Estaba viendo el documental de Carlos García-Alix sobre Felipe Sandoval, el pistolero, y no dejaba de pensar en El misterioso caso alemán, el libro de Rosa Sala, del que te había anunciado carta. La máxima virtud del trabajo de García-Alix, sobrio y esmerado, es muy paradójica. A medida que la película transcurre, si uno pone la oreja se escucha cómo su autor va diciendo por qué habré de estar yo ocupándome ahora de este tipo criminal. El espectador asiente. Es una virtud notable. No es difícil imaginar lo que habría hecho el cine antifascista (también llamado, por lo general, cine español) con la historia de un pistolero anarquista que actuó en épocas de gran violencia política. Para empezar, ipso facto, habría dejado de ser un pistolero y aparecería, en la mejor de las hipótesis, como un ambiguo combatiente por la libertad. En el caso de haber caído en las manos del productor Jaume Roures habría resultado, además, una película puramente diabética: el azúcar mezcla muy bien con la sangre. El mérito de García-Alix es haber hecho el retrato de un criminal, tout court, y permitir que el espectador se pregunte por qué pierde el tiempo con criminales, aunque éstos hayan actuado en un tiempo infectadamente romántico. A pesar de esta épica desnuda, el cineasta no acaba de evitar por completo la tentación de explicar el caso Sandoval en razón del ecosistema humillante, indigno de un hombre, donde el pistolero se formó. De ahí el título: El honor de las injurias, del que el espectador no comprende toda su completa carga polisémica hasta que no aprende que Las Injurias era el nombre de un terrible arrabal de Madrid. Utilizar el ambiente para explicar los comportamientos criminales es el punto de vista dominante, todavía hoy, en la mayor parte del arte y en cualquier forma de sociología, especialmente la periodística. Parece lógico pensar que el lugar donde uno nace y se desarrolla no es del todo indiferente de la conducta que uno lleve en el futuro. Pero ha de tenerse en cuenta que, de los miles de habitantes de Las Injurias, sólo uno salió hecho un sandoval. Y por otro lado, y ciñéndonos a la historia que nos ocupa, Sandoval logró salir de Las Injurias. De hecho, empezó a robar en el palacete de un adinerado parisino, donde trabajó de mayordomo; y no robó al señor, sino a una pobre y enamorada criada que, tonta, se lo dio todo.
Sin abandonar el ambiente hay otra cuestión que merecería tener, al menos, la misma importancia que las casuchas de Las Injurias. Son las ideas. Es decir, aquello que, generalmente, suele aportar el grupo, entendiendo por grupo los compañeros de escuela, de barrio, los amigos o los familiares al margen de la madre, el padre y los abuelos. En la peripecia de Felipe Sandoval, como en tantas otras de su estilo, el impacto negativo de las ideas queda escasamente subrayado. La acción directa del anarquismo, el terrorismo, al fin, fue una de las más catastróficas ideas decimonónicas. El anarquismo tiene su versión amable, ligada a los falansterios, al naturismo y a cualquier forma de vegetalidad. Pero ni siquiera esa versión, que convive sin demasiados aspavientos con la radicalidad terrorista y el brusco ademán de la sangre, escapa de la infección global de la idea: la superstición de que el mundo puede cambiar de golpe.
Todas las circunstancias ambientales, sumadas y tejidas, no acaban de explicar, sin embargo, los crímenes de Felipe Sandoval. ¡Quia! El crimen estaría, entonces, al alcance de todos los españoles. Pero es que, además, está el misterioso caso alemán. El propósito de Rosa Sala, a través del elegante ensayo que ha publicado Alba, es «llamar a la literatura a declarar» en un nuevo juicio contra el régimen nazi, para ver si de la declaración surge una posibilidad de comprensión del crimen. La comprensión está, obviamente, emparentada con la pregunta que éticos y estéticos de toda condición llevan haciéndose desde Auschwitz: ¿cómo es posible que por la mañana se dedicaran a gasear judíos y por la tarde escucharan a Bach, acariciando los rubios rizos de los hijitos tendidos sobre su regazo? Basta mirarla para darse cuenta de que la pregunta tiene la misma raíz que el supuesto honor de Las Injurias, y la posibilidad de que el barrio de charcas y adobe moviese el brazo asesino de Sandoval. Dado que el ambiente hace al hombre, la pregunta alemana es obvia: ¿cómo es posible que de un gabinete mecido por Bach surja un monstruo?
