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Lugar: Cantabria, Spain

lunes 3 de marzo de 2008

FIRMAS: Federico Jiménez Losantos, Martín Prieto, Carmen Rigalt, Erasmo, Raul Rivero, Jorge de Esteban, Vox Populi



COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Uno de esos días

Pincha para oír en directo a Federico, o su último programa.
Hoy es uno de esos días en los que parece decidirse el destino de una nación. Pero cuando esa situación se produce hay dos razones: o la nación está en guerra a vida o muerte -libre sólo para destruir a sus enemigos o ser destruida por ellos-, o la nación está ya muerta -carente de libertad hasta para pagar su entierro, como todo difunto que se precie-. Hay situaciones más complicadas, que no se dan en las guerras sino en las épocas turbulentas que las preceden: cuando media nación está muerta y la otra viva frente a un enemigo exterior, como el pueblo español y sus yertas instituciones en 1808 frente a Napoleón; cuando las dos mitades de la nación están vivas para aniquilarse, como en la Guerra de Secesión norteamericana; cuando media nación está dispuesta a exterminar a la resignada otra media, como en la Alemania nazi; y, en fin, cuando «media nación no se resiste a morir», como dijo Gil Robles, líder parlamentario de la derecha española en la II República poco antes de que los escoltas del socialista Prieto trataran de asesinarlo y, al no hallarlo en casa, mataran al otro gran líder, Calvo Sotelo. Seguramente para provocar el alzamiento que en julio del 36 generalizó esa guerra civil que sus inductores Prieto y Largo Caballero (no así Besteiro) estaban seguros de ganar.

Tanto Largo y Prieto (que, tras perder las elecciones frente a la derecha, pusieron en marcha la dinámica guerracivilista con el Golpe de Octubre de 1934) como Besteiro (que se opuso a ellos dentro y fuera del partido, como demuestra el gran libro de Gabriel Mario de Coca titulado Anti-Caballero, publicado antes de julio del 36) eran líderes del PSOE. También lo son González y Zapatero, inquilinos de La Moncloa y caudillos socialistas, el gordo Prieto y el flaco Largo de hoy. Por desgracia, como ya hemos comentado, en este PSOE no hay besteiros, salvo que consideremos besteira a Rosa Díez, fuera del PSOE para ejercer como tal. De haberlos, un debate como el que esta noche enfrentará a Zapatero y Rajoy estaría cantado a favor del líder del PP. La cuestión en juego, que es el fin de la soberanía nacional y la liquidación del Estado, tendría un amplísimo consenso entre las bases de la izquierda y la derecha en la España de hoy, como la hubiera tenido la paz en 1934 y 1936 si el PSOE del descerebrado Largo, el Lenin español, no se hubiera puesto al frente de los que querían romper el sistema y liquidar a la Derecha. De hecho, los chequistas de toda laya mataron cuanto pudieron, pero al final perdieron. Y yo no dudo de que si ZP gana esta noche y el 9-M, también la izquierda acabará perdiendo a manos de sus aliados separatistas; pero esta vez no habrá ninguna derecha que gane, porque España será un cadáver político. Hay días para tomar el pulso a una sociedad enferma y saber si puede salir adelante. Hoy es uno de esos días.

BAJO EL VOLCAN
MARTIN PRIETO
La peladura de la naranja

Cubrí dos campañas de los socialistas españoles y una de los radicales argentinos y no recuerdo otra tan acre como la que vivimos. Todos recitan el mismo discurso, con licencias para la improvisación, y alteran el mensaje principal según el jefe de campaña a tenor de la actualidad, como el asesinato de cuatro mujeres el mismo día. Los peligrosos son los teloneros que no salen por radiotelevisión ni hallan hueco en los diarios. Particularmente dañinos cuando les avisan que se retrasa el candidato y han de alargar indefinidamente su parlamento, despeñándose en epítetos para mantener caliente al auditorio.

