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Actualización de madrugada

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Nombre: e-pesimo
Lugar: Cantabria, Spain

jueves 1 de noviembre de 2007

Firmas: Federico Jiménez Losantos, Isabel San Sebastián, David Torres, Manuel Hidalgo, Erasmo, Vox Populi



COMENTARIOS LIBERALES
FEDERICO JIMENEZ LOSANTOS
Todos absueltos

Pincha para oír en directo a Federico, o su último programa.No sé por qué dicen que la sentencia protagonizada ayer por Gómez Bermúdez deja la masacre del 11-M prácticamente como estaba, es decir, pavorosamente sumida en la imprecisión judicial y la confusión policial. Al contrario, yo creo que el tribunal que se pintaba severísimo ha resultado ser una madre, podríamos decir que la madre de todos los tribunales que han llevado a la Justicia española a su penoso estado actual.

Han sido absueltos los tres acusados que la Fiscalía presentaba como autores intelectuales de la masacre, pero como la sentencia se ha absuelto a sí misma de la obligación de la coherencia, resulta que lo que en la Fiscalía valeyaica resultaba poco y malo en la sentencia resulta nada y peor. No es que no exista autor intelectual del 11-M, ni por el lado iraquí, ni por el lado etarra, ni por el lado policíal o de servicios secretos, sino que los jueces se han absuelto de la obligación moral de explicar quién, cómo, cuándo, dónde y por qué se perpetró la masacre. Si nos atenemos a la literalidad y no a la gestualidad judicial, la mayor matanza con fines políticos de la historia de Europa Occidental fue una letal casualidad provocada por un asturiano confidente de la policía y dos moritos de lance, que son los que pechan con decenas de miles de años de cárcel. El resto de la banda del asturiano y su policía adjunta han sido también absueltos, claro.

En realidad, toda la actuación policial, sea chapucera o sospechosa, ha sido absuelta. Hasta las pruebas más sórdidamente inexplicables han sido acepadas, desde la mochila de Vallecas a la Kangoo, so pena de tener que vérselas con Gómez Rotenmeyer que, pese a su hosca fama, perdonó los «periplos extravagantes» de unas pruebas cuya cadena de custodia empieza cuando la Policía diga que empieza la cadena de custodia, doctrina novedosísima que espantará a los amigos del Estado de Derecho. Podríamos decir que ayer nació el Estado Policial del 11-M, pero quizá sólo se absolvió cualquier abuso de la Policía. ¿Deducción de testimonio? ¿Para qué? La Policía, el CNI y la Guardia Civil, que, dadas sus relaciones con los tres condenados, hubieran podido evitar fácilmente la masacre, nunca se equivocan. Absueltos quedan también el juez instructor y la fiscal Valeyá. Y el PSOE porque no se condena a la ETA que no se juzgaba, aunque Bermúdez extremara el gesto, y el PP, porque también quedan absueltos Irak, las Azores o Al Qaeda. Pero los más absueltos son el fiscal Zaragoza y los propios jueces, a cuenta del arma del crimen. No se sabe lo que estalló en los trenes, pero tuvo que ser un explosivo de Mina Conchita. ¿Por qué? Pues porque sí. Vamos, que aunque también absuelta, la autora intelectual del 11-M sólo pudo ser... ¡Conchita! (Grandes aplausos).


LA TRASTIENDA
ISABEL SAN SEBASTIAN
La 'X' del 11-M


Un regusto agridulce es lo que deja en el ánimo la sentencia leída ayer en la Casa de Campo. Dulce porque el Tribunal, encabezado por Javier Gómez Bermúdez, ha llevado a cabo una tarea ejemplar en la valoración de las pruebas presentadas durante la vista, merced a la cual han quedado resueltas muchas de las dudas y lagunas que planteaba la deficiente instrucción del caso. Agria porque seguimos sin saber quién planificó y ordenó semejante atrocidad.

