpieza en el Metro de Madrid. Y si Lamela se cayó del trampolín de la ambición, a Alfredo Prada le ha perdido el ayer joseantoniano, (en su día Gallardón tuvo que echar un paso atrás cuando ya tenía firmado el cargo de viceconsejero de Presidencia, alguien recordó el pasado camisa azul de Prada y su presencia en los mítines de Fuerza Nueva, en León). Lo de la camisa azul se oculta muy mal, y en todo caso de cantar el Cara al Sol siempre queda un bronceado muy extraño que no se puede disimular con cremas democráticas. Prada, como no encontraba otra camisa que no fuera en ese tono, prefirió no acudir a la despedida en la Puerta del Sol, allí donde Lamela anduvo en corrillos con cara de suspensión de pagos.

En otros tiempos a los ministros se les enviaba un motorista a casa; cuando el portero escuchaba el tono grave del tubo de escape de la Sanglas avisaba al señorito para que se pusiera el batín de cesante y le adelantaba el pésame político. Los modos han cambiado y Aguirre les invita a la piscina de la Puerta del Sol para que suban por el trampolín siguiendo la doctrina Aznar de que cuánto más sube el mono al árbol más se le ve el código de barras, y mejor se le reconoce su condición. Lo importante, como dice Rajoy, es apoyar el proyecto común del partido, ya esté uno en clave de consejero o en traje de baño.

CANELA FINA
LUIS MARIA ANSON
La épica europea del fútbol
La épica de la guerra ha sido afortunadamente sustituida en Europa, al menos en parte considerable durante las últimas décadas, por la del fútbol. Las presiones históricas y algunas asfixias se liberan mientras rueda el balón y rugen las gradas. Rocroi, San Quintín, Aljubarrota, la Armada Invencible, Austerlitz y tantas y tantas batallas, se asoman de puntillas y con mala leche a los duelos deportivos. También trepan a veces el colonialismo y la lucha de razas. Las grandes naciones europeas, Italia, Inglaterra, Francia, Alemania, no así España y Rusia, han ganado el Mundial. Pero también las colonizadas Uruguay, Argentina y Brasil. Es la venganza histórica del balón. Pelé o Maradona sepultaron a Pizarro o Cortés. Ahora se despereza la esclava negra, signo de selva el tuyo con tus collares rojos, tus brazaletes de oro curvo y ese caimán oscuro nadando en el Zambeze de tus ojos. Despierta ya la negritud. Y no sólo en Africa. Los orgullosos equipos europeos se han teñido de negros para mantener su capacidad deportiva.

Una nueva épica con toda la parafernalia de los ejércitos victoriosos o derrotados se desarrolla sin sangre, es verdad, pero mirando hacia atrás con ira. Rubén no dedicaría hoy su Marcha triunfal a los soldados que regresan tras aplastar al enemigo en la batalla. Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines. El balón, que no la espada, se anuncia con vivo reflejo. Ya viene oro y hierro el cortejo de los paladines...

He desarrollado en más de una ocasión esta idea de la épica del fútbol que ha venido a sustituir en Europa a los fervores, los miedos y las tensiones de los conflictos armados. Se la escuché una tarde en su casa de Puerta de Hierro al inolvidado Fernando Lázaro Carreter, aunque ya Ortega había hablado en el mismo sentido al referirse al deporte en general.

Las audiencias audiovisuales más altas del año en Cataluña y el País Vasco se alcanzan cuando juega España un partido importante de fútbol. La memez de algunos dirigentes nacionalistas con sus estúpidas declaraciones de estos días no demuestra otra cosa que su divorcio del sentimiento ciudadano. Aparte la explosión popular de la Eurocopa, con sus luces y sombras, quiero aludir a un hecho deportivo que está en el ánimo de varias generaciones de españoles. Piru Gaínza sirvió en bandeja el gol que Zarra marcó contra Inglaterra en Maracaná durante el Mundial de 1950. Aquel tanto superó la guerra incivil durante unas horas. La España de la dictadura, la del exilio, la España escondida de la moderación, la del gran Rey Juan III en su destierro de Estoril, la de Américo Castro, la de Sánchez Albornoz, la España catalana, vasca, gallega, andaluza o castellana, vibró al unísono impregnada de la épica del fútbol. Como ahora, sesenta años después.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española