La campaña más plana y menos ríspida de los socialistas fue, precisamente, la de 1982, que le procuró la mayor victoria electoral de su historia. Felipe González fue zarandeado y se decía de él la insensatez de que quería cerrar los colegios religiosos. Como se barruntaba un cambio en profundidad, hasta se propaló de buena fuente que Carmen Romero vivía con un arquitecto sevillano y que asistía a los mítines para hacer el paripé. Felipe no se crispó, adoptó una medianía humilde, como haciéndose perdonar su triunfo seguro y aplastante, y no insultó a nadie, ni siquiera hizo chistes deplorables sobre sus adversarios. Y, sin embargo, mantuvo siempre la sana tensión de quienes le escuchaban. Aquella fue una lección de magisterio de costumbres, como cuando te enseñan a pelar una naranja con cuchillo y tenedor.

Estos días la ironía se confunde con el desgarro, se embroma chocarreramente, se levanta la voz innecesariamente y se insulta, se befa y se desprecia. Alfonso Guerra da vueltas a la niña de Obama y de Rajoy y la sitúa en la calle de los obispos número uno, haciendo triza su ingenio de antaño y su buena relación con los prelados regresando al tragacuras de su juventud. Todos nos hemos hecho más viejos y somos el revés carcamal de lo que fuimos. También Felipe González tildando de imbécil y pobre hombre a Mariano Rajoy. A FG se le ha olvidado pelar dialécticamente la naranja. Será que sufrió del síndrome del telonero.

Quisiera ser ecuánime pero no encuentro simetría entre la violencia física y verbal que viene de las izquierdas y la tensión o crispación que se atribuye a la derecha, que hasta pone la otra mejilla. Rajoy se partió la cara una vez él solo y con un coche, que se despeñó en el pueblo de Pepiño Blanco, y ahora se la están partiendo en comandita. Y todo para que siga gobernando Zapatero, cada día menos Bambi y más anaconda.

ZOOM
CARMEN RIGALT
Jabalia

No hay mejor solución para despegarse de la campaña electoral que echar la mirada afuera y observar los problemas del mundo. Es como si te dieras de bruces contra el cristal de una puerta y a consecuencia del porrazo, entendieras a Kant. Pues igual. Al recobrar la proximidad se hace la luz. De pronto, ZP y Rajoy parecen inanes, exagerados, pequeñitos.

Ayer me sumergí en las noticias de Gaza. Terapia radical. Periódicamente (es decir, con la periodicidad que requieren los hechos, que es continua) recibo noticias de una Ong establecida en Jabalia, el campo de refugiados sobre el que se ha cebado estos días la aviación israelí. Por un exceso de celo, suelo aplicar una cuota reduccionista a todas las informaciones que llegan de la zona. En función de las fuentes, aplico la reducción por un lado o por otro. Aquí, las noticias que consideramos dignas de crédito son aquéllas que están bendecidas por los aliados palestinos. Y al revés, las que proceden de un medio norteamericano se rechazan instintivamente. Mi informante, en esta ocasión, era el centro de derechos humanos Al Mezan, que a las ocho y media de la tarde del domingo ya cifraba en 77 el número de muertos en Gaza. Ahora van más de cien. Que cada uno saque su conclusión. Yo me quedo con las reglas del periodismo: para un periódico español, cien muertos en Gaza equivalen a un herido en Rentería.

Estuve en Jabalia al poco de estallar la segunda intifada. La Franja funcionaba entonces a medio gas. Los hoteles surgidos tras el optimismo de los acuerdos de Oslo estaban vacíos y apenas disponían de luz. La ciudad de Gaza, caótica y confinada, se extendía desordenadamente a partir de una calle principal que la dividía. En ella, joyerías y tiendas de sanitarios se alternaban el protagonismo del lujo. Un váter era tan valorado como una pulsera de oro. Había también estudios fotográficos. A uno de ellos fui con una joven que suspiraba por hacerse una foto de novia bajo un inmenso póster de Miami en su versión vice. No llegué a saber si la chica cumplió su deseo. Ni siquiera supe si se casó.

Jabalia no estaba lejos de la calle principal, pero a los habitantes del campo les parecía otro mundo. Y es que el campo vivía ensimismado. Durante la semana que permanecí allí pude comprobar que la desesperanza había hecho callo. Nadie hablaba de la ANP (Autoridad Nacional Palestina) ni creía en la política. El silencio era una forma de desdén. Sólo los muchachos jóvenes sacaban la rabia a la calle. En otro lugar del mundo, esos mismos jóvenes se hubieran resignado con un concierto de rock duro, pero en Jabalia la sangre los conducía hacia las alambradas. Para ellos, los años constituían una ficción del tiempo, que ahí, más que en ninguna otra parte, era inmemorial. En Jabalia, siempre y nunca significan lo mismo.

