
LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
Con 'Z' de...
Lo peor es que lo hacen sin el menor recato. Tan profundo es su desprecio por la sociedad española y tan pobre su bagaje intelectual, que nos largan este corto de Mr Bean disfrado de presidente del Gobierno como si fuera un gran hallazgo de marketing político. Piensan de verdad que éste es el tipo de mensaje que puede movilizar a ese millón de votantes que necesitan sacar de casa para revalidar la victoria. Su percepción del electorado refleja exactamente lo que son: ignorantes, superficiales, sectarios y carentes de gracia. Pero puestos a utilizar el diccionario, podrían haberlo hecho con propiedad, sin necesidad de maltratar la ortografía. La z, de hecho, es un auténtico filón: Zahorra: Residuo, deshecho. Zaborrero: Dícese del obrero que trabaja mal y es chapucero. Zabulón: Pícaro, bribón, sujeto endiablado. Zacateca: Sepulturero, muñidor de entierros. Zafacón: Recipiente hecho comunmente de hoja de lata que se usa en las casas para recoger las basuras. Zafar: Escaparse o esconderse para evitar un encuentro o riesgo. Zafiedad: Calidad de zafio. Zafio: Tosco, inculto, grosero. Zafroso: En algunas partes, torpe, desmañado, sucio. Zagalón: Adolescente muy crecido. Zahorra: Lastre de una embarcación. Zaino: Traidor, falso, poco seguro en el trato. Zainoso: Dícese de la persona falsa. Zalamería: Demostración de cariño afectado y empalagoso. Zambucar: Meter de pronto una cosa entre otras para que no sea vista o reconocida. Zampalimosnas: Persona pobretona y estrafalaria que anda de puerta en puerta, comiendo y pidiendo en todas partes, sin vergüenza ni recato y con ansia e importunidad. Zangandungo: Persona inhabil, desmañada, holgazana. Zanganear: Andar vagando de una parte a otra sin trabajar. Zángano: Hombre torpe, flojo y desmañado. Zapatear: Traer a uno a maltraer, de obra o palabra. Zaragutear: Embrollar, enredar, hacer cosas con impericia y atropellamiento. Zaramullo: Hombre ligero; enredaror, zascandil. Zorro: Hombre muy taimado, astuto. Zurrapa: Cosa vil y despreciable. Zoquete: Persona ruda y tarda en aprender o percibir las cosas que se le enseñan o se le dicen. Zote: Ignorante, torpe y muy tardo en aprender. Zozobrar: Perderse o irse a pique. Estar en gran riesgo y muy cerca de perderse el logro de una cosa que se pretende o que ya se posee. Zonzo: Soso, insulso, insípido. Tonto, simple, mentecato. Zozobroso: Intranquilo, acongojado, lleno de zozobra. Zascandil: Hombre despreciable, ligero y enredador. Hombre astuto, engañador, por lo común estafador.
La última definición es probablemente la mejor.
EL CORREO CATALAN
ARCADI ESPADA
Josep Lluís, Arezzo, Maryland y Pussemange
Querido J:
He visto en el gran almacén de YouTube el instante memorable en que Josep Lluís Carod-Rovira se encara con el pueblo y le grita: «¡Yo no me llamo José Luis!». Después de muchos años vuelvo a ver la tele. La razón es obvia: gracias a ese tipo de almacenes internáuticos la programación televisiva se ha convertido en una sucesión de gags extraordinarios. Los goles de la jornada. Spectactor's Digest. Como bien sabes, a pesar de que lo aprendiste después de los 40 años, y eso que Rajoy decía que era imposible, digest es compendio. Mira qué espléndida definición trae la RAE de la palabra: «Breve y sumaria exposición, oral o escrita, de lo más sustancial de una materia ya expuesta latamente». Latamente. La lata inmensa de lo que llamaban programación. Atrás quedó el relato premoderno apelmazado, inacabable, la interrupción publicitaria o la búsqueda ciega en el vídeo. Yo creo que la televisión ha encontrado finalmente su formato. Y es justo que así sea. Su intención obsesiva no ha sido otra que la del espectáculo, y el espectáculo se manifiesta en toda su grandeza homeopática. ¡Fuera recitativos! En la inmensa ópera global de la televisión sólo caben las arias.
He venido a parar en la ópera, pero yo tenía en la cabeza el género chico. Nunca he podido ver a Carod sin pensar en un personaje de zarzuela. Muy español, a qué negarlo. A veces como un republicanote retrechero, con una demagogia insólitamente parecida a la de Lerroux. Y ahora, después de lo de YouTube, como una versión ejemplar y racialísima del característico catalán. Del catalán empreñat. El característico debe de ser, probablemente, una herencia de la Comedia del Arte, donde los personajes solían actuar siempre con su misma mueca y una gestualidad muy codificada. Carod cumplió el otro día a la perfección con todo lo que los asistentes a la zarzuela esperaban de él: ni una mueca fuera de sitio. Y como sucede con todos los que se empeñan bravamente en ser feos y antipáticos, inspirando también una postrera y recóndita ternura. «¡Yo no me llamo José Luis!». Ea, que no.
Es llamativa la suerte que ha corrido Carod con la onomástica. Una burda leyenda urbana, que aún se repite en los ambientes provinciales del todo-Madrid-comenta, le atribuyó un secreto apellido Pérez. ¡Como era hijo de guardia civil tenía que llamarse Pérez! Y como era un independentista hijo de guardia civil tenía que ocultar un secreto. Es también evidente la intención denigratoria y ridiculizante que hay en determinados usos retóricos de algunos nombres propios de catalanes. Me viene a la cabeza la delectación, de muy baja estofa, con que algunos pronunciaban y escribían el nombre de Narciso (Serra), mientras hacían correr chismes sobre su vida privada. O sea que es comprensible la reacción de Carod. Su problema, y lo que hace al asunto interesante, es que está basada en un uso de la onomástica y la toponimia pendenciero y absolutamente irracional.