Es una pregunta cuya innoble simpleza me ha llamado siempre la atención. En primer lugar, por lo que tenga que ver la música de Bach con la bondad y la piedad. La música se limita a organizar el espacio, sin contaminarse con lo que suceda en él. Al revés: lo que se contamina de ella es lo que sucede. Basta elegir el fragmento de sonata más delicado y ponerlo como banda sonora de la escena de un crimen atroz. Resulta, créeme. Queda un crimen muy bonito. Un café irlandés. Luego haz la prueba con la filmación de un instante de amor. Imperial, también. La música es como el color negro.
La pregunta sobre la inexplicable maldad de los estetas implica también una premisa inesperada. Entre los nazis no había sandovales. Es extraordinariamente significativo que la imagen dominante del asesino nazi nunca haya estado asociada a la gentuza. Al lumpen Beleidigungen, que es como se dice injurias en la lengua de Herder. Al parecer, en los crematorios, y según el cromo disponible, oficiaban ángeles repeinados, luzbeles bellísimos y querubines endecasílabos. Eso sí: de vez en cuando echaban mano de un judío agonizante para los trabajos más manuales. No dudo, con Rosa Sala, que la bildung, ese gusto por la educación y la cultura gratuitas, desligadas de la rentabilidad inmediata, puro placer de saber, arraigó en Alemania más que en ninguna otra parte del continente. ¿Pero nadie recogía la basura, aunque fuera tocando la armónica? No hay duda de que el crimen nazi tiene graves problemas de ambiente.
Por suerte, el ensayo de Rosa Sala no se deja deslumbrar por los tópicos y avanza en una dirección ambiental interesante, a la busca y captura de las ideas malignas que la literatura (es decir, el único arte que podía transportarlas) diseminó en torno al caso alemán. Entre ellas, desde luego, la evidencia de que lo ario era la superación de lo heleno y lo germánico, la ardiente fluidez con que el Destino alemán debía expandirse entre la bárbara civilización, la Mayúscula superioridad de la lengua propia a la hora de exhibir las obras del espíritu, o cómo el Judío acabó desplazando al Francés en los arquetipos negativos del pueblo. Su viaje, limpio y lúcido, tiene un par de momentos extraordinarios y pedagógicos. El primero cuando observa que los alemanes dejaron de reír y que el único que lo hacía, el judío Heine, maestro de nuestro Julio Camba, tuvo que exiliarse para seguir viviendo. No hay humor en el misterioso caso. Y no hay, tampoco, realismo. Escribe Rosa Sala: «Hasta la unificación de 1871, Alemania fue, en definitiva un pueblo sin mirada para el presente. ¿Cómo esperar de él que fuera realista? Necesitaba, más que ningún otro, que la literatura le proveyera de ficciones». Al crimen le sucede lo mismo.
Sigue con salud.
A.
No resulta fácil reunir a dos intelectuales de la talla de Bernard-Henri Lévy y Fernando Savater para debatir sobre asuntos tan dispares como la identidad de la izquierda, Europa, el 11-M y el liberalismo. Ambos se sitúan en el campo de la izquierda, pero huyen de lo políticamente correcto y fustigan su complicidad con los nacionalismos y el totalitarismo. Son dos espíritus libres que reivindican el espíritu de Voltaire y apuestan por un Estado que garantice la igualdad y la libertad. He aquí la transcripción de su encuentro en la sede de este diario, con motivo de la entrega de los Premios de Periodismo de EL MUNDO. Pregunta.- Ustedes mantienen una vieja relación personal y notables afinidades intelectuales...