La matanza del 11 de marzo de 2004 no sólo segó 192 vidas. No sólo dejó millares de heridos en el cuerpo y en el alma. No sólo traumatizó a todos los españoles. No sólo dio la vuelta al resultado de las elecciones que se celebraron tres días más tarde. No sólo abrió en canal a este país, reflejado en su clase política y sus medios de comunicación, buena parte de los cuales siguen utilizando hoy las palabras del juez como arma arrojadiza contra el adversario. La matanza del 11-M fue el primer ataque terrorista en toda la Historia que consiguió determinar la línea de actuación de una nación democrática. El primer y único crimen de masas que no sólo no reforzó al Gobierno de turno ante sus ciudadanos, sino que lo tumbó de la noche a la mañana. El primer y único acto de terrorismo a gran escala que logró el efecto deseado de amedrentar a una sociedad. Sí, amedrentarnos hasta el punto de culpar de las víctimas al entonces jefe del Ejecutivo, por mucho que sea políticamente incorrecto reconocerlo ahora. ¿Cabe pensar que un plan tan diabólico en su urdimbre y ejecución fuera fruto de las cavilaciones de unos traficantes de poca monta e islamistas exaltados, sin preparación, ni entrenamiento, ni prácticamente vinculación entre sí? Cuesta creerlo.

La sentencia nos ha explicado el cómo y el con qué. Nos ha desvelado la incógnita del arma utilizada y la identidad de quienes la empuñaron. Ha descartado que ETA estuviera implicada en los hechos, lo cual no permite, por cierto, satanizar automáticamente a quienes pensamos de buena fe en su día que todo apuntaba a la banda del hacha y la serpiente. El Tribunal, cuyo trabajo no merece más que respeto y elogios, ha resuelto todo lo que estaba en su mano. Pero ha dejado una enorme X sobre el vértice de la pirámide. Un signo de interrogación ominoso allí donde tendría que estar el nombre del cerebro de la operación. Tampoco encontramos explicación a la desconcertante abundancia de confidentes policiales entre los condenados. Y eso nos obliga a todos a seguir investigando. Habrá quienes redoblen sus exigencias de carpetazo y nos llamen «conspiradores». Si buscar toda la verdad es conspirar, yo acepto gustosa el epíteto.


A DIESTRA Y SINIESTRA
DAVID TORRES
Bellas artes

Se piense lo que se piense sobre la sentencia del 11-M, una cosa está muy clara: delinquir en España sale muy barato. Sobre todo si uno se dedica a barbaridades tales como estragos, pertenencia a banda terrorista o conspiración para matar a 192 personas. En la carrera criminal, mejor ir a por todas. Aquí sale mucho más caro quemar una foto del Rey, aparcar en doble fila o pisotear alguna lagartija medio extinguida que trapichear con dinamita y planear un holocausto ferroviario. Echando cuentas sobre los 10 años de condena de algunas de estas alimañas, la ecuación es sencilla: si en vez de organizar una matanza, organizan sólo el asesinato de tres o cuatro, les dan un diploma.

Las leyes en España están redactadas siguiendo aquel glorioso manual de urbanidad escrito por De Quincey. Decía De Quincey que el despeñadero de las malas costumbres no tiene fin, que se empieza por cometer un pequeño asesinato, luego se sigue con el hurto y se acaba por no respetar los modales en la mesa. De hecho, poco antes de conocer la sentencia, buena parte de los acusados se descojonaba en la sala, para que no nos cupiera duda de qué les importa a ellos la ley, la justicia y, sobre todo, las víctimas.

De Quincey consideró el asesinato como una de las Bellas Artes, pero en España estamos doctorados en Chapuzas. La investigación de las pruebas (con trenes lavados y vueltos a lavar, para que no quedara ni una huella) estaba dirigida a medias entre Mr. Proper y un cabo de la Legión. Hemos rematado el proceso al mayor atentado en la historia de Europa con un monumento de vidrio que parece un gin-tonic XXL y un banquillo de megacriminales sacado de una barbería. En el gin-tonic faltan los nombres de varias de las víctimas y en la conclusión judicial falta el cerebro de la masacre. Una de dos: o Bin Laden los dirigía por control remoto o un buen día, en una reunión de tupperware, se sentaron todos juntos y decidieron volar los trenes mientras jugaban a los chinos.