La traducción de los nombres es un timbre de gloria. La traducción misma lo es. Sólo se traduce lo importante, lo querido y lo necesario. El bobo romanticismo dominante sostiene que hay palabras intraducibles, porque pretende demostrar que en algunas palabras hay una esencia inalcanzable, no meramente comunicacional o instrumental. Pero, naturalmente, todas las palabras pueden traducirse aunque no puedan reproducirse las peculiaridades fónicas del original o la traslación de sus connotaciones pueda requerir de explicaciones complementarias, como por lo demás las requieren muchos transportes culturales. Todo puede traducirse sin traición, incluido Josep Lluís. E incluido, por cierto, Apeles, que es el nombre del padre de Carod y el nombre, también, de uno de sus hermanos. Es porque todo puede traducirse que el viejo Apeles de Huesca pasó sin mayor trauma que la geminación hasta el joven Apel·les de Cambrils, en una operación difícil de comprender desde la argumentaciones zarzueleras. Hace décadas, en España, era corriente hablar de Guillermo Shakespeare o de León Tolstoi. E, incluso, en un ejemplo que me gusta mucho, por el hombre y por la ambición traductora, se hablaba de Alberto Londres. Lo requería la escasa convivencia con los idiomas extranjeros, probablemente, y en algunos casos, específicas dificultades de pronunciación. El paradigma de esas dificultades es muy moderno y data de cuando, recién fichado por el Betis un jugador yugoslavo llamado Hadzibegic, resolvieron en el acto llamarlo Pepe. Pero sobre todo lo requería el prestigio y la familiaridad. Todo eso que llevó a los habitantes de Yegen a llamarle Don Geraldo a su nuevo vecino Gerald Brenan.
El prestigio se ve aún más claramente en el caso de los topónimos. Un lacio y necio identitarismo ha puesto de moda el topónimo de Catalunya en los textos escritos en castellano. (Aunque, sin embargo, no se sepa bien por qué en las pancartas de la República del Barça no se lee «Catalunya is not Spain». Sólo puede ser porque lo sea, deduzco ahora a vuela pluma, al revés de lo que sucedería con Catalonia). Pero Catalunya es demasiado importante en el imaginario castellano como para no tener traducción. Al revés de lo que sucede con Parets. Como son importantes Firenze, New York y Antwerpe y no lo son tanto Arezzo, Maryland o Pussemange. Obviamente, la regla rige para el castellano y para cualquier otra lengua. Incluido el catalán, obviamente: que escribe Càdis pero Alcalá de los Gazules.
En su encaramiento Carod cometió otro error importante. Sostuvo que uno tiene derecho a elegir la forma en que le llamen. Eso, de tan obvio, resulta falso. Para empezar uno no escoge, habitualmente, su nombre. Está el propio caso de Carod. Le pusieron José Luis, y es probable que así le llamara también su padre, aragonés de Huesca. Un acto posterior de soberanía transformó José Luis en Josep Lluís. Pero el nombre de uno sólo está en boca de los demás, que hacen lo que quieren con él, a solas o en nuestra presencia. Por lo demás, la posibilidad de que uno responda o no cuando le llaman José Luis o cuando le dicen «tú, ven aquí», depende de circunstancias... férreamente extralingüísticas.
Nuestro hombre, por último, exigió que le llamaran Josep Lluís, pero eso es un imposible, y bien debería saberlo. Aunque bien es cierto que aquí estuvo más castizo y postinero que nunca al exigir, mientras henchía pecho, el mismo trato que al Suarseneguer. Obviamente, y como en el caso del musculado, nunca obtendrá más que un voluntarioso Chusepyuís. Y ahí llegamos, precisamente, al núcleo más cordial del mecanismo traductor: es obvio que en la adaptación onomástica hay también una prueba de respeto y la necesidad de evitar agresiones chapuceras desde la constatación de nuestra inexorable incompetencia fonética en la lengua de los otros. Traducimos (¡oh incomprensible paradoja!) para no ofender.
Te lo quito de la boca. ¡Quia!: bien sé que toda esta palabrería tiene los pies de barro y que no es que Carod exija que pronuncien su nombre en catalán, sino que no lo pronuncien en castellano. Pero alguna vuelta hay que darle a este oficio de tinieblas al que habremos entregado los mejores años de nuestra vida.
Sigue con salud.
A.
ERASMO
Z
La idiotez en su más lela culminación. Ni El Viaje a la semilla (Carpentier) historia tal degradación semántica, semejante viaje al rebuzno: Del ordenador al bobo cuneiforme, de Silicon Valley al hacha de sílex. La oralidad en la onomatopeya, spots de Axe, atún Calvo, Sacatunnquepen. Sólo la bulimia tramposa para embaucar jóvenes explicará la memez. Zapatero: Bom Chiko Wah Wah. Qué zeta de zoquetes.
EL DISCURSO DE LA SEMANA
LOURDES MARTIN SALGADO
Carod, o la carencia total de empatía
...«Yo me llamo Josep Lluís, aquí y en la China Popular, y en la otra, y usted, perdone que se lo diga, no tiene ningún derecho a modificar mi nombre»... -J.L. Carod-Rovira en Tengo una pregunta para usted (16/10/2007).
A pesar de que era la tercera entrega de Tengo una pregunta para usted en TVE, parecería que los políticos que acudieron al plató el pasado martes no habían comprendido cuál es el secreto de este programa. Si creen que van para exponer sus posiciones políticas o, como dice la propaganda oficial, para responder a los ciudadanos, se confuden: triunfa en este formato sólo quien demuestra que sabe escuchar.
Howard Thurston, uno de los magos más grandes de principios de siglo, pensaba que su éxito residía no sólo en su habilidad con las cartas y los sombreros de copa sino, sobre todo, en que cada vez que salía al escenario lo hacía musitando «amo a mi auditorio, amo a mi auditorio». Esa sería la mejor receta para quienes vuelvan a participar en Tengo una pregunta...
No se trata en absoluto de dar la razón al público o coincidir con su parecer. Se trata de mostrar empatía: meterse en su piel, aceptar que tienen una inquietud legítima o que su posición es tan válida como la propia e incluso la enriquece, dejando que la respuesta refleje tal actitud.
Ni Llamazares ni Duran Lleida hicieron un gran papel en este sentido, pero su desempeño tiene el aprobado al estar seguido por el espectáculo de Carod.