A CONTRAPELO
SANTIAGO GONZALEZ

¿Vuelven los cesantes?
Uno había llegado a ilusionarse con la posibilidad de que el cainismo hubiera dado paso en los partidos a formas de convivencia más amable. Habría sido deseable que empezara el partido del Gobierno por una razón práctica, que su ejemplo es más perdurable que el de la oposición y más digno de imitación: no hay más que ver que los partidos de la oposición lo tienen como referente y se esfuerzan para imitarlo y ocupar su lugar. No se conoce, en cambio, partido que gobierne y que intente cambiar su lugar por el que ocupa ningún partido de la oposición. A decir verdad, sí se conocen precedentes, pero en general cabe aplicarles la eximente de falta de voluntad: ha sido casi siempre sin querer.

Es el caso que, en el desarrollo de los acontecimientos que se han vivido tan intensamente en el partido de la oposición desde que en los primeros compases estalló la crisis de María San Gil, el PP relativizó su papel de alternativa política de Gobierno y pasó a convertirse en campo privilegiado para la expresión de los sentimientos. Así se explica la espectacular llegada de Aznar. Venía de la boda de su amigo Flavio Briatore y esas cosas siempre predisponen al sentimentalismo. Tenía discurso programado para el sábado, pero para calentar al público llegó tarde el primer día y puso morros al candidato. También se puso morrongón Jaime Mayor Oreja, que entendió -muy correctamente- que la inclusión de Marimar Blanco en la dirección del partido era una maniobra para tapar el hueco dejado por María San Gil. Así son las cosas en política. También cabe pensar que la cooptación de Cospedal era una respuesta en plan toma ya modernidad a la creación del Ministerio o Ministeria de Igualdad de Género o de Génera.

El candidato único no descompuso el gesto, pero se quedó con todas las caras y todos los detalles y ajustó cuentas con todos y todas. El momento Gallardón, quién lo iba a decir hace tres meses, fue una de las partidas de la cuenta que Rajoy le pasó a Esperanza Aguirre. Otra fue la salida de Ignacio González, acompañada, para mayor escarnio, de la entrada de Lamela y Prada.

La respuesta de Aguirre permite colegir que la cólera de Dios se expresa a veces sin muchas alharacas. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha hecho una crisis en la que ha descabalgado a sus dos consejeros marianistas. El reajuste es más amplio: salen cinco y entran sólo dos. Para resumir y hacer balance: tres bajas netas, y dos de ellas pertenecen al adversario.

No ha sido un ajuste de cuentas, ha venido a decir la presidenta, sino un adelgazamiento del Gobierno madrileño para predicar la mala nueva de la austeridad, que ya es la crisis. Tres consejeros cobran una pasta, pero la medida se quedaría en nada si se limitase a refundir las consejerías sin disminuir el número de funcionarios. Hasta ahora, uno daba por buena la expresión que ha repetido bastante Zapatero: a saber, que el PSOE es el partido que mejor representa a España. Ya no está tan claro. Podrían volver los cesantes, el ejército burocrático de reserva que acompañaba a los dos partidos alternantes en las tareas de gobierno durante la Restauración, pero ahora sin necesidad de cambio de gobierno. Es lógico. Los partidos liberal y conservador están hoy dentro del PP y para organizar el espectáculo de los cesantes no necesitan salir de casa.

El balance definitivo del congreso de Valencia ha sido la puesta en escena del eterno drama español, tal como lo explicó Lorca en su Reyerta: «Señores guardias civiles: / aquí pasó lo de siempre. / Han muerto cuatro romanos / y cinco cartagineses».

Robert Mugabe está dejando en ridículo el intervencionismo de corte progresista. Se ha convertido en un regalo de los dioses para caricaturistas, políticos y comentaristas. Las elecciones de hoy en Zimbabue son un buen ejemplo de ello. En occidente lo retratan blandiendo palos chorreantes de sangre. Lo sacan de pie, en actitud de triunfo, sobre un montón de calaveras. Es un Bokassa copiado de un Idi Amin copiado de un Charles Taylor. Es uno de esos tipos que ya tenemos vistos de toda la vida, el epicentro africano de las tinieblas, monstruoso, bufonesco, grotesco y malvado. Si Gran Bretaña, por emplear la frase burlona de Kipling, fuera capaz en algún momento de «matar a Kruger con la boca», hace mucho tiempo que Mugabe estaría muerto.

