No se distinguen demasiado los cargos ni los adjetivos de las respectivas acusaciones. Sí lo hacen, en cambio, las encuestas. Todas ellas resultan unánime y masivamente favorables al gallo conservador. Empezando por la del diario Le Figaro, que atribuye a Nicolas Sarkozy una distancia de hasta nueve puntos respecto a su adversaria (54,8%-45,5%). Los sondeos de Le Parisien y Le Monde publicados ayer dejan las cosas en un 53%-47%, mientras que el instituto demoscópico Ipsos señala que Sarko se anotaría la victoria con ocho puntos de crédito (54%-48%). Son las mayores ventajas que jamás ha tenido el candidato de la UMP (Unión para un Movimiento Popular) y están bastante relacionadas con la opinión de los franceses respecto al debate televisivo.
Las encuestas también coinciden en otorgarle una victoria catódica a Sarkozy. No sólo en términos absolutos. También porque la mayoría de los electores centristas, pendientes de moverse a un lado u otro de la balanza, entienden que el líder
conservador ofrece mayores garantías.
Así se explica la inquietud y el pesimismo que predomina en el acuartelamiento socialista. Ségolène Royal parece haberse desinflado en el trance decisivo del duelo, aunque ayer improvisó una teoría para sobreponerse a la pujanza del rival: los sondeos mienten, están manipulados, forman parte del aparato mediático de Sarkozy.
La ofensiva
Semejantes argumentos tendrían mayor credibilidad si no fuera porque los sondeos en cuestión han jalonado y jaleado la entrada de Ségolène en el primer plano de la política. Los utilizó en las primarias para convertirse en candidata y reconoció su fiabilidad cuando hace dos semanas confirmaron que ella cruzaría el corte del primer turno.
El problema es que ahora delinean un escenario crespuscular. Quizá sea una manera de agitar el violento ataque verbal que ayer le propinó a su adversario: «Elegir a Sarkozy es una opción peligrosa. Tengo la responsabilidad de alertar sobre el riesgo de su candidatura respecto a la violencia y la brutalidad que se desencadenaría en el país».
La ofensiva, más o menos desesperada, sorprendió ayer a Sarkozy de visita en el monumento a los resistentes de Alta-Saboya (Alpes franceses). Era una manera de volver a escuchar los pasajes incendiarios del duelo televisivo, aunque el patriarca de la UMP se apresuró a replicarla insistiendo en que la actitud de Ségolène es impropia de una aspirante a jefe de Estado.
Sólo le faltaba a madame Royal encontrarse en el camino un nuevo obstáculo de su pareja. Y es que François Hollande, presunto primer secretario del Partido Socialista, se puso ayer a hablar de refundaciones y reestructuraciones en plan agorero. «Tanto en caso de derrota como de victoria seré yo quien lleve las riendas del partido en las legislativas», señalaba ayer Hollande en alusión al proceso electoral que se abre en junio.
Antes, su compañera se juega el Elíseo. Será mañana, a las ocho de la tarde y con muy pocas razones para esperar un milagro. Dinero en mano, las casas de apuestas británicas pagan 1,2 euros por cada euro colocado a favor de Sarko. Cinco, en cambio, cobrarán quienes se dejen los cuartos a favor de Ségo. O sea, que tiene un 20% de posibilidades.
Sarkozy y la derecha
ANTOINE GUIRAL
La revolución sarkozista está en marcha. En cinco años, el presidente de la UMP renovó profundamente las ideas y la semántica de la derecha. La desacomplejó ideológicamente, jugando la carta de la modernidad frente a lo que describía como el inmovilismo chiraquiano. «He querido devolverle su orgullo a la derecha republicana, para que deje de avergonzarse de ser derecha», repitió en sus mítines.
Con unos valores enarbolados con orgullo (el mérito, el orden, el trabajo, la identidad nacional y la familia) ha vuelto a darle a los suyos, según sus propias palabras, la posibilidad de plantar cara a las ideas dominantes de la izquierda, «a la dictadura del pensamiento único», como suele decir. Y su estrategia resulto ganadora, al menos a la vista de los resultados de la primera vuelta y del hundimiento del Frente Nacional [de Le Pen]. Durante esta campaña, llegó incluso a citar a Antonio Gramsci en uno de sus discursos.