El momento más sonado de la intervención de éste fue cuando arremetió contra un vallisoletano por llamarle José Luis: «Yo me llamo Josep Lluís, aquí y en la China Popular, y en la otra, y usted no tiene ningún derecho a modificar mi nombre». Con lo fácil que hubiera sido, si para él el asunto era tan importante, pedir al chaval con cortesía que lo pronunciara en catalán, pudiendo después hacerse la víctima si éste no accedía a sus deseos. Más aún cuando el propio Carod había dicho, al ser inquirido sobre su insistencia en llamar País Valencià a la Comunidad Valenciana, que «los usos lingüísticos son libres» y lo cifró todo en un ejercicio de voluntad personal: «¿O es que al final no podemos ni siquiera llamar a los territorios como nos apetezca?».
En todo caso, esta ira por verse llamado en español habría quedado en anécdota si no hubiese estado reforzada por el resto de sus intervenciones. Si hubiese un premio a la anti-empatía, Carod sería el ganador indiscutible. No es empático burlarse de las inquietudes de los que preguntan, como hizo con los dos invitados que querían saber en qué liga jugará el Barça si Cataluña es independiente. No es empático decirle a un enfermo de esclerosis múltiple que quiere saber por qué su organización no puede atender a cántabros o gallegos que sólo puede actuar en Cataluña o en Mozambique, «donde la Generalitat está haciendo grandes cosas». No es empático atreverse a decir exaltado a quienes preguntan lo que supuestamente piensan aunque éstos lo nieguen atónitos: «¡Ahá! ¡Usted quiere sólo una España en español!». No es empático responder con desplantes -«¿Estaba usted allí para saber lo que yo hablé?»-. Y, desde luego, no lo es tratar a una señora de Valladolid que no desea aprender catalán como si fuera la quintaesencia de la España opresora y la culpable de que no haya «gente que se quiera quedar cómoda en un Estado que expresa este menosprecio por la la lengua catalana».
Semejante comportamiento sólo tiene una explicación, y es que Carod no quería dirigirse, como el resto de los políticos, a todos los españoles. Habló sólo para reforzar a sus fieles, y en este sentido seguramente triunfó, aunque fuera a costa de quedar como un energúmeno ante quienes no lo son.
VICIOS DE LA CORTE
RAUL DEL POZO
Hombres marca
Por la tasca, el chigre, el frontón y el mercado van los candidatos dando besos a las fruteras y a los niños-bomba. Dicen pa-ta-ta y mueven los brazos como los americanos en las escalerillas del avión. Valle lo pronosticó a su manera: las provincias quieren incendiar Madrid, mientras todo el mundo está esperando el trueno gordo, como al final del melodrama. Lo que harán a partir de ahora está ensayado con los asesores de imagen; duermen con los publicitarios. Creo que fue Jacques Séguèla, el que le afiló en las fotos los caninos a Mitterrand y le llevó al Elíseo con el eslogan la fuerza tranquila, el que dijo: «No digáis a mi madre que estoy en publicidad; ella cree que soy pianista en un burdel». En los burdeles y en los mercados, en los platós y en los púlpitos civiles, van a fregar sus espaldas los padres de patria. La campaña se va a centrar en dos hombres-marca: el yerno complaciente y el gastador de la bandera, asesorados por arquitectos de la imagen que les van a atormentar con las cámaras y los pilotos rojos. Les enseñarán a los candidatos los secretos de la imagen, pero ni Zapatero nos contará cuál es la marca de agua mineral que toma 'Ternera', ni Rajoy explicará con quién coño piensa formar gobierno si no saca mayoría absoluta. No es necesario, las campañas se basan en la ficción, son como las carretas de los cómicos, con el libreto de las encuestas, que son las fotocopias del pasado. La publicidad es como nuestra madre: sabe cómo somos, promete realizar nuestros sueños, nos sonríe, aunque sea un recurso de pícaros y de tenderos.
Y así, burla burlando, he llegado al cuerpo como spot y la sonrisa como espejuelo y argucia de Zapatero, que sale a la calle a cazar votos como una araña que saliera a cazar moscas. Se ha trasmutado en yogur. Dijo Juan Campmany, el creador del producto ZP en 2004, que no es lo mismo un yogur que un presidente. «Si compras un yogur animado por la publicidad y resulta un asco, lo tiras a la basura; pero si votas a un candidato y resulta un bluf, no es fácil desprenderse de él».
Zapatero cree que está más fresco y vigente que nunca y va de rojata, convencido de que las catástrofes que anunció la derecha no se consumaron. Piensa, como los simbolistas, que la melancolía carece de contenidos y que la sonrisa está relacionada con lo real. Pío Cabanillas, el flequillo del bigote, que tuvo la suerte de no seguir en política y así volver a la empresa privada (Endesa), dijo cuando surgió José Luis Rodríguez Zapatero y lo sacaba tanto en los telediarios para borrar la telegenia de Felipe González: «Es la historia de un sonrisa y nada más. Su sonrisa destila tranquilidad, no solvencia».
ZP sigue con la sonrisa-cocaloca, la sonrisa-dentífrico, pero ya con un toque de burla y malicia.
EL MUNDO QUE VIENE / YURI AFANASIEV: «En Rusia no se puede criticar al poder, porque si lo haces te persiguen judicialmente o te matan»
DANIEL UTRILLA
COMPROMETIDO CON SU PRESENTE, ESTE RECONOCIDO HISTORIADOR FUNDO CON YELTSIN EL MOVIMIENTO 'RUSIA DEMOCRATICA' CUANDO LA URSS AGONIZABA. HOY CONTEMPLA CON ESTUPOR EL VIRAJE AUTOCRATICO DE RUSIA Y CREE QUE TARDARA EN REPETIRSE UNA OPORTUNIDAD DEMOCRATIZADORA COMO LA QUE SUPUSO LA 'PERESTROIKA'
CARGO: Historiador, ex rector de la Universidad de Humanidades y de los Archivos Históricos de Moscú / EDAD: 77 años / FORMACION: Licenciado en Historia / CREDO: Aspirar a la comprensión de lo existente y verdadero / AFICIONES: El tallado de madera / SUEÑO: Ver realizado su modelo de educación universitaria contemporánea, donde prime la formación del estudiante como persona
Este hombre tranquilo movió a las masas, las convocó y desfiló con ellas por las calles de Moscú cuando el aire fresco de la apertura abanderada por Gorbachov alborotaba las almas liberales a finales de los años 80. Diputado popular entre 1989 y 1993, Yuri Afanasiev actuó de comadrona en el parto de libertades y, mano a mano con Boris Yeltsin y el disidente Andrei Sajarov, cofundó el movimiento Rusia Democrática, una coalición de asociaciones, ciudadanos y partidos que somatizó las ansias populares de libertad en los estertores de la URSS. Liberal y antidogmático, hoy ve cómo aquella feroz hinchazón ciudadana se desinfla y yace derrotada, como la piel de lobo que cubre un rincón del salón de su apartamento, a pocos metros de la Universidad Estatal de Moscú, su verdadera guarida.
