FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Arcadi Espada, Erasmo, Pedro G. Cuartango, Raúl del Pozo, David Torres, Manuel Lagares

COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Guay del Paraguay
Bibiana Aído, que es una Cospedal sin historia, sin leyenda y sin oposiciones, debe partir a Paraguay en excursión semántica, como iban los ilustrados en el siglo XVIII a herborizar y a catalogar lenguas indígenas. Allí, entre los escombros de los partidos colorado y desteñido, a la sombra imprecisa del clero populista, se produce la auténtica revolución silenciosa del discurso político en español. Y si la miembra del Gobierno quiere aportar al diccionario y al politiqués vocablos modernos y concetos antiguos, no hallará mejor cantera de ingenio. He aquí algunas aportaciones de próceres y próceras paraguayos y paraguayas, recopiladas por los periodistas Vera y Ramírez. En Radio Ñandutí, un senador oviedista dice a Juan Carlos Acosta: «Te vamos a recibir como un hijo prodigio». El presidente de la Junta Municipal de San Antonio se sincera en el diario ABC: «Vamos a ponernos todos de acuerdo para eludir la ley». Un diputado de la oposición se siente agredido y dice: «No voy a permitir alucinaciones personales». Un analista político habla de «La Venus de Mirlo». Blas Riquelme, senador del Partido Colorado, denuncia en Radio Ñandutí que un adversario político «se lavó las manos como Pitágoras». No es el único helenista. Una columna en Ultima Hora: «La espada de Pericles cuelga sobre el pueblo, compañero». Un líder colorado aclara: «La espada de Temístocles pende sobre nuestras cabezas». Pero otro helenista confiesa que «cada uno tiene su talón de Ulises». En la campaña electoral dicen que «Perón incendió Roma», pero según el presidente Duarte Frutos «los delitos son hechos imprevisibles».
¿Anglicanismos, que decía Carmen Calvo? Menos que latinismos, pero los hay: una comisión ad hoc se convierte en hot dog. El senador Julio C. Fanego ayuna en ABC: «Hablamos pero no comemos; ése es el valor de la democracia». Al descrédito se suma José Jacquets, ex ministro de Stroessner: «¡Hasta en la cárcel somos mayoría». Luis Bestd modera: «No existe un país del mundo donde no haya corrupción; si fuésemos demasiado radicales no quedaría ningún ministro en el cargo». Y la diputada Magdalena Silva: «¡Por fin tenemos a un presidente que no es tan corrupto!». Más eruditos: Rosario Rivero en Radio Cardinal: «Hay que ser y no aparecer». Oswaldo Domínguez, del Club Olimpia: «Como dijo Martín Fierro, ladran Sancho, señal que cabalgamos». La diputada colorada Angela Agüero («aquí hay gato incendiado») dice en Radio Cardinal que su partido «va a renacer de sus cenizas como el Ave Flemin». Y en Radio Asunción concluye otro Caldera: «No tenemos por qué rasurarnos las vestiduras». Todo es tan guay del Paraguay que Bibiana debería estar ya volando hacia esa Academia.
ZOOMARCADI ESPADA
Firmantes, todos
Más de una vez en mi experiencia de abajofirmante he sugerido la conveniencia de que junto a los nombres de las personas que apoyan unas ideas o unas acciones determinadas se incluyan los de aquellos que se han negado a apoyarlas. Nunca he tenido éxito, por las inexplicables supersticiones morales de mis interlocutores. La lista B tendría un interés grandísimo. Tomaré, naturalmente, el último ejemplo del Manifiesto por la lengua común, que se presentó anteayer en Madrid. Es un texto muy razonable, cuya máxima insurgencia está, precisamente, en esa reivindicación del adjetivo. Tras décadas de énfasis en la singularidad, hay un determinado número de españoles que sugieren, por razones éticas, económicas o sentimentales, la necesidad de echar un vistazo al sustrato que comparten. Una postura, en fin, opinable, pero capaz de obtener el asentimiento de muchos, como lo demuestran las más de 35.000 personas que hasta ahora han tramitado su apoyo a través de este periódico. Pues bien, tan razonable..., pero a este manifiesto le faltan algunas firmas que se buscaron con la confianza de obtenerlas y cuya exhibición por ausencia sería altamente salubre y pedagógica. Estoy hablando, naturalmente, de personas a las que uno se dirigió alentado por sus opiniones privadas y hasta por algún alambicado gesto público; personas de las que se creyó que compartían lo sustancial de las ideas expresadas. Porque de los muchos que no se fueron a buscar ya habrá profusa noticia en los próximos días, en forma de repudio, insulto y amenaza.