La única explicación plausible es que el atentado fue una Chapuza, con mayúsculas. Chapuceros los asesinos, que eran islamistas de botellón y tontos de la baba dinamiteros; y chapuceros los policías, que no sabían ni sumar. Menos mal que esta gentuza, que ha inaugurado su carrera criminal con un asesinato masivo, ahora está a buen recaudo. Pero cuidado, que en unos años podemos encontrárnoslos por la calle, vendiendo discos piratas o aparcando en prohibido.


A CONTRAPELO
MANUEL HIDALGO
El arte

En la mañana del domingo, con sol espléndido, el amplísimo territorio comprendido entre Cibeles, Círculo de Bellas Artes, el Retiro, el Prado, el Botánico, Moyano, el Thyssen y el Reina Sofía registraba una festiva y pacífica congregación de miles y miles de personas que entraban y salían de los museos, tomaban cañas, paseaban, charlaban y se encontraban, distintas y variopintas, en un feliz ejercicio de convivencia tranquila.

Un entorno urbano privilegiado y un deseo de diversión inteligente multiplicaban con el estímulo de una abundantísima oferta cultural -extendida a otras horas y otras zonas de Madrid-, el verdadero instigador de esa marea humana, hecha de individualidades definidas, que desmentía radicalmente esa imagen de sociedad rota, convulsa y en crisis con la que nos agobian los periódicos y los políticos, siempre en pos de agitar y abrir el frasco de las diferencias y las tensiones para pescar en aguas revueltas.

Entre paréntesis, y aunque todo es mejorable, hay que sacudirse la negatividad y el pesimismo contagiosos y reconocer que, en estos días y semanas, Madrid tiene y está viviendo acontecimientos culturales de primer orden, que movilizan a centenares de miles de personas inmunes al mal gusto y a la zafiedad de las televisiones, y ajenas al navajeo histérico de las políticas mediáticas. Es un rasgo muy esperanzador y muy poco puesto en valor en términos de opinión pública.

Claro que el Museo del Prado, como ha dicho el Rey, ejemplifica el carácter de gran nación de España. Un museo así habla de un pasado espléndido y su renovación ilustra las mejores capacidades del presente.

Los museos son una extraordinaria prueba de convivencia. Visiones radicalmente opuestas de la vida dialogan, se complementan y forman líneas transversales para la comprensión de la existencia y la formulación del gusto, de la opinión y de los credos personales. El talento, la inteligencia y la belleza mueven al sentimiento y a la reflexión, al placer y a la conciencia crítica, al acuerdo y a la controversia sin excitar glandularmente el encono de las vísceras. Uno puede entender, a la vez, la cola de parados de un pintor mexicano, la soberbia del retrato de un monarca absoluto, la placidez de una puesta de sol frente al mar, el tormento de unos cuerpos dislocados, la kafkiana representación de un hombre mutado en insecto, el idealismo que emana de una virgen renacentista, la descomposición de unos trazos expresionistas o el horror injusto que capta la cámara de un reportero.

Si las miradas, las propuestas y las soluciones de los artistas -que tienen, desde luego, un contenido ideológico- se tradujeran al debate político y periodístico nos encontraríamos con un guirigay de insultos e imprecaciones en vez de con la concurrencia enriquecedora de opciones, sugerencias y subjetividades. Ahora, más que nunca, necesitamos abrir los ojos a lo que los creadores nos dicen alto por lo bajo y cerrar los oídos a lo que nos gritan profetas y predicadores. ¡Cultura!