Con un ojo puesto en el pasado y otro en el futuro, Afanasiev repudia el dogma soviético, critica el libertinaje oligárquico del yeltsinismo y ahora se revela contra la ideología oficial del «Estado-corporación» de Vladimir Putin. El que fuera rector de la Universidad de Humanidadades moscovita cree que hoy se manifiestan los peores vicios de la URSS y escribe un libro sobre la reactivación del estalinismo en Rusia.
PREGUNTA.- Putin ha anunciado que encabezará la lista del partido Rusia Unida en las legislativas de diciembre y que no descarta ser primer ministro tras dejar la presidencia en 2008, cargo desde el que podría aspirar a volver al Kremlin. ¿Aclara esto el misterio sobre su sucesión?
RESPUESTA.- Esto es una prueba de la extrema tensión que se vive en las capas altas de la élite, que tienen que encontrar, cueste lo que cueste, una solución para que Putin salga del poder, pero, al mismo tiempo, que se quede en su sitio. Sin embargo, existe un pequeño riesgo, porque sea quien sea el próximo presidente, siempre podrá destituir por decreto al primer ministro y las élites a las que me refería quieren eliminar este riesgo del todo. Pero el único método capaz de garantizarlo sería un cambio en la Constitución, y ello haría que la imagen de Putin en Occidente se desplomara.
En Rusia no existe un método legítimo para la entrega del poder, y ése es el punto más vulnerable en la vida política. Es difícil entregar la herencia a tus hijos, ¿no? Igualmente, también resulta difícil entregar a alguien el poder. Este mecanismo no estaba bien acabado en el periodo soviético y ahora tampoco.
P.- ¿Existe un resurgimiento del espionaje ruso en el exterior, como han denunciado los servicios secretos británicos a raíz del envenenamiento en Londres del ex agente Alexander Litvinenko?
R.- Hay una tendencia general evidente de aumento de actividad del FSB [Servicio Federal de Seguridad, heredero del KGB]. Este tipo de asesinatos de rusos en el extranjero a los que el FSB decide matar se hace con un descaro y una impunidad sorprendentes. Ya pasó con Zelimjan Yandarbiev [ex presidente checheno asesinado en 2004] al que agentes especiales asesinaron en Qatar y luego fueron recibidos en Moscú con una alfombra roja junto a la escalerilla del avión, como si se tratara de héroes. Ahora pasa lo mismo con Andrei Lugovoi [el sospechoso de matar a Litvinenko, al que Moscú se niega a extraditar] que ha entrado en la lista del partido ultranacionalista de Vladimir Zhirinovski, fiel al Kremlin, lo que le ha hecho aumentar en popularidad. Moscú demuestra así que hace lo que quiere y lanza un desafío a Londres.
P.- La caída de la URSS destruyó un sistema político, económico y cultural, pero los servicios secretos resistieron como médula del régimen...
R.- Se puede decir así. Cuando Yeltsin llegó al poder, se produjo una desatención de los servicios especiales, que fueron apartados del papel rector del proceso de privatizacion. Hubo destituciones masivas y la gente de FSB empezó a dar cobertura al gran negocio y a los oligarcas. Pero después se restablecieron y ocuparon un papel rector en todos los asuntos.
P.- El 11-S acercó a Rusia y a Occidente, pero ahora se habla del surgimiento de una nueva Guerra Fría. ¿Qué nos ha llevado a esta situación?
R.- No se trata tanto de decisiones políticas como de una constante política de muchos siglos: la idea de Rusia sobre su misión en el mundo global, su deseo de jugar un rol mesiánico e imperial. Eso viene de tiempos remotos. Yo como historiador percibo este papel mesiánico como mínimo desde el siglo XVI, sin interrupción. Durante un tiempo, Moscú fue la Tercera Roma; en la era soviética, buscaba la victoria de la revolución mundial; y en la Guerra Fría, la idea de la paridad nuclear... Bajo todas estas formas fue visible un deseo de dominio mundial. Esta tradición es la más estable de Rusia, y no cambió. No en vano, en cuanto el país se ha rehecho un poco, vuelve a manifestarse.
P.- ¿No es también una constante histórica la incomprensión mutua entre Rusia y Occidente?
R.- Sí, también. Es una parte de este mismo problema. Pero más que desconfianza, yo diría que se trata de odio mezclado con envidia, con el deseo de copiar algo, de acercarse a lo que no tenemos. Este rechazo de Occidente se remonta a la Rusia de Kiev [siglos IX-XIII]. Para practicar la religión ortodoxa era necesario conocer los dogmas y la teología, por lo que había que saber latín, pero para los monjes esto era un suplicio y preferían ir al bosque, preparar la leña o beber. El latín no les gustaba y no lo ocultaban. Y este odio a lo latino se fue ampliando a todo lo occidental y después a lo extranjero. A ello se añade un complejo de inferioridad provinciano.
P.- Algunos historiadores explican que la gran diferencia entre Rusia y Occidente se debe a que no hubo Renacimiento ruso...