Esta célebre figura del comunismo italiano es el modelo acabado para todos los que sueñan con la conquista del poder. No en vano lanzó la teoría de la necesidad de la «hegemonía cultural» sobre la sociedad antes de poder controlarla. El candidato de la UMP pudo verificar, durante esta campaña, que los preceptos gramscianos funcionaban más allá y por encima de sus propias expectativas. Por ejemplo, se hizo aclamar por obreros que no pagan impuestos, prometiéndoles la posibilidad de «trabajar más para ganar más» a golpe de horas extraordinarias que no cotizan a Hacienda.
Con el término «ruptura», lanzado a bombo y platillo en un discurso en La Baule en el mes de septiembre de 2005, Sarkozy promete acabar «con los treinta últimos años». ¿La razón? Durante este período, «se intentó todo, excepto lo que funciona».
Decidido a terminar con sus predecesores, a los que considera demasiado timoratos, se vio confortado en el análisis de que el país está situado abiertamente a la derecha por la presencia, en la segunda vuelta, de Le Pen en 2002, asi como por la victoria del no en el referéndum del 2005.
A la cabeza de la UMP, se va a dedicar a sacarle brillo a los galones de su refundación. Una refundación que comenzó por el cuestionamiento del «modelo social francés» que, a su juicio, está agotado, porque produce un paro masivo, y que dio por finiquitado el jueves por la noche en Montpellier, donde celebró su último mitin con un llamamiento a «liquidar el Mayo del 68». Como timonel del partido, el presidente de la UMP organiza decenas de convenciones temáticas (inmigración, fiscalidad, cultura, medioambiente), en las que se mezclan los responsables políticos, los expertos, los miembros de las asociaciones y los sindicalistas de todo tipo y condición. De esta forma, le toma el pulso a la sociedad, observa las auténticas líneas de ruptura y se teje un programa coherente.
Para dar pruebas de apertura propone el voto de los inmigrantes en las elecciones. Una idea que no retoma en su proyecto de candidato. Y cuando sus amigos esperan verle centrarse de nuevo durante la campaña, él, por el contrario, da un golpe de timón hacia la derecha. Y fustiga el «arrepentimiento», el «asistencialismo» y la «herencia del Mayo del 68», glorifica el «pasado cristiano de Francia», al tiempo que hace suyas las tesis neconservadoras, en las que lo innato prima sobre lo adquirido. Jugando la carta del pueblo contra las «pequeñas elites que le odian», dice hablar en nombre de la «Francia silenciosa», de la «Francia exasperada». ¿Se ha encarnado en la derecha la hegemonía cultural sarkozista?
Antoine Guiral es analista del periódico francés 'Libération'.
En él sería soberbia, en ella es arrojo
LOURDES MARTIN SALGADO
...«Cálmese y no me muestre más el dedo // No, yo no me calmaré // Para ser presidente de la República, hace falta mantener la calma»...
-Intercambio entre Sarkozy y Royal en el debate (2/5/2007).
Cuando el pasado miércoles, al término del debate entre los dos candidatos a la Presidencia francesa, los moderadores les pidieron que hicieran su última intervención, Ségòlene Royal comenzó así: «Quiero dirigirme a los que dudan todavía. Sé que para algunos no es evidente que una mujer pueda encarnar las más altas responsabilidades, pero otras lo han hecho por todo el planeta, como Angela Merkel, y por tanto creo que es posible también, se ve cómo esta mujer es eficaz, operativa...»
Semejante conclusión resultaba del todo sorprendente para cerrar un cara a cara en el que precisamente lo que salvó a Royal de una estrepitosa derrota fue el hecho de ser mujer. Durante todo el debate, la candidata socialista se mostró agresiva, haciendo gestos de menosprecio e ironía hacia su adversario, cuyas intervenciones interrumpió repetidamente. ¿Alguien se imagina lo que hubiese ocurrido si hubiera sido al revés y fuera Sarkozy el que mantuviese tal actitud hacia ella? Esa misma agresividad que en la mujer ha sido interpretada por tantos en clave de decisión, de valentía incluso, de capacidad para enfrentarse a su adversario y por extensión a los problemas, en el hombre hubiese sido una demostración de machismo, soberbia, altanería y mala educación. De hecho, si de algo se ocupó Sarkozy es de mantener una actitud calmada y de ser cortés hasta el extremo con su adversaria.