ERASMO
De Marzo

Juez Bermúdez se reúne consigo mismo. Kafkiano proceso. Metáfora de un enigma, encerrado en un misterio, oculto tras un arcano: tres robaperas tras el más grande atentado, cambian el Gobierno de España. Files del estupor: el Régimen, en su febril, imbécil ETA (mil muertos) no ha sido. Llamazares, estalinista aproximado, cañí, coincide con un aparente diario conservador: cae la teoría de la conspiración y. Insensatos.

TRIBUNA LIBRE
MANUEL MANDIANES
La muerte es una ficción

La gente enfermaba y sufría la enfermedad en su casa. El enfermo se convertía en el centro de la casa y, cuando su estado revestía gravedad, en el centro de la aldea. Todas las casas del pueblo pasaban a visitar al enfermo. Si una casa del pueblo no iba a visitarlo era porque las cosas entre ésta y la del enfermo no andaban «como Dios quiere». Por las noches, en torno al fuego, la casa del enfermo hacía el recuento de cuántas veces había venido a verlo cada casa, o al menos se había interesado por él, y de las que aún no habían venido a visitarlo ni habían preguntado por su estado de salud. Llegado el momento, el enfermo se moría en casa.

Aún en nuestros días, muchas personas mayores ruegan a los suyos: «Cuando me llegue la hora, me dejáis morir tranquilamente en casa sin traerme de un lado para otro». Morir fuera de casa era considerado como una desgracia y una mala muerte. Las mujeres de la familia o los hombres, según que fuera mujer u hombre, preparaban el cadáver ayudados por alguien del pueblo que sabía. Hoy, a los enfermos se les lleva a la clínica y allí permanecen hasta que sanan. Si no es el caso y, por el contrario, se mueren, el cadáver es trasladado al tanatorio en donde los servicios funerarios se encargarán de prepararlo, y no volverá a cruzar el umbral de su casa nunca más. En el tanatorio, el cadáver es encerrado en una urna y nadie de la familia volverá a tocarlo.

Enterrar a los muertos, además de una obra de piedad cristiana, es procurarles un refugio, enviarlos al seno del fuego o de la tierra y darles protección. Los cadáveres insepultos pueden ser pasto de las aves carroñeras y de los perros. Sófocles pone estas palabras en boca de Antígona: «Para más tiempo me trae cuenta el agrado de los muertos que el de los vivos, pues con ellos eternamente he de reposar». Y añade dirigiéndose a su hermana: «Tú, si así te parece mejor, sigue desestimando leyes que los dioses tanto estiman: enterrar a los muertos». De todos los ritos que el hombre ha practicado a lo largo de la Historia, seguramente, los funerarios han sido los primeros.

Al muerto hay que enterrarlo en el lugar al que pertenece, en el lugar en el que será circundado por todo lo que él es: su cementerio. «Cuando murió aquí un vecino de allá, lo mandamos para que reposara al lado de los suyos y también tuvimos aquí un funeral. En el pueblo los entierros son como un río de gente; aquí éramos cuatro gatos. Dejar aquí los muertos es muy penoso porque nosotros volveremos un día a España y los muertos quedarían aquí solos para siempre sabe Dios al lado de quién», me dijo un emigrante gallego en Alemania.

Hoy, como en tiempos de la Ilíada, se hace lo posible y lo imposible por recuperar el cadáver de un pescador desaparecido en un punto incierto de alta mar, de un montañero aplastado por un alud de nieve no se sabe en qué montaña, el del conductor de un coche arrastrado por una creciente que llegó como el lobo al rebaño, el cadáver de un minero enterrado en las entrañas de la tierra y el de los pasajeros de un avión que estalló en el aire desparramados en la selva inaccesible. La ley de la memoria histórica se centra en buena parte en la identificación de cadáveres recuperados de fosas comunes.

En una visita reciente a las excavaciones de Elefterna (Creta), siglos V al IV a. C., he podido comprobar que alrededor de la tumba del héroe, en el centro del cementerio, no hubiera cabido ni una aguja más. Los cristianos antiguos hacían lo posible por ser enterrados cerca del altar, al lado de las reliquias de los mártires titulares de la comunidad eclesial del lugar. Los políticos luchan por situarse lo más próximo posible en el entierro del héroe, el soldado muerto en acto de servicio. El entierro de los soldados muertos en «acto de servicio a la patria» es, como las hecatombes de los griegos, un sacrificio a algún dios para purificarnos del crimen que hemos cometido al haberlos enviado al matadero.