R.- No sólo nos perdimos el Renacimiento; también la Edad Antigua y la Edad Media. Lo principal es que en Rusia no se crearon ciertas categorías que llegaron durante esas etapas a Europa Occidental, en particular el Derecho. El Derecho como disciplina impartida llegó a Rusia en el siglo XIX, antes no hubo nada parecido. Y como en Rusia no existía el Derecho, la vida se regulaba por poniate [acuerdos o sobornos propios del mundo criminal] y no por normas jurídicas. Y aquí es cuando entra en vigor la corrupción.
P.- ¿No hubo Edad Media en Rusia?
R.- El sistema ruso donde el poder lo es todo y el pueblo no es nada duró cientos de años. En Europa occidental se establecieron durante la Edad Media relaciones según el acuerdo entre nobles, Iglesia y el Reino, entre la ciudad y el campo. Ahí tenemos el habeas corpus o la Carta Magna, que suponen la formación de consensos, de relaciones por acuerdo. Eso es un esquema de desarrollo completamente diferente que los rusos nunca conocimos. El esquema contrario es la dictadura, la violencia, el dominio, la ausencia del derecho. Y eso es a lo que siempre nos abocamos. Hoy tenemos un poder criminal en una sociedad criminalizada. La corrupción es la encarnación y la esencia de la política de Putin.
P.- En el terreno militar, Rusia toma decisiones que en Occidente se perciben desafiantes, como el reciente diseño de una superbomba de vacío con nanotecnología. ¿Vamos a una nueva carrera de armamentos?
R.- Se trata de la reconstrucción del poderío militar, una de las manifestaciones más fuertes de nuestra autoafirmación. Ante los ojos de la población rusa, uno de los criterios de legitimación del poder es la manifestación del poder militar. Y eso viene de tiempos remotos. La población soporta el poder porque éste tiene capacidad militar para atemorizar a todo el mundo. Sin eso surgiría un problema: ¿para qué necesitamos el poder? La economía soviética se basaba en la producción militar, y en la actualidad la reconstrucción y el renacimiento se asocia con el restablecimiento del poderío militar. Además, la exportación de armamento ocupa el segundo lugar como fuente de beneficios.
Ahora Serguei Ivanov [viceprimer ministro y favorito para suceder a Putin] relata por televisión cómo construyen nuevos submarinos, portaaviones, etcétera. Han empezado a hablar sobre nanotecnologías, para cuyo desarrollo destinan sumas enormes, incomparables con ningún otro tipo de gastos, pero no dan ningún detalle y la población del país, como siempre, no está al tanto de lo que significa esto.
P.- Occidente cree que Rusia usa el grifo del gas como arma política.
R.- Sí, claro que lo utiliza. ¿Y qué otra cosa puede utilizar? No tenemos otra cosa. Pero el resultado es que hemos empeorado las relaciones con todos los vecinos de Europa y con las ex repúblicas de la URSS. Rusia querría comprar todas las redes para tener en sus manos hasta la llave de la cocina de cualquier lugar del continente. Pero en Europa esto lo vieron a tiempo y se expresaron en contra, especialmente Angela Merkel. Ahora me parece que el sueño de Rusia ya no es realizable.
P.- ¿Puede estallar una revolución naranja como en Ucrania?
R.- Me temo que no, porque esta etapa ya la pasamos en el 1989 cuando yo organizaba manifestaciones y mítines multitudinarios. Entonces el torrente del pueblo se derramó por las calles. Aquel fue el deseo sincero de mostrar que nosotros también podíamos ser los amos de nuestro propio destino. ¿Pero qué pasó? Algunos hablan del despertar de Rusia en los años 1989-91, pero yo pienso que no se produjo un despertar, sino la mera excitación de Rusia, que no se concretó en nada. El topo de la Historia excava a mucha profundidad y la esencia de los sucesos no era entonces el primer Congreso de los Diputados Populares, donde estaba Sajarov y yo intervenía... Las madrigueras se excavaban a mucha profundidad y era allí donde se producía, de hecho, el secuestro de la propiedad privada en forma de empresas, fábricas, ministerios, etcétera. Y todo lo que pasaba en la superficie, en las calles, quedó en un bonito recuerdo. En la revolución ucraniana ocurrió algo parecido.
P.- ¿Cómo valora al ex campeón de ajedrez Garry Kasparov como líder opositor?
R.- La oposición se da cuando existe la vida política, pero nosotros no sólo no tenemos oposición, sino que no tenemos siquiera vida política, sólo una imitación. Kasparov intenta agrupar los estados de ánimo de protesta, porque hoy no existe otro modo de expresarlos. Si entendemos las elecciones como una red de procedimientos -me refiero a la promoción de las candidaturas, a los espacios televisivos o al listón para validar comicios-, lo cierto es que en Rusia no existen verdaderas elecciones. Y no hay otro modo de protestar que trepando, en el sentido literal, para colgar carteles en algún puente. ¿Quiere protestar? Súbase a la pared. No hay otra opción.
P.- ¿En qué estado se encuentra la libertad de expresión en Rusia?
R.- Mire cuántos casos se dan de persecución y asesinato de periodistas, y ahora se han aprobado leyes que permiten escuchas telefónicas [para sospechosos de extremismo]. Por no hablar de los procesos penales que han comenzado contra los responsables de algunas publicaciones. Hemos cruzado una línea y hemos vuelto a la época soviética en el sentido de la construcción de una ideología determinada. Lo principal es reducir a todos a un común denominador en relación a esta ideología. No se puede criticar al poder, porque si lo haces, te persiguen penalmente o te matan. El poder ha tomado completamente bajo su control la televisión, la edición de libros, y ahora los restos de periódicos, para que la ideología sea total.
P.- En un nuevo manual de Historia para maestros, patrocinado por el Kremlin, se percibe un deseo de terminar con la visión negativa del país. ¿Forma parte de la construcción de esta nueva ideología?
R.- La Administración del presidente Putin se dedicada a escribir este manual. Parece como si al poder le pareciera que la nueva Rusia ya es un hecho. El país que estaba de rodillas, ahora se pone de pie y se presenta como una superpotencia. Y ahora lo importante no es sólo que el poder vea así las cosas, sino que las vea la población. Y para eso necesita la ideología. En la ideología es muy importante tomar el pasado en sus manos, es decir, tomar la Historia. Por eso quien posee el pasado, gobierna.
P.- ¿Qué tiene que pasar para que cambie la situación en Rusia?