No. La lista B debería ser, exclusivamente, la de nuestros resbalones. Quizá hasta la de nuestros abusos de confianza. No creo que a una iniciativa de ese orden se le pudieran aplicar las renuencias morales del outing. No se trataría, ni mucho menos, de sacar a nadie del armario y echarlo a los perros de la opinión. Todo lo contrario. Yo pienso que para algunos de los desdeñosos podría tratarse de un timbre de gloria ante sus patrones y hasta de una forma probable de rehabilitación tras lo que, ¡indudablemente!, habían sido interpretaciones confusas de su pensamiento. Tanto es el beneficio, que pudiera darse el caso de personas, en las que inicialmente los promotores no pensaron, que se dirigirían a ellos solicitándoles el envío del manifiesto, a fin de no firmarlo y que así conste. Esta columna no va a negar tampoco su oculto interés en proporcionarle tema a más de uno. «¿Por qué no firmé el manifiesto por la lengua común?» es una bonita meditación, y tiene la ventaja de que, en este caso, la firma cobra.
Aviso que a partir de ahora mi condición de abajofirmante dependerá de la inclusión, en forma y fondo adecuados, del apéndice nominativo disidente. ¡Que se vea bien a las claras que nosotros no tenemos listas negras!
(Coda: «Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país». Manifiesto por la lengua común, primeras 12 palabras.)
ERASMOLa miembra
Vindican ahora el castellano (Erasmo se adhiere). Contento, júbilo, tras tales desvaríos de regidores vascos, gallegos, baleares, catalanes. Aumento exponencial de su enseñanza en América, Europa, en Asia. Y 102 millones: el español, idioma que más crece en Internet. Mas la ministra Bibiana Aído, dos puntos: escribe: «al acariciarla vio como crecía su miembra». ¿Cómo? Opta al Primer Premio del Sonriso Vertical
A DIESTRA Y SINIESTRA
DAVID TORRES
Chilaba 'chill out'
Una revista estadounidense y otra inglesa han publicado la lista con los 100 intelectuales más influyentes del mundo y resulta que los 10 primeros puestos están copados por musulmanes. La cosa da que pensar, sobre todo teniendo en cuenta que hace poco más de un año vi un programa de televisión (no sé si siria o iraní) donde un profesor con chilaba explicaba a la audiencia la diferencia entre el cerebro del hombre y el de la mujer. «El hombre» -decía el sabio, señalando una pizarra que parecía sacada de Barrio Sésamo- «piensa primero y habla después. La mujer lo hace justo al revés».
La encuesta especifica que se trata de un asunto de influencia, no de preeminencia intelectual. Normal entonces que el primero de la clase sea Fethullan Gühlen, el líder religioso turco; que el tercero sea el clérigo Yusuf Al Qaradawi; y que el sexto sea nada menos que Amr Khaled, un telepredicador egipcio. De seguir por ese camino, para la próxima edición de Redes, Eduardo Punset va a tener que calzarse babuchas. Y no preguntará a estos sabios sobre la teoría de las supercuerdas, la estructura del átomo o la posibilidad de encontrar vida en otros planetas, sino sobre la pertinencia del ayuno en Ramadán, las esposas de Mahoma o la prohibición de comer carne en Cuaresma.