Bernard-Henri Lévy.- Antes de iniciar la conversación con Fernando Savater, me gustaría recordar que la última vez que nos vimos fue en San Sebastián. Concretamente, en un acto de Basta ya para mostrar nuestra solidaridad frente a los asesinos de ETA. Volver a encontrarme con Fernando, hoy y aquí, es algo magnífico. Me encanta que nos volvamos a ver a la sombra de Julio Fuentes y Julio Anguita Parrado, uno muerto en Afganistán y el otro en Irak, cumpliendo con su deber y con su profesión de periodistas. A mi juicio, en eso se encierra el signo de un reencuentro en memoria de esos dos periodistas maravillosos que murieron en el ejercicio de su profesión. Una profesión que también nosotros dos cultivamos a veces de forma aficionada. Y esto es, para mí, un signo muy importante.
Fernando Savater.- Yo también quisiera ampliar lo que dice Bernard-Henri. Primero, porque le estoy muy agradecido. Fue de las pocas personas que quiso venir al País Vasco. Hay mucha gente que nos dice que está de acuerdo con nosotros y que nos da palmadas en el hombro y ánimos para continuar, pero hay muy pocas que se atreven a venir al País Vasco a intervenir en un acto público. Para la gente, su presencia aquel día allí significó mucho.
A los dos compañeros evocados por mi amigo, yo querría añadir el nombre de José Luis López de Lacalle, un periodista vasco asesinado por ETA. Es muy emotivo pensar que fue una persona a la que mataron cuando bajó a comprar los periódicos, lo que induce a la reflexión de que tan importante es informar como ser informado.
P.- Bernard-Henri Lévy ha publicado en Francia recientemente un libro (Ce gran cadavre à la renverse) que plantea la cuestión de las señas de identidad de la izquierda. ¿Cuáles son en estos momentos esos signos de identidad?
BHL.- Me imagino que Fernando estará de acuerdo conmigo en esto: estoy en el seno de la izquierda y contra la izquierda, en la familia y fuera de ella. No quiero prescindir en absoluto de esa identidad de izquierda, pero sí ayudarla a deconstruirse desde el interior y denunciando los gérmenes de su corrupción. Esta es mi posición, que me parece que es también la de Fernando en España. Es decir, no se puede ser hoy en día de izquierdas de una forma pauloviana, identitaria, idiota y por encima de cualquier cosa. Porque esa izquierda que ya era un cadáver a la espalda en la guerra de Argelia, 47 años después sigue en la misma posición. Sobre todo, en relación con las grandes cuestiones como el terrorismo, el islamismo radical, el neoantisemitismo y el modelo de sociedad.
A la izquierda francesa y europea en general le faltan ideas y ambición. Está anclada en esquemas del pasado, que la hunden. Incluso a menudo da la impresión de que es la derecha la que está del lado de la modernidad y del progreso. Por eso, siento una gran lástima por ella. Pero ésta no es mi única lucha. Lo es también Darfur, la coexistencia de palestinos e israelíes y otros asuntos de calado. Aunque también lucho para que la izquierda europea renazca de sus cenizas. Para que se pueda reanimar este cadáver. No se trata, pues, de una lucha desesperada ni perdida de antemano, pero tampoco es fácil.
FS.- Al igual que Bernard-Henri, yo también provengo de una tradición de la izquierda, de la lucha antifranquista. Mis ideas han sido fundamentalmente lo que se consideraba ser de izquierdas en el terreno político, social, de las libertades públicas, de las costumbres... Lo que pasa es que ser de izquierdas o de derechas no debe impedir pensar. El pensamiento o la reflexión sobre lo que uno es o sobre el mundo que nos ha tocado vivir es importante. Yo he detectado en la izquierda una rigidez y un alejamiento de los auténticos problemas que teníamos en este país, como es el del terrorismo. Por ejemplo, hemos vivido la perversión del discurso de la izquierda, inclinándose cada vez más hacia el nacionalismo. Cuando, en realidad, el nacionalismo es una visión privatizadora del Estado. Los nacionalistas, en el fondo, lo que quieren es vivir para ellos y no para los demás, que es lo que pretenden los ricos y los plutócratas de todas las épocas. Y, a mi juicio, los objetivos del nacionalismo son profunda y radicalmente distintos de los de la izquierda. Una persona de izquierdas puede ser nacionalista como un cura puede ser ateo.