R.- Que bajen los precios del petróleo. No veo otra posibilidad. Si el Estado sigue acumulando superganancias, la posibilidad de comprar a la población con cantidades miserables va a continuar. Nos hemos desviado tanto del camino hacia la democracia que ahora no es fácil regresar a él.
«Dudo que exista el alma rusa, es un mito que creó la literatura»
¿Cómo vive tras haber dejado la universidad?, ¿cuáles son sus hobbies?
- Vivo bien. Escribo libros y me dedico al tallado de madera. Hace tiempo me hice una dacha [casa de campo tradicional] de madera. Todo en estilo ruso, en Ostaskovo, no lejos de Moscú. Está decorada por dentro y por fuera. También me invitan mucho a conferencias y foros en el extranjero.
¿No se plantea vover a la política?
- No. Como alguien que tiene a sus espaldas una experiencia enorme, lamentablemente he comenzado a ver las cosas tan claras, que no le veo sentido a ninguna acción política. Cuando bastan cinco votantes para validar unas elecciones, es inútil esperar nada. Participar en las elecciones no sirve ahora para nada.
¿En qué época histórica querría vivir?
- Yo vivo aquí y en este tiempo. Dios me dio la posibilidad de vivir ahora y no sueño con ninguna otra posibilidad. Pero tal vez me habría gustado vivir en el siglo XVIII...
¿Cree que hoy en día existe el alma rusa tal y como la dibujaron los clásicos, siempre atribulada y meditabunda?
- ¿Sabe?, tengo muchas dudas de que existiera algo parecido, incluso cuando se escribía sobre ello. Pienso que la literatura rusa creó el mito, el gran mito sobre el alma rusa. Y con tanto éxito que todo el mundo lo leyó. Se utilizó la literatura como método de sublimación; es decir, para escribir sobre aquello que escaseaba en la vida. Y de ahí proviene toda la espiritualidad y ese humanitarismo ruso y lo demás. Siempre se sueña en mayor medida con lo que no hay.
¿Es usted religioso?
- No soy practicante. No visito la iglesia, pero estoy bautizado. Por mi estado de ánimo, me considero agnóstico.
Tiene aquí una piel de lobo. ¿Le gusta la caza?
- Eso es un lobo polar de Krasnoyarsk (Siberia), donde trabajé nueve años. Es un regalo. Yo cazaba sólo aves acuáticas.
Toda su vida sueña con crear un modelo universitario humanista. ¿Puede resumir su filosofía?
- Este modelo forma a la personas, lo educa. No pone en él conocimientos, sino que forma al mismo hombre. A esta etapa de desarrollo de la humanidad, la de las tecnologías informativas, debe corresponder otro método de educación del hombre, no saturándolo de conocimientos, si no desarrollando sus capacidades creativas.
¿Cuándo y por qué salió de la política?
- Yo nunca fui un político-funcionario. Nunca cobraba por la actividad política. Ahora los diputados cobran muy bien. Dejé de ser diputado de la Federacion Rusa al llegar a la conclusión de que no tenían perspectiva las causas que defendía, así que preferí no seguir adelante. En general, la fortuna nunca me sonreía.
LA CUESTION
- ¿Cómo aprovecha Rusia las enormes ganancias por la exportación de petróleo y gas?
- Rusia se ha transformado en un Estado-corporacion. Si en la era de Yeltsin era un Estado oligárquico, hoy es un típico Estado-corporación que antepone los beneficios económicos a los intereses nacionales. Basta mirar lo que hacen Gazprom u otros monopolios de recursos naturales, o cómo se repartieron a la petrolera Yukos. El Estado-nación tiene un componente social muy fuerte: está obligado a preocuparse de su población si quiere ganar elecciones; sin embargo, en Rusia este componente social se reduce al mínimo, porque no hacen falta elecciones. La población es algo innecesario y ajeno, una carga. Gracias a los petrodólares ha aumentado la capa de grasa que el poder usa como almohada, como reserva de limosnas, y si la presión de la caldera social llega al límite, lanzarán un poco a la muchedumbre furiosa para que no proteste. Eso es posible, porque no hay estructuras de la sociedad civil. El cinismo y la negligencia son la norma de este Estado-corporación.
TRIBUNA LIBRE: Mi memoria histórica
FERNANDO CASTELLO
Acabo de cumplir 70 años, uno menos de los que hace que estalló aquella incivil guerra nuestra, no precisamente fría, pero que heló el alma a un millón de españoles y nos torció el destino al resto. Y todavía no sé muy bien si la gané o la perdí, pues por mis venas corre a partes iguales la sangre mestiza de las dos Españas antaño enfrentadas a muerte, y a voz en grito hogaño: la de la derecha vencedora y la de la izquierda vencida. En cualquier caso, se me espantan los hematíes rojiazules cuando veo volver a alzarse el humo dormido de entre los rescoldos, al parecer aún no del todo extintos, de aquella conflagración fratricida, al soplo aventador de los poco dados al olvido ni al perdón. Mi madre era una campesina urbanizada manchega cuyos cinco hermanos varones eran a cual más rojo. Uno, Javier, de Izquierda Republicana, fue comisario del pueblo; otro, Marino, conocido como Seisdedos, encabezó el primer desembarco anarquista en Ibiza; un tercero, Pedro, purgó tras la guerra con 10 años de penal el haber sido maestro comunista; Octavio y Pompeyo eran socialistas... ¡Menuda tropa!
Mi padre, hijo de una familia de militares de derechas de toda la vida y casado con mi madre en segundas nupcias, era comisario de policía en Valencia, donde poseía una academia de formación para acceder al cuerpo y ejercía un alto cargo de seguridad en el puerto. Su ideología derechista le impelía, antes del alzamiento franquista, a salir al balcón cuando pasaba por la calle alguna manifestación izquierdista para llamar -¿en baja o alta voz?, no sé- a los manifestantes: «¡Gente de alpargata!». Lo cual le valía el reproche de mi madre, que le recordaba que ella y sus hermanos habían calzado esparteñas.