En los albores del tercer milenio conviven juntos el siglo XXI, el XVI y el Califato de Córdoba. Está claro que el término «intelectual» se ha degradado mucho en los últimos tiempos si una encíclica o unos comentarios a una sura del Corán se colocan al mismo nivel científico que, por ejemplo, la investigación sobre el genoma humano. En el listado completo están incluidos pensadores de la talla del Papa Benedicto XVI, un tipo que ha condenado los últimos avances médicos en nombre de la Iglesia, o de Al Gore, ese telebuhonero a reacción que va predicando la destrucción de la capa de ozono mientras se tira a bomba en piscinas de hoteles de cinco estrellas.
Hay algo verdaderamente espurio y arbitrario en una lista que incluye a escritores como Orhan Pamuk o filósofos como Fernando Savater junto a todo ese muestrario de alquimistas medievales. Es evidente, primero, que los lectores de Foreign Policy y Prospect van más a la mezquita que al laboratorio, y segundo, que aquí dejaban votar a cualquiera. Para la próxima lista, si los españoles se animan a concursar, pueden aparecer como candidatos Luis Aragonés, el primo de Rajoy, Rouco Varela, Carod-Rovira, 'Pepiño' Blanco, Sardá y Chiquito de la Calzada, esa autoridad lingüística a la que recurre de cuando en cuando la flamante ministra de Igualdad.
Por cierto que no sé cuántas mujeres incluirá tan prestigiosa lista, pero vista la preponderancia de intelectuales islamistas, no parece que haya paridad. Ya se sabe que por allí las mujeres son todas clavaditas a Bibiana Aído: hablan primero y piensan después.
TIEMPO RECOBRADO
PEDRO G. CUARTANGO
Cuando las personas desplazan a las ideas
Hay un hecho que me llamó mucho la atención en el congreso del PP y que no he visto reflejado en ningún medio de comunicación.
Me refiero a los encendidos aplausos que recibieron el sábado pasado las intervenciones de Rajoy y de Aznar, que fueron ovacionados por la práctica totalidad de los 2.700 compromisarios.
No hubiera tenido nada de extraño de no ser porque uno y otro dijeron cosas opuestas e incompatibles. Por la mañana, Aznar pronunció un discurso que sólo cabía interpretar como una enmienda a la totalidad del proyecto de Rajoy. Fue aplaudido y hasta aclamado.
Por la tarde, Rajoy evitó responder al ex presidente, pero reafirmó una nueva línea estratégica para el PP que supone el abandono del aznarismo. Los mismos compromisarios también aplaudieron con entusiasmo.
¿Cómo se puede aplaudir una cosa y su contraria en el congreso de un partido? Creo que lo sucedido ilustra la confusión en la que está inmerso el PP, que va más allá del liderazgo e incide en el terreno de las ideas.
¿Qué defiende en estos momentos el PP? ¿La alianza con los nacionalistas para recuperar el poder en lugares como Galicia y Baleares o seguir con la confrontación que ha mantenido hasta ahora? ¿Defiende la igualdad de todos los ciudadanos o la necesidad de adaptarse a las particularidades territoriales? ¿Cuál es su modelo educativo y lingüístico? ¿Qué propone para reformar la Justicia? ¿Cuáles son sus propuestas para sacar a España de la crisis económica en la que está entrando?
El debate sobre las personas en el PP ha ocultado lo esencial: el replanteamiento ideológico que necesita este partido, que ha de cambiar si quiere derrotar a Zapatero, pero no sabe cómo hacerlo.
Para bien o para mal, Aznar tenía un modelo político definido y coherente. El PP ahora no tiene ninguno y en ello tienen mucha responsabilidad los barones, que juegan a una indefinición que les deja las manos libres para pactar con quien más les convenga.
Es cierto que resulta esencial que los militantes del PP, como los de cualquier otro partido, puedan elegir a su líder de forma democrática. Pero es más importante todavía que exista un debate ideológico y que cada militante sepa bien cuál es el proyecto que encarna cada candidato.