De ahí la decepción de ver la escasez de apoyos que encontrábamos a lo largo de estos años en la izquierda. Encontramos apoyo en personas de izquierdas, pero otros muchos, sobre todo la izquierda oficial, con puestos y mando en plaza, volvieron la espalda a la lucha contra el terrorismo. Y por motivos como que eso era hacer el juego a la derecha. Había, pues, que reflexionar sobre qué es eso de hacer el juego a la derecha. ¿A qué tipo de derecha se le hace el juego, cuando lo que se esta haciendo es defender el Estado de derecho?
Esta situación me llevó a una reflexión. Creo que hoy, en la época moderna en la que los derechos laborales, sociales y personales están amenazados por grupos que van desde multinacionales económicas al terrorismo islámico, la idea de un Estado de Derecho, fuerte y unitario, es más importante que nunca. Hoy, lo que nos puede garantizar nuestros derechos, lo que puede defender a los trabajadores de una explotación sin rostro como la de las multinacionales, lo que puede proteger a todas las personas por igual independientemente de su tradición religiosa o de su territorio, sólo lo puede garantizar un Estado de derecho, igualitario, con unos valores republicanos, en el sentido de cívicos. Y ése es hoy el papel del progresismo. En mi caso, un progresismo que nace y es de izquierdas, pero que no tiene que comulgar forzosamente con todos los dogmas de la izquierda.
P.- Quizás en el discurso de Fernando haya algunas diferencias respecto al suyo. Por ejemplo, usted ha postulado en diversas ocasiones la asimilación del liberalismo con la izquierda. ¿Cree que es posible ser liberal y de izquierdas?
BHL.- Me gustaría decir dos cosas al respecto. No conozco bien la situación en España. Pero uno de los signos más desoladores de la quiebra moral de la izquierda es su abandono del liberalismo: su antiliberalismo. Es decir, esa manera de dejar a sus adversarios, a la derecha, el monopolio del liberalismo. La izquierda dice «no le vamos a dejar el nacionalismo a la derecha» o «no le vamos a dejar la seguridad a la derecha». O «no le vamos a dejar a Juana de Arco», la gran heroína nacional de Francia. Pero la única referencia que la izquierda renuncia a reivindicar es el liberalismo, que es el único asunto que, a mi juicio, forma cuerpo, forma un todo con ella. Porque el liberalismo es la libertad. El liberalismo son las tres revoluciones (la americana, la inglesa y la francesa). El liberalismo es el movimiento obrero del siglo XIX. El liberalismo es Gavroche y es Delacroix.
Esta forma que tiene la izquierda de no presentar batalla ideológica sobre un tema que es mucho más importante que Juana de Arco o la Marsellesa es un lapsus que habla a las claras de su situación de corrupción intelectual y de descomposición.
Sobre la cuestión del Estado, estoy de acuerdo con Fernando Savater. Creo que todo lo que arranca al sujeto de sus determinismos, todo lo que hace trascender al sujeto más allá de sus particularismos siempre es bueno. El Estado es una forma de hacerlo. De hecho, hay un texto de Lévinas, que suelo citar a menudo, que dice que «hay que salvar el Estado».
Pero añado, sin embargo, que todavía hay algo mejor que el propio Estado. Y se llama Europa. La diferencia entre España y Francia es que la historia de la formación del Estado es diversa. En Francia es algo que se llama jacobinismo, que, afortunadamente, ustedes no tuvieron y que sigue siendo una herida, una peste y una tragedia de la política francesa. Europa es el remedio contra el jacobinismo. Y en España, Europa también es el auténtico remedio de los terrorismos, de los integrismos, de las multinacionales, de ETA y de la violencia. Pero no la Europa perezosa de hoy, no la Europa del «por qué no», no la Europa de los mercaderes, no la Europa sólo del euro. Sí a la Europa de los pueblos, del derecho, de las leyes, del antiterrorismo, de las luces. Esta Europa entusiasta que vivimos en los años 50 y que está a punto de morir.