ERASMO
Sports

Olga Viza, el debate y su consigna: que estén «más relajados». Dice. Qué impudor, qué tendenciosa. Busca sedarlos: que la fichen en el Severo Ochoa (en Urgencias). Y ese Schuster. No empañará su excelente tarea con poses de gruñona señorita Rottenmeyer. Su gesto de piedra pómez, inadecuado para comparecer ante los informadores: sueldo, métier acaso exijan el más british no comment. Y sonría (s'il vous plait).

TRIBUNA LIBRE
JORGE DE ESTEBAN

¿Elecciones o referéndum electoral?

Las próximas elecciones generales en España, no son, a pesar de su apariencia, unas elecciones clásicas al uso, en donde se elige fundamentalmente entre dos programas de gobierno y entre dos líderes y sus partidos respectivos, a fin de que el vencedor gobierne durante los cuatro próximos años.

Así ha ocurrido en todas las elecciones generales anteriores de 1979, 1982, 1986, 1989, 1993, 1996, 2000 y 2004, a excepción de las primeras de 1977, en donde hubo algo más. En efecto, en estas primeras elecciones, después de 40 años de dictadura, no sólo se trataba de elegir un líder y un partido para que gobernase cuatro años, sino que se sabía también que iban a ser Cortes Constituyentes con la tarea fundamental de redactar una nueva Constitución para España. De ahí que se tratase de compaginar la posibilidad de obtener la mayoría de los partidos más fuertes, que permitiese la gobernabilidad, con la representación en las Cortes de partidos minoritarios implantados únicamente en ciertas regiones, pero que se consideraban necesarios para integrarlos en una responsabilidad común que desarbolase sus tendencias separatistas. Me refiero, como se puede suponer, a los partidos nacionalistas, especialmente de Cataluña y del País Vasco. Con ello se cometía una verdadera injusticia electoral, porque partidos también minoritarios, pero dispersados por todo el territorio nacional, eran barridos de forma inmisericorde para siempre. Se regalaba así un plus de representación a estos partidos nacionalistas, a condición de que amoldasen sus tendencias identitarias dentro del marco común de todo el Estado.

Es más: se optó, en parte para contentarlos, por la creación de un Estado descentralizado, en el que podrían obtener unas cuotas de autogobierno comparables a las existentes en los Estados Federales, naciendo así el llamado Estado de las Autonomías, pero con el pecado original de que no se ponía un límite a las transferencias de las competencias de las Comunidades Autónomas respectivas, ni se exponían con claridad las que eran propias del Estado, de carácter exclusivo e indelegable. Tal aberración, denunciada mil veces en este diario a lo largo de los últimos años, ha llegado así a convertirse en el auténtico nudo gordiano de nuestra Constitución, y que de no desatarse puede llevarnos a la catástrofe. Ciertamente, esta tendencia empezó con una serie de errores de los que son culpables todos los Gobiernos habidos hasta la fecha, pero ha llegado a su paroxismo con el actual Gobierno de Rodríguez Zapatero, que ha necesitado el apoyo de los partidos nacionalistas para gobernar, concediéndoles a cambio de ello casi todo lo que pedían. La elasticidad del Título VIII de la Constitución, como he dicho, era muy amplia, pero también tiene unos límites imposibles de franquear, salvo que se quiera desnaturalizar el propio Estado de las Autonomías.