Todavía hoy ignoro cómo se conocieron y casaron dos personas procedentes de medios sociales e ideológicos tan opuestos. Mi mujer y yo discutimos hoy en día por nuestras ideas quasi terminales, ahora divergentes: ella sigue siendo feminista de izquierda sin fisuras, y yo, ahíto de utopías falsamente redentoras, he desembocado en el escepticismo y el descreimiento en otra cosa que las libertades individuales y los derechos humanos.
A los dos meses de estallar la guerra, y tres antes de yo nacer (milagrosamente, pues, estando en el vientre de mi madre, una bomba de la aviación nacional cayó en el portal de nuestra casa de la burguesa calle de Don Juan de Austria), un grupo anarquista sacó con engaños a mi padre (un Judas del pueblo de mi madre le vino a mentir que ésta le requería urgentemente en casa) de la jefatura de policía en la que se había refugiado, y donde hasta no hace mucho figuraba en lugar destacado su fotografía, por haber resuelto el robo de las joyas de la Virgen de los Desamparados. Con fría determinación, no distinta de la de los asesinos de García Lorca, los de la acracia se lo llevaron de paseíllo y le pegaron tres tiros por la espalda en una cuneta de la huerta de Alboraya.
Las dos Españas -facha y roja-, me atravesarían en la larga y pertinaz posguerra también a mí, que primero monté guardia, como buen hijo de caído, bajo los luceros en los campamentos juveniles bien abastecidos del Frente de Juventudes; y, luego, en un triple salto mortal ideológico o freudiano (¿rematar al padre?), me convertí al comunismo en mi exilio económico parisiense. Pasé de un totalitarismo al otro. Mi sangre azul falange se tiñó de rojo Marx.
Y seguí militando en el partido (hoy llamado PC, como el aparato donde escribo) tras mi repatriación a España, en los duros años 60, aquejado de una tisis adquirida en la lucha por la supervivencia familiar con la magra pensión de mi madre como viuda de «caído por Dios y por España». De esa militancia, que duraría hasta la muerte del dictador, tienen constancia los archivos policiales, heredados seguramente de la brigada político/social, en cuyos calabozos del edificio de la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol, hoy sede de la Comunidad de Madrid, pasé hasta una docena de detenciones y decenas de interrogatorios. De la crueldad física de éstos, que acabaron con más de una vida, sólo me salvó la casualidad de que el comisario de la social, Saturnino Yagüe, hubiera estudiado en la academia de mi padre.
El evitó que me abrieran la cabeza sus acólitos con las obras completas de Marx, editadas, en francés, en papel bíblia y piel de Rusia (¡!) y decomisadas como pieza de convicción en una de las razzias policiales en mi casa. Y el Hades de aquel infernal reino de las sombras me repetía cada vez que visitaba sus dominios, traído de madrugada por el Billy el Niño de turno: «Parece mentira, Castelló: su padre, asesinado por los rojos; y usted, ¡comunista!».
Tengo en Valencia (o tenía, porque no sé si vive aún) un hermanastro de padre, médico de la policía y facha de siempre, que llegó, ya en democracia, a proponernos a mi hermano Andrés y a mí ir a ajustarle las cuentas al asesino de nuestro común progenitor, pues él sabía en qué pueblo levantino envejecía impune el de la FAI. Pero le respondimos que no, que había que hacer con el pasado lo que hicieron los políticos de todo signo en los pactos de La Moncloa: no un ajuste de cuentas, sino borrón y cuenta nueva. Y dejar de volver la cabeza hacia el ayer para no entrar en el mañana, como el cordelero nietzscheano, de espaldas.
Hoy en día, mirando hacia atrás sin ira ya, aunque con un suave amargor, me digo grouchomarxianamente que no habría podido vivir en un país gobernado por tipos como yo. Como el tipo duro que yo era cuando no quería ser el que ahora soy: alguien a quien el mundo ha cambiado, tras haber él querido cambiar el mundo, armado de yugo y flechas o de martillo y hoz. Y en mi descargo añado que no toda la culpa de ser quien fui y soy es mía, pues, como decía, la guerra me retorció el sino. Si mi padre no hubiera sido paseado al amanecer de una contienda fratricida; si la sangre de cuneta, ávida fiera, no hubiera salpicado mi cuna y condenado a la penuria temblorosa la mano materna que la mecía, yo habría podido gozar de una educación y un bienestar (guardo una foto de mi padre con sombrero, de aquellos Bravent que los rojos no usaban, al volante de un Bugatti descapotable) de los que no disfruté en la emigración forzada. Y a lo mejor un padre, aunque de derechas, vivo, me hubiera enderezado el rumbo y yo habría terminado, como el honrado pueblo español bajo el franquismo, acomodaticiamente adaptado al medio, en vez de dar bandazos entre extremos.
Hoy, más de dos tercios de siglo después de aquel año en que estalló la ira asesina, me digo con Gabriel Celaya que habría que dejar a los muertos enterrar como Dios manda a sus muertos. Y no exhumar cadáveres roídos por el tiempo, aunque sea para rendir honor o justicia a nuestros ya ancestros. Pues, como remacharía Quevedo, cuando se revuelve en los huesos sepultados, se hallan, más que blasones, gusanos.
Por seguir con los poetas, dejemos que la Guerra Civil española quede allá, allá lejos, donde habita el olvido de lo que pudo haber sido y no fue, y de lo que fue y pudo no haber sido; donde aquel nuestro pasado aciago ya sólo sea memoria cernudiana de una piedra sepultada entre ortigas. ¡Y cuidado con hurgar en ellas, pues todavía levantan ronchas en las almas!
Fernando Castelló es periodista y preside la organización internacional Reporteros sin Fronteras.
VIDAS PARALELAS / ZAPATERO / DIEGO DE LA VEGA, 'EL ZORRO': Bajo el signo de la 'Z'
PEDRO G. CUARTANGO
Zapatero, además de reinventar España, ha tenido el genial acierto de reinventarse a sí mismo. Ahora se nos presenta como Diego de la Vega, El Zorro, el espadachín justiciero que dejaba el signo de la Z por doquier. El Zorro robaba a los ricos para dárselo a los pobres y protegía a los desfavorecidos, como viene haciendo nuestro ZP, que ahora se transmuta en Z, letra de rotunda sonoridad castellana.