Ustedes votaron hace dos años a favor de la Constitución en el Parlamento. Si hubiesen tenido un referéndum, ¿habrían hecho lo mismo?
FS.- Sí, sí, tuvimos un referéndum. Fuimos el primer Estado que voto sí.
BHL.- Entonces han sido ustedes mejores que Francia, donde votamos, como saben ustedes, no a esa especie de referéndum europeo, porque el ideal europeo está en regresión.
FS.- Francia tiene efectivamente un Estado fuerte, un Estado jacobino. Jacobino para lo malo y para la bueno. Por ejemplo, ¿por qué en Francia no han existido problemas nacionalistas como en Cataluña o en el País Vasco? Porque ha habido una buena educación pública. En España no. Ha estado en manos de curas y en manos de las lenguas vernáculas, manejadas por aquéllos que tenían una mayor interés disgregador. Nuestro Estado ha estado amenazado por la disgregación nacionalista desde sus comienzos. Es decir, el gran cáncer de la democracia española son los nacionalismos periféricos desde la época del carlismo del siglo XIX. El carlismo y los nacionalismos han sido la amenaza permanente. Por eso comprendo que, desde un Estado quizás excesivamente poderoso y protector como es el francés, se vea como un alivio el buscar soluciones liberales. En España, al contrario, el problema que tenemos es la disgregación: 17 planes de estudios diferentes, la economía y la fiscalidad en manos de las diversas autonomías que no responden ante el Estado...
Creo que un ingrediente liberal es necesario en la economía. Y hoy nadie lo puede negar. Ahora bien, en un país como España, la recuperación de los servicios públicos igualitarios es la mejor fuente de redistribución de la riqueza. La mejor fuente de igualdad y redistribución son unos servicios públicos y una Seguridad Social efectiva. Ese es el gran progreso moral de la Humanidad. La Seguridad Social y los servicios públicos son la verdadera conquista. Y eso puede ser compatible, por supuesto, con una visión liberal. Pero siempre de libertades para los individuos. Es decir, que el individuo no se vea esclavizado por una maquinaria económica o política. Por lo tanto, creo que se trata de dos realidades diferentes.
Por supuesto, estoy completamente de acuerdo con lo que Bernard-Henri dice de Europa. Lo que me gusta es un Estado español junto a los demás estados europeos dentro de una Europa unida, cohesionada, con ideas políticas compartidas, con un espacio educativo común... Todo eso es fundamentalmente necesario y no es contradictorio con el liberalismo.
P.- Hablemos de Sarkozy. ¿Cuáles son, a su juicio, las razones de su gran victoria?
BHL.- Ganó las elecciones quizás porque tenía enfrente una candidata de la izquierda que no estaba suficientemente preparada, que no estaba apoyada por su propio partido por circunstancias coyunturales. Además, hay razones estratégicas. Por ejemplo, fagocitó el voto de la extrema derecha del Frente Nacional (FN) lanzándole repetidos llamamientos, agitando la bandera que sus seguidores estaban esperando y enviándoles mensajes sobre la seguridad, sobre Vichy, sobre el arrepentimiento. De esta forma, debilitó el FN y recuperó su voto. Además, les transmitió a los franceses la sensación de que él era el que estaba mejor situado y mejor preparado para reformar un Estado que muere por su jacobinismo, por su exceso de poder. Francia es el Estado con más funcionarios de Europa, el Estado donde más se despilfarra. Y todo eso no se puede aguantar en una democracia.
Yo voté contra Sarkozy y me mantengo en una oposición decidida contra él, pero le reconozco también las cosas buenas que tiene. No soy un sectario. Por eso reconozco, por ejemplo que su política exterior es mejor que la de su predecesor en relación con EEUU e Israel y con la defensa de los derechos humanos en lugares remotos. Este es el buen Sarkozy. No soy un anti Sarkozy furibundo ni primario. Cuando hace un buen trabajo, lo digo.
P.- ¿Creen que hay posibilidades de que Rajoy pueda ganar las elecciones generales de marzo?