Pues bien, este paso se ha dado con la aprobación del Estatuto de Cataluña, que rebasa esos límites y que va camino de convertir al Estado de las Autonomías en un fantasmagórico e imposible Estado de las Soberanías, porque lo que significa el Estatuto de Cataluña no es solamente que se hayan transferido a la Generalitat muchas competencias a las que no puede renunciar el Estado central, sino que su verdadero y más profundo significado consiste en que se ha transferido a Cataluña una parte de la soberanía nacional, esto es, algo que por su propia esencia corresponde a todos los españoles, a la Nación en suma. Por supuesto, el Estatuto de Cataluña está recurrido ante el Tribunal Constitucional y debería ser este órgano el que sentenciase de una vez por todas la anomalía de esa norma, pero cada vez es mayor el temor, a la vista de ciertos precedentes, de que los doce (u once, en su caso) magistrados que lo componen, acaben cantinfleando como ya ha ocurrido con la sentencia del Estatuto valenciano, que ha servido de señuelo para ir preparando el ambiente, y después hacer pública, con el terreno allanado, la del catalán. Desde el punto de vista de la corrección constitucional, el Tribunal no debería haber enjuiciado ningún nuevo Estatuto hasta que no hubiera decidido lo que ocurría con el Estatuto de Cataluña, que es el que ha abierto la vía de la deconstrucción del Estado Autonómico y el que ha servido de pauta a todos los demás.

Las cosas han llegado tan lejos que si se repitiese el próximo domingo un resultado parecido al de las últimas elecciones, es decir, una victoria pírrica del PSOE, el destino de España estaría entonces en manos de los partidos nacionalistas, que podrían ser los verdaderos vencedores de los comicios y, en tal caso, no cabría sino afirmar que delenda est autonomia. Porque se sabe ya que seguirán exigiendo mayores cuotas de autogobierno, eufemismo que se utiliza para reivindicar una soberanía propia como meta final, con una parada intermedia en un denominado Estado confederal, en el que se daría una asociación de Estados soberanos con algunas funciones que se ejercerían en común o, lo que es lo mismo, una Confederación de Estados, que es una forma de organización política inexistente hoy en el mundo y cuyos precedentes más importantes son los de las 13 colonias británicas de América, que se independizaron para convertirse en una Confederación de 13 Estados, o la vieja e inimitable Confederación Helvética, con su asociación de Cantones. Pero como nos lo demuestra la Historia, en esos y otros casos, tal forma de organización política no es más que provisional, pues a corto plazo sólo caben tres posibilidades: la independencia de cada una de las partes que la componen, la unidad e integración de las mismas en un solo Estado, o la creación de un Estado Federal. En nuestro caso, habiendo partido del Estado centralista y unitario que nos legó Franco, habíamos llegado a un Estado descentralizado de corte federal, más que suficiente par contentar las posibles ansias de autogobierno, pero como se puede comprobar por lo que está ocurriendo con los partidos nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, se quiere ir más allá, utilizando esa parada técnica y provisional del llamado Estado confederal. Situación que vendría a equivaler a una desmembración de hecho del actual Estado, creando todo tipo de barreras interiores en las actuales Comunidades Autónomas y produciendo la desigualdad de derechos entre los españoles, con la evidente anulación del contenido de nuestra Constitución. Esto evidentemente no ha hecho más que empezar y sería interminable desgranar, de forma exhaustiva, un rosario de ejemplos que se podrían aducir, como las diferencias de sueldo, entre funcionarios públicos, según cada Comunidad Autónoma; las dificultades, en alguna de ellas, para la enseñanza del español, lengua oficial y vehicular de todos los españoles; la ruptura de la unidad de mercado, que no hace sino complicar nuestro progreso económico. Y para qué seguir.

En el fondo, por consiguiente, lo que está en juego en las próximas elecciones no es elegir únicamente a uno u otro partido para que gobierne, sino saber que si los nacionalistas son indispensables para apoyar al PSOE a fin de que pueda gobernar, y en menor medida, al PP, en el supuesto de que así fuera, se habría elegido que el Estado actual de España, en el mejor de los casos, se convirtiese en un cascarón vacío, sin ninguna competencia para poder llevar a cabo cualquier tipo de políticas o, como dicen los anglosajones, policys. El exceso de las demandas nacionalistas en busca de un mayor autogobierno, repercute inmediatamente en la menor autonomía del Estado central, sin la cual, todas las promesas, al estilo de la mejor subasta, que los dos grandes partidos han difundido durante estos días en la campaña electoral, serían imposibles de cumplir, porque el Estado habría perdido sus competencias y no habría un territorio unitario en el que pudiesen regir las leyes de las Cortes Generales.