Ambos hicieron lo correcto en el sentido de que trataban de contrarrestar su peor imagen, ella de blanda y él de duro, pero resulta bien significativo que el comportamiento que en la mujer puede convertirse en una carta ganadora se considere del todo inadmisible en el candidato varón. El momento culmen de ese contraste llegó cuando Sarkozy dijo que quería que los niños discapacitados fueran a los mismos colegios que el resto, y Ségolène arremetió contra él elevando el tono de voz, acusándole con el dedo índice y tachándole de ser «el súmmum de la inmoralidad política». Él dijo que eso era «perder los nervios» y ella le corrigió diciendo que era «cólera», pero la pregunta es: ¿se permitiría al candidato varón caer de igual manera en semejante estado? A Ségolène no le faltaban argumentos para haber realizado una réplica dura pero razonada, sin exaltarse. Sin embargo, fuera por estrategia, fuera porque no sabe controlarse, perdió las formas y demostró un carácter y un temple, como apuntó su adversario, poco indicados para la Presidencia, se sea hombre o mujer.
A juzgar por la conclusión de su discurso, Ségolène ya está dispuesta a utilizar su sexo para justificar una derrota, en la línea de los franceses no estaban listos para aceptar a una mujer. Nunca admitirá que su femineidad también la ha ayudado a conseguir votos o a salir bien parada en ocasiones como el debate. ¿Qué cara hubiésemos puesto si el candidato varón utilizase la victoria de un hombre en otro país como prueba de sus propias capacidades, tal y como Royal hizo con Angela Merkel? Si las ideas son para ella lo importante, ¿no encontró nadie mejor a quien equipararse que una canciller de derechas? El discurso de la candidata socialista demuestra que la igualdad no consiste en que gane una mujer, sino en que ésta crea que lo que cuenta es su competencia.
Nuevos colegios electorales en el extranjero para la segunda vuelta
PARIS.- Francia
habilitará otros 33 colegios electorales en el extranjero para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que se celebrarán mañana, según informó ayer el Ministerio de Exteriores del país galo en declaraciones a la agencia France-Presse. Estas 33 urnas se suman a las 547 establecidas en la primera vuelta, lo que contrasta con los espacios dedicados a tal fin que fueron abiertos en las elecciones de 2002: sólo 206.
España acogerá siete de estos nuevos colegios. Nuestro país, con 51.000 personas, es el quinto por número de inscritos tras Suiza, Estados Unidos (donde la votación comenzará hoy debido a la diferencia horaria), Alemania y Reino Unido.
El resto de urnas están destinadas a Alemania, Brasil, China, Irlanda, Israel, el Líbano, Luxemburgo, Marruecos, Portugal, Reino Unido, Egipto, Singapur y Suecia. La participación general registrada en primera ronda, la más alta en décadas con un 83,77% del censo, ha influido también en los electores residentes en el extranjero, aunque en menor medida. Un 40,30% votó el pasado 22 de abril, en comparación con el 27% que lo hizo en la primera vuelta de 2002, en la que consiguieron pasar el actual presidente en funciones, Jacques Chirac, y el ultraderechista Le Pen, dejando en la cuneta al entonces primer ministro Lionel Jospin. «Hemos notado una fuerte participación en el extranjero y hay que tener en cuenta este entusiasmo», afirmaron desde el Ministerio. Aunque el porcentaje de participación no haya aumentado tanto respecto a 2002, sí lo ha hecho el número de votantes, pasando de 143.699 en 2002 a 331.000 en 2007, debido a que los franceses residentes en el extranjero se han doblado en este periodo. Le Pen y Chirac consiguieron arrastrar a las urnas fuera de su país al 44,21%. Habrá que ver si Sarkozy y Royal logran superar esa cifra.