FS.- He visto con cierta satisfacción que Rajoy ha incorporado en sus últimos planteamiento muchas de las cosas que aparecen en el programa de Unión, Progreso y Democracia, nuestro partido. Cosas que, sinceramente, no habrían aparecido en el discurso de Rajoy si nosotros no las hubiésemos dicho antes en nuestro programa. Por ejemplo, la reforma de la Constitución para establecer los límites territoriales de las competencias del Estado y de las Autonomías, la reforma de la ley electoral, la preocupación real de que el castellano pueda ser lengua educativa en todas las comunidades. Una serie de cosas que nosotros decimos y que Rajoy ha recogido con las mismas palabras. Y eso está bien. Nosotros lo que queremos es que las ideas se cumplan. No tenemos ningún label de propiedad.
Ahora bien, las probabilidades de victoria de Rajoy, a mi juicio, son pocas. Sinceramente, yo no lo veo ganando las elecciones. En todo caso, de aquí a la fecha electoral, podría perderlas Zapatero con algún acontecimiento. Por ejemplo, un gran atentado de ETA. Si no es así, no veo ganador a Rajoy, por una serie de factores. Por su presencia personal, por ejemplo. Porque el PP, que mantiene discursos sensatos en muchos aspectos, todavía sostiene posturas insostenibles en otros, como el mantenerse fiel a planteamientos muy próximos al clericalismo. O el haber tenido una postura tibia en el reconocimiento de esas conspiraciones en torno al 11-M carece absolutamente de fundamento, como algunos supusimos desde el primer día. La idea de que ETA estuviese metida en ese asunto era un infundio que encubría otros intereses.
Se podrán distribuir las culpas de una forma diferente sobre los atentados de 11-M, pero lo que no se va encontrar es otra cosa. Dar a entender que queda por descubrir lo esencial, que hay un viejo de la montaña que lo ha organizado todo, son ficciones, pero dañinas, porque nadie se las cree. Incluso dentro del PP se las cree poca gente. Ese tipo de cosas perjudica la imagen de Rajoy, que, por otra parte, parece un hombre equilibrado y bastante razonable.
P.- Vamos a hablar del islam. El presidente Zapatero ha defendido esa idea de «alianza de civilizaciones». ¿Es realista esta idea de cooperación y tolerancia?
BHL.- Depende de lo que quiera decir con alianza de civilizaciones. Alianza es una palabra muy bella. Y tolerancia una palabra que me gusta, pero que no se aplica a todo. Yo no soy tolerante con los hombres que obligan a las mujeres a llevar el velo. No soy tolerante con los grupos en los que se sigue haciendo la ablación del clítoris a las niñas. No lo soy tampoco con las muchedumbres que desfilan en Damasco o en Aman, porque un periódico danés del que nadie había oído hablar, publicó las caricaturas del profeta. No soy tolerante con los apóstoles de la yihad.
Y esto es muy importante. Porque hay una corriente de ideas, tanto en España como en Francia, quizás incluso más fuerte en España, que dice que esta gente tiene razón. Que han sido humillados, que es la herencia de la colonización, que son miserables y pobres, que es la revuelta de los oprimidos. Hay, pues, una concepción de la tolerancia que se formula en estos términos. Esa tolerancia yo no la practico. Si la «alianza de civilizaciones» de Zapatero quiere decir eso, entonces yo le digo no. Por ejemplo, en la civilización occidental de Estados Unidos yo no acepto la pena de muerte. No acepto, pues, la civilización americana en bloque, porque sería todavía más bella y, en ningún caso, se hundiría, si se retirase la pieza de la pena de muerte. Cuando en la civilización francesa se retiró la prohibición de la blasfemia en el siglo XVIII, se dio un paso adelante. Voltaire luchó e favor de la blasfemia, porque un caballero fue torturado por negarse a descubrirse al paso de una procesión. Cuando se retiró esa prohibición de la blasfemia, la religión no desapareció.