Desgraciadamente, Rajoy, el heredero de Aznar y su testamentario político, no tiene credibilidad para liderar un cambio que ni siquiera ha explicado porque dice que va a «hacer lo mismo pero mejor», una ambigüedad que revela que el PP -donde convive la extrema derecha con la socialdemocracia- no sabe a dónde va.
TRIBUNA LIBREMANUEL LAGARES
Medidas contra la crisis que nunca existió
Como también ocurría en 1977, durante una de las peores crisis que hemos padecido en épocas recientes, la economía española técnicamente no ha entrado todavía en recesión pero se encuentra de nuevo ante otra grave crisis como, sin nombrarla, acaba de admitir por fin el presidente del Gobierno. Los precios disparados del petróleo y de materias primas esenciales son, otra vez, el telón de fondo de esa crisis internacional que, además, se acrecienta con novedades tales como una fuerte escasez de algunos alimentos básicos y con tensiones financieras sin precedentes por el impago masivo de las hipotecas subprime y de sus productos derivados.
En España la crisis ha coincidido con una situación que venía deteriorándose ya por una productividad decreciente -y, por tanto, por una incapacidad cada vez mayor para vender fuera nuestros productos-, con una estructura productiva descoyuntada por la «exhuberancia irracional» de la construcción residencial y con unas necesidades de financiación exterior que, en términos relativos, son de las más altas del planeta, lo que ha situado a nuestras entidades financieras en posición de fuerte endeudamiento exterior, precisamente cuando desaparecía la abundante liquidez de tiempos anteriores. Todo ello está pasando una pesada factura a nuestra economía, que ha visto como en pocos meses su situación empeoraba drásticamente. Precisamente en eso consiste una crisis, en un cambio radical de tendencia que puede terminar en fuerte recesión si no se le pone urgente remedio.
Producida la crisis -que, como siempre, quizá podría haberse atenuado actuando a tiempo- no habrá, desde luego, política económica que nos libre de algunas de sus más importantes consecuencias. Pero algunas decisiones de las autoridades podrían paliar sus daños que, además, serían mucho menores si tuviésemos una economía con fuerte dinamismo y con un sector público en superávit que dispusiera de un sistema tributario flexible. Quizá ya no sea ésa la economía española de hoy. Para empezar, la flexibilidad de nuestros impuestos ha disminuido por la reivindicativa reforma del IRPF en 2006, que ha alterado muchos de los instrumentos que le dotaban de una mayor flexibilidad, entre ellos los mínimos de exención y el gravamen de los rendimientos del capital mobiliario. Además, nuestro superávit público se ha diluido por la acción combinada de reducciones fiscales masivas y atolondradas (400 euros) y por un inmoderado crecimiento de la actividad pública, que todavía se atrinchera en ideologías impropias de esta época y de un país desarrollado.
Ahora que llegan las vacas flacas resulta que el sector público se ha comido su anterior capacidad de maniobra en unos meses y sin apenas resultados gracias a esos aumentos de gasto y a tales reducciones de ingresos. Mientras, el anterior dinamismo de nuestra economía se está agotando debido a la inflación desbocada, al hundimiento de la construcción residencial, a la caída de precios de inmuebles y valores -con sus negativos «efectos riqueza» sobre el consumo, como acaba de recordar el Banco de España- y, muy especialmente, a las tensiones de liquidez que atenazan a bancos, cajas, empresas y familias.