En consecuencia, las elecciones del próximo domingo no son unas elecciones en sentido estricto, sino que por las fuerzas de los hechos, se han convertido en una figura insólita, que a veces aparece en el Derecho Constitucional, y que podríamos denominar como referéndum electoral. Consistiría así en que lo más importante de esos comicios es que el pueblo responda a una pregunta implícita que está en el aire y que podría ser planteada así: ¿Desea usted que España siga siendo un único Estado con amplia, pero acotada, descentralización del poder? Ahora bien, si esa pregunta, aún de forma no expresa, es muy clara, la respuesta del electorado, en cambio, es muy complicada, porque puede adoptar diversas formas: mayoría absoluta del PSOE, mayoría absoluta del PP, Gobierno de coalición entre los dos partidos o victoria pírrica de cualquiera de los dos, pero con apoyo parlamentario del otro.

Dicho de manera más sencilla, la manera de contestar afirmativamente a esa pregunta, en la que nos jugamos nuestro destino como Estado-Nación, no es otra que la de dejar fuera de cualquier Gobierno a los nacionalistas, que quieren imponer las decisiones de un pequeño número de electores, por la estulticia originaria de nuestra ley electoral, a la inmensa mayoría de los españoles. Y, en este punto, no cabe sino recordar a Burke cuando afirmaba que «para que el mal triunfe lo único necesario es que los hombres de bien no hagan nada». El próximo domingo, los hombres de bien que creen en España, sean de derechas o izquierdas, tendrán una papeleta en la mano para evitar el mal. ¿La sabrán utilizar?

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

VOX POPULI

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TINTA RAPIDA
RAUL RIVERO
El gran salto

En febrero, mes pródigo en ilusiones y derrumbes, hemos dejado pasar por debajo de la mesa de casa el tercer aniversario de la muerte de Guillermo Cabrera Infante. Un descuido fatal porque sus espejuelos de aros olímpicos hubieran permitido esclarecer, desde el primer momento, el paisaje empañado que la propaganda pintó a brochazos sobre la realidad cubana.

Esa espantosa costumbre de acordarse de los muertos ilustres nada más que en las fechas redondas, nos ha privado de su lucidez de ciudadano, de sus meditaciones dentro de las nubes de humo de los habanos y del coraje que no le faltó nunca para escribir la verdad sobre el país que amaba.

Cabrera Infante -y su esposa, la actriz Miriam Gómez- pagaron con años de exclusiones, penurias y sufrimientos personales, esa capacidad del escritor de empezar a decirlo todo y a desmontar el cobertizo cochambroso del totalitarismo. Otros todavía veían (veíamos) espejismos y sueños que hubo que pagar a plazos en crecientes porcentajes de libertad.

Su amigo Tomás Eloy Martínez recuerda en unas crónicas sobre el autor de Tres tristes tigres, que tan temprano como en junio de 1968 fue a visitarlo a Londres. Dice que en un bar de Kings Road, después de asistir a una función privada de 2001: Odisea del espacio, Cabrera Infante le relató su último viaje a Cuba, en el verano boreal de 1965.

Esto fue lo que le contó al escritor argentino: «Mi madre acababa de morir de una enfermedad de la que nadie moría, otitis crónica, que se convirtió en una infección mal atendida... y cuando recorrí la Habana después de los funerales me di cuenta de que nada estaba en su lugar. Cuba ya no era Cuba. Era otra cosa, una mutación, un trueque de cromosomas. En una increíble cabriola hegeliana, mi país había dado un gran salto adelante, pero había caído atrás».

Sus posiciones frente a la dictadura las mantuvo hasta la noche del 20 de febrero de 2005. Sus broncas, su blindaje ante proposiciones y sugerencias edulcoradas de personajes de los que él sospechaba, tienen su origen en el amor. No en el odio irracional y la amargura, como dicen el oficialismo y sus serviciales amigos.

Hablo de su amor a Cuba. A La Habana, una ciudad pecadora y alegre que él dejó en sus libros, y el socialismo real ha fraccionado para entregarle una parcela de lujo a los turistas. La otra parte, la de los cubanos, la ha convertido en la Pyongyang del Caribe.

Sí, hablo de su pasión por el lenguaje de los habaneros y sus juegos de palabras y por el cine donde vio su primera película, el parque en el que vio a la muchacha aquella y por el olor de la imprenta de la revista Carteles.

No hay que esperar ninguna fecha. Hace falta repasar su obra monumental mientras estén en el poder los productores de las cabriolas hegelianas.

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