Z de «modernidaZ, solidaridaZ, humildaZ, lealtaZ, equidaZ y verdaZ». Z con la que va a decorar las paredes de La Moncloa y la sala en la que se celebran los Consejos de Ministros.
Desde ahora, se comerá la sopa en el palacio presidencial en unos platos ornados con esa Z que expresa la quintaesencia del zapaterismo. Y desde hoy hasta la eternidad, la Z simbolizará su preclara Alianza de las Civilizaciones.
La gran incógnita es saber si Z -que odia el culto a la personalidad- hará su campaña disfrazado de El Zorro, lo que supondría un gran impacto entre el electorado.
Diego de la Vega, hijo de un noble capitán español, luchaba contra las injusticias del gobernador don Rafael Moncada. Ahí está Z para combatir la ignominia y los abusos de los poderosos cuyos intereses encarna el malvado duque de Raxoy.
Pero, igual que El Zorro, Z no está sólo. El justiciero mexicano contaba con su fiel potro Tornado y la complicidad de su sirviente Bernardo. En lugar de montar a caballo, Z recorre la geografía hispánica en su flamante Mystère, acompañado de su inseparable Moraleda, que no es mudo -nadie es perfecto- como Bernardo.
Siguiendo el ejempo de su admirado antecesor mexicano, Z va repartiendo dádivas por el mundo. Desde el cheque de 2.500 euros a la ley de dependencia, su generosidad se ha hecho legendaria.
Z, Z, Z... las multitudes le aclaman, las minorías le están agradecidas, los homosexuales le veneran, los inmigrantes le quieren y hasta los socios del Barça consideran que es una suerte disfrutar de este presidente.
Algún día el brillo del astro rey en el firmamento será sustituido por una radiante Z que alumbrará la existencia humana en recuerdo de este genio benéfico que no sólo fue capaz de gobernar el presente sino de iluminar el pasado.
Cuando los malos iban a fusilar a los buenos, siempre aparecía en el último momento El Zorro para salvarles. Z ha hecho algo más difícil: salvarnos de nosotros mismos, de nuestros pecados, de nuestra historia.
El Zorro encarnaba la esperanza de un México liberado de la tiranía y de un futuro mejor para los desheredados. Z es el heredero de ese espíritu, el líder que combate las injusticias y que es capaz de parar los pies a una derecha retrógrada que añora la Inquisición.
Si El Zorro fustigaba con su látigo a los aristócratas y a los terratenientes, Z fustiga con el BOE a los banqueros, a los plutócratas y a señoritos de la derecha que se niegan a aceptar las bondades del progreso que él representa.
A Z sólo le falta ponerse el antifaz, embozarse bajo una capa negra y empuñar el sable y el látigo para, saltando de tejado en tejado, demostrar que es el último héroe que nos queda.
ASUNTOS INTERNOS: Sra. Rushmore
LUCIA MENDEZ
Sra. Rushmore es la agencia de publicidad de moda. El último grito de por dónde van las nuevas tendencias, tanto del mundo globalizado como de la Plaza de España. Tienen una plantilla escasa, pero una creatividad altísima por metro cuadrado. Sra. Rushmore vive y trabaja en plena Gran Vía madrileña y tiene cámaras en el balcón de su casa. Los creativos de la agencia ven pasar a 200 personas por minuto, cada una de su padre y de su madre. Gente de distintas razas, religiones y clases sociales. Miguel García Vizcaíno, el jefe, asegura que esa gente es la que les inspira. Miran a la Gran Vía y se les ocurre aquello tan célebre de «Papá, ¿por qué somos del Atleti?». Vuelven a mirar y se inventan el concepto Jóvenes pero Sobradamente Preparados (JASP). Su última hazaña es el contrato del COI para la campaña de los Juegos Olímpicos de Pekín.
Los creativos de esta agencia aseguran que la clave del éxito es el buen rollito que hay en la oficina, lo guays que son los compañeros y el exquisito detalle con el que la Sra. Rushmore -inventada para un anuncio de Pepsi Cola- borda los tapetes y los cojines de flores del salón que puede visitarse en internet.
Sra. Rushmore es la agencia contratada por el PSOE para hacer el vídeo con Zeta de Zapatero. No podía ser de otra manera. Los creativos miraron hacia la Gran Vía y vieron un presidente que sonríe y bromea sobre sí mismo. Un político de plano corto, vestido con tonos claros y maquillado como un presentador de televisión. La Sra. Rushmore oyó a los viandantes hablar de los guiñoles de Canal Plus y se le encendió la bombilla en la cabeza: «¡Bingo!, eso es, Zapatero y su guiñol juntos en el anuncio». Y después pasó alguien que dijo: «Qué pesado este hombre, habla con la zeta». Otra vez bingo, y ya está el spot montado.
Lo que ni en sueños podía imaginar José Blanco cuando encargó el vídeo es que a Mariano Rajoy se le ocurriera lo mismo, aunque sin la Sra. Rushmore. El líder del PP se dejó grabar tal cual es en su despacho, serio, vestido de oscuro, con la bandera española y una interpretación por la que no será candidato al Oscar. De ahí la cara de satisfacción mal disimulada del secretario de Organización del PSOE cuando vio el vídeo de Rajoy. «Lo tene-mos. Vetusta contra Metrópolis. Un pelotazo».
Después ya sólo hubo que esperar al momento oportuno para presentar la campaña de Zeta como el líder «guay del paraguay», en expresión de la diputada popular Beatriz Rodríguez-Salmones. Y qué mejor ocasión para ello que cuando estalla la traca del PSOE valenciano. El pobre Ignasi Pla -en todos los sentidos, porque le tuvieron que pagar la obra de la casa- se resiste a irse, a pesar de ser un perdedor nato. Desesperados por su tozudez, sus compañeros filtran unas facturas letales para su fama y honor. El ridículo está servido. Los socialistas valencianos llevan 15 años buscando facturas comprometidas para Zaplana y al final las que encuentran son las suyas propias. El día que Pla dimite, Blanco presenta el vídeo de la Sra. Rushmore. No se habla de otra cosa. Sencillamente genial.
Etiquetas: Firmas