Por eso el primer frente de esas medidas debería consistir en reducir tales tensiones, pues resultará muy difícil que consumidores y empresas puedan mantener sus demandas de bienes y servicios mientras soporten fuertes restricciones crediticias. Para ello tendrían que despejarse las dudas que existen en los mercados internacionales respecto a la calidad de los activos de nuestras entidades financieras, dotando de respaldo público a los créditos suscritos con consumidores finales de viviendas terminadas y vendidas, aunque no fuesen de protección oficial y hasta su actual valor de mercado, ya que, incluso incurriendo en algún pequeño retraso en los pagos, esos créditos se pagarán en casi todas las ocasiones. O quizá tendría que ser el Estado y sus organismos especializados quienes, en esta difícil coyuntura, se encargasen de recabar liquidez en el exterior con destino a nuestras entidades financieras. Las nuevas líneas de financiación de Pymes, de viviendas de protección oficial y de renovación de vehículos que el Gobierno pretende poner en marcha están bien, pero son poca cosa frente al problema de liquidez que nos afectará en estos meses y cuyas consecuencias inmediatas serán más restricciones y encarecimiento de los créditos. Mal ambiente para una recuperación rápida.
El segundo frente al que una política económica eficiente debería atender sería el del sostenimiento de la demanda global pero evitando que, como está ocurriendo ahora, la necesidad de una mayor renta disponible cristalice en reivindicaciones salariales que afectan aún más a los precios. No se evitarán tales reivindicaciones ocultando con eufemismos inútiles la grave situación por la que estamos pasando. Pero, además de llamar a las cosas por su nombre y exigir una concertación salarial responsable a empresarios y trabajadores en este peligroso contexto, habrá que aumentar la renta disponible de los trabajadores de más bajo nivel reduciendo el IRPF que recae sobre los perceptores de rendimientos del trabajo de baja cuantía para mantener el consumo sin afectar, vía salarios, a costes de producción y precios. Como deberá preservarse también el equilibrio presupuestario, resultará necesario igualmente recortar muchos gastos públicos perfectamente prescindibles y no sólo la oferta de empleo del próximo año y los sueldos de los cada día más numerosos altos cargos existentes gracias a la prodigalidad del Gobierno.
El tercer frente debería consistir en la reestructuración profunda de nuestra oferta global. Para empezar habría que evitar lo que se venía evitando desde 1992 y que se destruyó con la reforma del IRPF de 2006: la doble imposición de los dividendos. Esa doble imposición, al penalizar fiscalmente que las empresas se financien mediante capitales propios, estrecha sustancialmente las alternativas de financiación y, con ellas, las inversiones empresariales. Si no se quiere volver al complejo sistema anterior de desgravación de dividendos en el IRPF, redúzcase sustancialmente el impuesto de sociedades que corresponda a los beneficios distribuidos como dividendos, con lo que, además, internacionalmente ganaríamos mucho en competitividad. En segundo término, habría que impulsar fuertemente la inversión de las empresas pero sin recurrir para ello ni al gasto público ni a las reducciones especiales de impuestos, sino mediante una política de concesiones administrativas amplia, inteligente, limpia y transparente. Autopistas, puertos, aeropuertos y ferrocarriles, redes de distribución racional del agua, se llamen o no trasvases, centrales nucleares que abaraten el coste de la energía y otras muchas actividades similares, ofrecerían importantes oportunidades a la iniciativa privada que podrían servir, además, para reconvertir la alicaída construcción y emplear sus excedentes humanos. De algunas de ellas parece que por fin se va a ocupar el Gobierno, aunque no de otras muchas que tampoco deberían olvidarse.
Pero, sobre todo, resultaría necesaria una fortísima liberalización de nuestra economía. Los mercados tienen que ser libres para ser eficientes y en España falta libertad de mercado, maltratada de siempre por nuestra tradicional concepción gremialista de la actividad económica y maniatada hoy, además, por una multitud de confusas regulaciones autonómicas y locales. Terminar con las restricciones a la libertad que no respondan a una auténtica defensa del consumidor o que limiten la competencia, debería constituir también tarea prioritaria.