Así pues, estoy a favor de la «alianza de civilizaciones» con el islam, pero con la condición de decirle al islam que tiene que reformarse. O mejor, que no puede aceptar que crezcan en su seno gentes contrarias a la democracia y a los derechos humanos en nombre del islam.
FS.- No creo que haya muchas civilizaciones. Creo que hay culturas diferentes, pero una sola civilización. Todos compartimos el mismo mundo. Cuando Osama bin Laden se pone enfermo, acude al mismo tipo de médicos y de remedios que Bush. Cuando quiere acabar con sus enemigos, utiliza el mismo tipo de armas y de explosivos que usa Bush para acabar con los suyos. La civilización -es decir, encontrar los mejores medios para resolver una serie de problemas como el transporte, comodidades, guerras- es la civilización industrial avanzada en la que estamos todos. Unos y otros. Unos con más medios y otros con menos, pero todos estamos en la misma civilización.
Lo que hay son culturas distintas. Y lo que hoy está enfrentado no es Occidente y el islam. Como muy bien decía Bernard-Henri, hay muchas cosas de Occidente que a mí no me gustan, Y estoy seguro de que, en lo que hoy llamamos genéricamente el Islam -como concepto cultural más amplio que religioso-, hay musulmanes que no creen en Mahoma, que son ateos, que están hartos de los ulemas y que quisieran una sociedad laica. Seguro que hay muchos así. Lo que pasa es que si has nacido en Arabia Saudí, estas cosas no las puedes decir en voz alta.
Las que están enfrentadas hoy no son los civilizaciones, sino la democracia y la teocracia. La concepción abierta, liberal, de derechos humanos de la democracia y la concepción teocrática del Estado y de la vida en común. Y con la teocracia no puede haber alianza. No digo que tenga que haber una guerra contra ella, pero sí el intento progresivo de que esa teocracia se vaya abriendo a otras formas democráticas más próximas a lo que consideramos bueno.
No podemos renunciar a lo que ha costado tantas luchas y tantos esfuerzos simplemente por no dejarnos llevar por lo que detestamos, que son los principios teocráticos como la imposición de los varones sobre las mujeres o el hecho mismo de una cultura que está bloqueada... ¿Cuántos libros se traducen al árabe? En los últimos 10 siglos se han traducido menos libros al árabe de los que se traducen en España o en Francia al año. Hay países musulmanes en los que no existen librerías, no existe acceso de todo el mundo a las fuentes de información. Y ése es el problema, no las religiones en abstracto. Las civilizaciones no se caracterizan por su religión. ¿Por qué vamos a vernos representados nosotros por los jefes religiosos de nuestra comunidades? A mí, el obispo Rouco Varela no me representa. ¿Por qué voy a pensar, entonces que un ulema o un rabino son los representantes de otros pueblos? Por lo tanto, lo que hay que defender es la democracia frente a la teocracia y frente a las agresiones de unas teocracias difusas, que ya no tienen un Estado central, sino que buscan, de alguna manera, una especie de conquista universal del poder. Contra eso hay que defenderse. Y hay que defenderse creando alianzas entre los países que creen en la democracia.
La alianza de civilizaciones ya la hay: es la ONU. Las Naciones Unidas son o deberían ser los pueblos que creen en una democracia verdadera y que se unen frente a las dictaduras frente a las teocracias. Desgraciadamente, hoy todavía no es así y, dentro de la ONU, coexisten teocracias y dictaduras. Pero lo auténticamente bueno sería hacer una alianza de democracias verdaderas frente a los que no las comparten o frente a los que las atacan.
P.- Me gustaría abordar el asunto de la inmigración. En España hay, en estos momentos, cuatro millones de emigrantes, el 10% de la población. ¿Qué opción es preferible ante el fenómeno de la inmigración: el multiculturalismo o la integración?
BHL.- La integración. Soy partidario de la integración, con ella, la inmigración no me plantea problemas. Sin inmigración, no hay economía francesa. No sé que pasaría en España. Por razones de natalidad y por otro tipo de razones, afortunadamente tenemos inmigración.