Hay un cierto sentido en el que es correcto el histérico análisis antibritánico que Mugabe hace de los aprietos por los que está pasando. Su Zimbabue es una criatura del imperialismo y el postimperialismo británicos. El último gobernador del país, Lord Soames, lo consideraba cariñosamente a Mugabe la mascota del regimiento, «un chico estupendo», tal y como me confesó en una entrevista poco antes de que le hiciera entrega del poder en 1980.

Gran Bretaña toleró, como era de esperar, la eliminación del rival de Mugabe, Joshua Nkomo, y la transformación de Zimbabue en un Estado de partido único. Hizo la vista gorda ante la matanza de Ndebele, perpetrada en 1983 por la Quinta Brigada shona [etnia mayoritaria de Zimbabue] de Mugabe al mando de su caudillo militar, Perence Shiri, quien, según dicen algunos, es el que en estos momentos tiene a Mugabe en sus manos. El Whitehall [el Gobierno británico] de Margaret Thatcher concedió a Harare ayuda a manos llenas y le dio unos consejos disparatados, y colaboró en transformar una economía viable en un caso perdido de cleptomanía pseudosocialista, magníficamente reflejado por Andrew Meldrum en sus memorias tituladas Where we have hope [Mientras nos queden esperanzas].

En estos momentos, se considera que Zimbabue se encuentra en un estado de escándalo monstruoso. Aunque posiblemente Mugabe no sea el peor dictador del mundo, está considerado «nuestro» dictador y, por tanto, nuestra responsabilidad. La opinión pública pregunta qué es lo que se va a hacer con él. Harta de «haber hecho algo», supuestamente glorioso, en lugares como Bosnia, Sierra Leona, Kosovo, Afganistán e Irak, la opinión pública ya se ha acostumbrado, sin ningún género de dudas, a esta clase de preguntas. Así pues, ¿qué se va a hacer?

La respuesta del Gobierno británico es pura farfulla. Sobre la cabeza de Mugabe ha caído toda una cascada ministerial de improperios como cruel, sanguinario, ilegítimo y repugnante. Yo ya he perdido la cuenta de las veces que, desde el ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, se han referido a él despreciativamente, con una palabra tan grandilocuente y tan reveladora de impotencia como «inaceptable». En cuanto a las sanciones, hemos tenido que escuchar el penoso conjuro de prohibición de intercambios comerciales y limitaciones a viajes en primera clase, a cuentas en [los grandes almacenes] Harrods, a guarderías en Londres y a giras de cricket, toda esa palabrería incesante de sanciones elegantes.

Esas medidas son las armas de los cobardes y los hipócritas. Nunca sirven para nada en ningún sentido que tenga alguna trascendencia y equivalen, más o menos, a lo mismo que no comer naranjas de Sudáfrica o no comprar café de Brasil. Se supone que, si incomodan un poquito a los poderosos y hunden en la miseria más absoluta a los pobres, van a hacer que nos sintamos bien. En países como Cuba e Irak, las sanciones han condenado a la pobreza y el aislamiento a generaciones enteras.

La historia más que repetida de las sanciones comerciales demuestra que las restricciones a largo plazo, sean las que sean, lo único que producen es un reajuste económico interno. El control del dinero y de los productos pasa de los comerciantes a los gobernantes, lo que empuja a los primeros al exilio y aumenta el patrimonio de los segundos. De la misma manera que las sanciones hicieron ricos a Sadam Husein y a su familia, las sanciones han hecho ricos a Mugabe y a sus compinches.

La única sanción que sirve para algo es la que funciona de la noche a la mañana. Es de imaginar que, si Sudáfrica y los restantes vecinos de Zimbabue fueran capaces de cortar los suministros de petróleo y electricidad, podrían poner en marcha un golpe de algún tipo. Ahora bien, ¿quién lo daría? Cualquiera que se apoderara del poder en estos momentos habría de ser alguien con petróleo, y ése es el ejército, que precisamente ya tiene el poder.