El cuarto frente sobre el que se debería actuar con urgencia es en el de la inmigración. Según el avance del padrón municipal, nuestra población ha aumentado durante 2007 en 862.774 habitantes, de los que 701.023 son extranjeros. Ese aumento representa una tasa de crecimiento del 1,9% anual, muy superior a las habituales en los países de nuestro entorno. Si a principios de este año ya sobrepasábamos los 46 millones de habitantes, cuando a primeros del 2000 nos situábamos en algo más de 40, quizá en cinco o seis años más terminemos por sobrepasar los 50 millones. Demasiados habitantes para repartir una producción que va a crecer mucho menos en esos años y para atenderlos con adecuados servicios públicos. Contener la inmigración y, a cambio, buscar el necesario aumento de nuestra población activa en mayores tasas de empleo de las mujeres fuera del hogar, deberían ser también tareas prioritarias para la política económica española en los próximos tiempos.
Las medidas del Gobierno apuntan en buena dirección, pero son muy cortas para lo que se nos está viniendo encima. Es natural que así sea. No se olvide que son medidas contra la crisis que nunca existió.
Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
EL RUIDO DE LA CALLE
RAUL DEL POZO
Los clásicos
Esta España nuestra sigue entre la corrala y la ermita, el corazón de serrín o de sangre. Ya no hay reyes con enaguas, ni servilones, pero sí trabucaires. Medinaceli está a una pedrada del Ateneo. Por eso, tal vez, Zapatero en el almuerzo del Cenador del Prado comentó que uno de los fundamentos de su política es un laicismo respetuoso con todas las creencias e increencias. Quiere que el Congreso del PSOE sea también el del laicismo cívico de forma no excluyente. El no se reconoce en aquel eslogan incendiario de la campaña electoral: «Si estás contra el clero, vota a Zapatero».
Luego, me cuenta mi amigo Juan Luis Galiardo que en el teatro, escuela del llanto y la risa, ha descubierto que nuestros autores del barroco eran sutilmente anticlericales, a pesar de que algunos estén en la lista de autores cristianos. Galiardo, que en su juventud fue Tenorio de cafetería, trataba a las marquesas como putas y a las putas como marquesas; después sentó la cabeza y se transformó en un actor inmenso. Trabaja ahora en tres funciones: A la luz de Góngora, Humo y Edipo rey. Ya dije que su cuerpo es un texto. Me ha contado que una carreta de cómicos de la legua tirada por mulas a cielo abierto, sin toldo ni zarzo, conducida por el demonio, se dirigió a Alcalá de Henares a primeros de mes y ahí sigue. Entre los actores se escondían Shakespeare, Lope, Quevedo, Góngora, Calderón, Garcilaso. La noticia de junio es que en medio de las desvergüenzas y las mentiras de la política vuelven los clásicos entre el ballet de las golondrinas. Tal vez hoy lo que embobe a los simples villanos no sea la comedia, sino el mitin. La gran verdad detrás del telón de terciopelo de los clásicos nos recuerda que el poder es un escarnio, los gobernantes, meros actores.
Relata el deán de la Catedral de Compostela, José María Díaz Fernández, que el honor de la Orden de Santiago terminaría salvándose por la gallardía de Quevedo. «El caballero de la Orden defendió a capa y espada a Santiago como patrón de España». Pero algunos clásicos, a pesar de la Inquisición, no eran tan católicos como se les supone. Quevedo se burla de los frailes de leche como capones. Lope sentía aborrecimiento por los clérigos; se sospecha que tuvo algún tropiezo sexual infantil que reprodujo una hostilidad contra ellos durante toda su vida; tal vez por eso hablaba de la lujuria frailuna. Le dice al Duque de Sessa en 1616: «Las viudas comen mui lindos capones y duermen con catorze frailes». Quevedo pintó el infierno repleto de emperadores, reyes, ministros y validos. Cervantes, siempre sospechoso para el clero, a pesar de que perdió el brazo defendiendo la fe católica, se burla de los curas y capellanes, aunque con mucha prudencia, y hace de Maritornes la metáfora de la Iglesia Católica.
Y el caso, Juan Luis, es que todos ellos eran católicos sinceros.
Etiquetas: Firmas





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