En segundo lugar, hay algo que se llama España o que se llama Francia que no son realidades fijas. La inmigración puede mover las líneas. No podemos imaginar una Francia o una España que permanezca igual, absorbiendo simplemente la inmigración. La inmigración va a provocar efectos, va hacernos mover ligeramente de nuestras posiciones. Pero lo deseable es que los inmigrantes se integren en un modelo histórico que tiene sombras, pero que también tiene luces. Tanto en la cultura española como en la francesa una de sus líneas de fuerza es haber enterrado sus fantasmas y sus sombras. El hecho de pensar contra uno mismo es lo propio de las democracias. Esa es una herencia que hay que preservar y en la que los inmigrantes tienen que integrarse. Gentes que proceden de dictaduras, de países que sólo conocieron el comunismo-fascismo, personas que vienen de países tan miserables cuyo horizonte vital a menudo se queda limitado a la búsqueda del pan, todas estas personas tienen que integrarse en países que conocieron el franquismo y el fascismo y que los superaron, que los repensaron y que, como en España, están de vuelta. Es decir, en países que cazan sus fantasmas. En esas condiciones de integración, viva la inmigración. Pero no el multiculturalismo.
FS.- Tengo poco más que añadir. Primero creo que la inmigración, como muy bien dice Bernard-Henri, es imprescindible. En España hay cultivos e industrias que no durarían y regiones (como el País Vasco) que, sin inmigración, tendrían serios problemas a corto plazo. Además, los seres humanos somos inmigrantes por naturaleza. Creo que lo que nos hizo humanos es que en vez de quedarnos en un sitio cambiábamos a otro. Siempre dije que los chimpancés son los monos que se quedaron en casa y los humanos somos los monos que salimos de viaje. Esa es la verdadera diferencia antropológica que hay.
Por otra parte, ¿qué es lo que vienen buscando los inmigrantes? No sólo vienen buscando trabajo y un cierto futuro para sus hijos, sino sobre todo ciudadanía, derechos ciudadanos. Lo que no se puede hacer es pensar que hay que respetar la falta de ciudadanía también. Cuando los españoles se iban, en época del franquismo, a trabajar a Francia o a Alemania, no querían encontrar ni llevarse el fascismo con ellos. Huían del fascismo. Lo que querían encontrar era las ventajas de Estados industriales, desarrollados, democráticos. Y eso es lo que tienen que encontrar las personas que vienen a nuestros países. No pueden venir a toparse con la intolerancia religiosa, la discriminación o la persecución en nombre de tradición alguna. Porque esas tradiciones también fueron las nuestras. Nosotros también venimos de una tradición de discriminación de la mujer y de imposición religiosa, de la que hemos salido revolucionariamente. Sería absurdo que ahora las importásemos del exterior otra vez, después de habernos librado de ellas.
Mi padre era granadino. Mi madre, madrileña. Tengo bisabuelos catalanes, una abuela nacida en Buenos Aires, y yo y todos mis hermanos hemos nacido en el País Vasco...
BHL.- Eso me recuerda la bella frase de André Gide a Maurice Barrès: «Nacido en París, de padre proveniente de Uzès y de madre originaria de Normandía, ¿dónde quiere, señor Barrès, que yo me arraigue?».
FS.- Eso es. Cuando dicen, cada cual tiene sus raíces. ¿Las raíces, de dónde? Nuestra raíz es la hospitalidad humana. Tenemos que enraizarnos en la hospitalidad y en la solidaridad. Esas son las auténticas raíces de los seres humanos y no otras tonterías folclóricas.
P.- Una última pregunta: ¿tiene futuro la filosofía en un mundo globalizado? ¿Habrá filósofos en los próximos siglos?
BHL.- Naturalmente que habrá filósofos. Mientras haya mundo, mientras haya técnica, mientras haya modernidad y, mientras se pueda pensar sobre todo eso, habrá filósofos.
FS.- Preguntar si habrá filósofos es como preguntar si los seres humanos van a seguir pensando de una manera libre, autónoma, y no determinada por la tradición y los prejuicios. Yo creo que sí. Espero que sí, deseo que sí.
BHL.- Un bello punto final.