En su lugar, nos encontramos en Londres con una señal inequívoca de pánico, un murmullo todavía tímido en torno a esa palabra que empieza por M, militares. Desde aquel dirigente liberal, «bombardero Thorpe», que insinuó que se pusiera fin por la fuerza a la sublevación de Ian Smith en Rodesia en 1967, Zimbabue ha despertado el machismo de la izquierda. En esta misma semana, Lord Paddy Ashdown ha seguido ese mismo camino, repleto de alusiones. Si se produjera un genocidio en Zimbabue, ha dicho el viejo aventurero, y si las Naciones Unidas lo aprobaran, y si fueran los africanos los que se encargaran de pelear, y no nosotros, entonces deberíamos ofrecer nuestro «apoyo moral».

¡Bravo por Douglas Fairbanks descolgándose desde la gran lámpara de la Cámara de los Comunes! Ni Sudáfrica ni ninguno de los estados vecinos pertenecientes a la Unión Africana han mostrado la más mínima inclinación a forzar un cambio de régimen en Harare, por mucho que puedan condenar a Mugabe. Los gobernantes africanos consideran muy poco atractivo el precedente intervencionista. Tampoco hay ninguna gana en Gran Bretaña de montar un ataque aerotransportado, desde dondequiera que pudiera lanzarse (¿Diego Garcia?). Nadie se imagina que a los aviones se les diera permiso para sobrevolar o repostar en el sur de Africa. Así de hundida está la autoridad moral de Gran Bretaña después de Irak.

Derrocar a Mugabe exigiría una fuerza lo suficientemente potente como para decapitar su ejército, como mínimo, y es de imaginar que para instalar en el poder al jefe de la oposición, Morgan Tsvangirai. ¿Qué clase de poder sería éste, conseguido gracias a las armas extranjeras? Probablemente no iría más allá de ser el prólogo de una guerra civil, que debe ser precisamente lo último que Zimbabue necesita en estos momentos.

La verdad es que Gran Bretaña y occidente han llegado a cansarse de este tipo de operaciones. No han sido capaces siquiera de reunir la fortaleza suficiente para hacer llegar su ayuda al delta del Irrawaddy, en Birmania, que no es, ni de lejos, la más drástica de las intervenciones. Las bravatas altisonantes del laborismo sobre Bagdad y Kabul se han quedado reducidas en la actualidad a advertencias plagadas de matices. La consigna del cruzado, aquélla de que «no se puede abandonar a su suerte a los pobres albaneses» (o chiíes, o pastunes), ha degenerado en una monotonía diplomática de trámites y resoluciones.

A Gran Bretaña no le queda más alternativa que asistir a la tragedia de Zimbabue sin intervenir, impotente y al margen. Si Africa quiere ayudarse a sí misma, ya lo hará. Si no, allá ellos. No podemos rendir a Mugabe por hambre, porque ésa es precisamente la estrategia que aplica a su pueblo. Nos conformamos con declarar una y otra vez que su país está «al borde del colapso», pero eso es economía para tontos. Las economías de subsistencia y giros desde el extranjero no se hunden.

Podemos pintar a Mugabe en la prensa como un gorila sanguinario e imponer las denominadas sanciones inteligentes, para que Gordon Brown y otros tantos gobernantes europeos puedan sentirse un poco mejor, pero nuestros buenos sentimientos difícilmente van a resultar claves de cara a las penalidades de Africa.

El denominado intervencionismo progresista es un fuego fatuo, una reformulación insípida y bienintencionada de la política exterior en respuesta a unos hechos que aparecen en los titulares de la prensa, motivada por nuestro propio interés o por un arranque pasajero. Deberíamos enviar comida para paliar el hambre en Zimbabue, porque eso es lo que está en nuestra mano hacer, por mucho que Mugabe manipule esos envíos. En cuanto a los sueños de derrocarle, se nos ha pasado el momento. Gran Bretaña ya ha infligido suficiente daño a Zimbabue a lo largo de años y años. La prudencia aconseja que nos quedemos calladitos.

Simon Jenkins es uno de los periodistas más reconocidos del Reino Unido, columnista habitual del diario

The Guardian y un gran experto en Historia militar.

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