Las griegos cortaban un mechón de cabello a los muertos para guardarlo como recuerdo, práctica que, en la Europa rural, se conservó hasta hace muy poco tiempo; en algunos lugares sigue practicándose. Los cristianos hicieron guerras por conseguir y guardar las reliquias de los santos y muy especialmente las de los mártires. En la actualidad, las reliquias son las botas de los futbolistas famosos, alguna prenda íntima de una cantante celebre, la camiseta del ganador de una célebre carrera ciclista, la guitarra de un músico.

En el cementerio de Atenas me senté a la mesa en un banquete después de un funeral. En Barcelona he entrado en una cafetería a «tomar algo», invitado por la familia del fallecido después del entierro. En Galicia he cenado con otros asistentes al entierro en casa del difunto. En Brasil he asistido a velorios durante los que algunos de los asistentes bebieron todo el tiempo. Se trata del tradicional banquete funerario aunque, a veces, un poco transformado.

En muchos países, el viajero de antaño encontraba, especialmente en las encrucijadas de los caminos, monumentos, en Galicia petos de ánimas, que le recordaban la presencia de los antepasados. El conductor actual observa que las carreteras de países latinoamericanos, europeos, asiáticos son un recordatorio interminable de la ausencia presente de los muertos en accidente de coche. «Las carreteras son un cementerio que lleva a todas partes», me dijeron.

Los jóvenes van poco a los asilos a visitar a los abuelos y se buscan eufemismos para hablar de la vejez, antesala de la muerte: la tercera edad, los mayores. Muchos adultos evitan ir a los hospitales a visitar a los enfermos terminales porque, dicen, «quiero conservar una imagen agradable de él», sin pensar en que el enfermo puede tener necesidad de su compañía. Se trata de no mirarse en el espejo porque «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar». Es una prueba más del complejo de Peter Pan que sufre la sociedad actual.

El sexo fue un tabú hasta no hace mucho tiempo aunque hoy se hable de él en tertulias públicas y se practique a cielo abierto; por el contrario, la muerte de la que se habló profusamente en tiempos pasados, hoy es un tabú. Los jóvenes no van a los entierros y mucho menos a ver un muerto «para que no se traumaticen»; sólo ven la muerte en la televisión, en el cine y en los juegos de la play station. «Mis hijos todos vieron a la abuela muerta; mis nietos no han visto más que los muertos de la televisión. Ni siquiera se enteran de cuando muere alguien. Ahora en las casas no hay muertos, ni siquiera hay enfermos», me dijo un abuelo. La muerte no es un hecho existencial sino un espectáculo televisivo, una ficción.

El olvido completo de la muerte dejaría la existencia humana al cielo raso y la vida convertida en un espejismo extraño, ajeno por completo a la realidad. La tierra alberga a los muertos pero también los oculta. Enterrar a los muertos es enviarlos al submundo, al subterráneo. Mucha gente no guarda silencio sobre la muerte, sino que no tiene nada que decir sobre ella porque la olvida. El hombre no puede liberarse de la muerte aunque le encanta jugar con ella al gato y al ratón. No es extraño, pues, que haya gente que sólo recuerda a sus muertos en estas fechas.

El mundo no cree en la inmortalidad del alma, pero practica a los muertos la tanatopráxis: les hacen la operación estética, les maquillan, les ponen música y les meten el teléfono móvil en las tumbas, y los congelan, para inmortalizar su cuerpo. La muerte es un acontecimiento universal e irrefutable. Ignorar que un día acontecerá, aunque se ignore «el día y la hora porque llegará como un ladrón» (Jesús), puede ser un error irreparable.

Manuel Mandianes es escritor y antropólogo del CSIC.

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