EpC: Dios(es), tumbas y santos, por José Luis Requero

UN BALANCE CRITICO
Dios(es), tumbas y santos
El autor del artículo analiza algunas de las decisiones más polémicas que ha adoptado el Ejecutivo durante la legislatura que está a punto de acabar
JOSE LUIS REQUERO
Afirmó Peces-Barba que la Educación para la Ciudadanía justifica toda una Legislatura, de ahí la trascendencia de tal asignatura. Hace meses decía en estas páginas («La aconfesionalidad ha muerto, ¡viva la laicidad!») que el plan gubernamental era el abandono del modelo constitucional de Estado aconfesional para ir a la «laicidad», categoría que supone no la neutralidad religiosa del Estado, sino su compromiso anticonfesional o laicista. Para tal empresa, sus constitucionalistas de cámara ya estarían empeñados en perpetrar una nueva relectura de la Constitución. Si Educación para la Ciudadanía se inspira en esa laicidad, habría que concluir, parafraseando a Peces-Barba, que una política laicista justificaría toda la Legislatura.
La mejor escenificación de esa asignatura la tenemos estos días en la exposición Dios(es). Modos de empleo. Las religiones, en general; las monoteístas, en particular; el cristianismo, en concreto, y más aún, el catolicismo, se equiparan a los totalitarismos. «¿Toda religión es portadora de guerra?», se pregunta la guía de la exposición, y responde: «No, solamente las monoteístas», reproduciendo casi literalmente los postulados de la Secretaría de Libertades Públicas del PSOE, la Fundación Cives y la Cátedra Fernando de los Ríos de la Universidad Carlos III.
Como lo que nos enfrenta es la fe religiosa, una humanidad será ilustrada, moderna, si la arrumba por ser totalitaria, fanática y fuente de violencia: «El laicismo», dice la guía, «sin el cual la democracia es sencillamente imposible, es el único remedio radical a la violencia». Y en ese saco violento, la exposición mete a una secta (la Moon), a una Prelatura de la Iglesia (el Opus Dei), al Papa Juan Pablo II o a la madre Teresa de Calcuta... o equipara a San Juan de la Cruz con Elvis Presley, es decir, el cántico espiritual con los zapatos de gamuza azul.
No ocurre así con las otras religiones; de ahí las alabanzas que el laicismo dedicó hace semanas a la gesta de los monjes budistas de Birmania y al budismo en general. Como afirma el teólogo Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad -¡cómo no!- Carlos III: «El Dalai Lama es hoy uno de los referentes mundiales en el trabajo por la paz y la defensa de los derechos humanos». Para un ardiente crítico del armamentista Juan Pablo II, esos monjes sí que son de ley y no ese Pontífice belicista. La Alianza de Civilizaciones empieza a cuajar: la izquierda laicista se une al pacifista Bush para elogiar al Dalai.
Dentro de lo que justifica la Legislatura estaría también la Ley de Memoria Histórica. Me quedo ahora con el Valle de los Caídos. Se va a «despolitizar» un monumento que, dicho sea de paso, es el más visitado de los que gestiona el Patrimonio Nacional. Sin ánimo de enfurecer a Llamazares, tan sólo en un fin de semana cualquiera acuden allí más visitantes que en las celebraciones que hubo por toda España en el LXXV aniversario de la II República. Y es que su realidad cotidiana poco tiene ya que ver con su origen o con los ya anacrónicos 20-N. Prohibirlos es sensato, pero su realidad es desde hace tiempo la de una abadía en la que se reza por la reconciliación y la paz, un lugar que alberga a 30.000 caídos de los dos bandos. El tiempo ha rehabilitado el Valle del lastre con el que nació -símbolo y referente del franquismo, plasmación pétrea del nacionalcatolicismo-. Por eso, tal ley sólo puede ser un refrendo legal de lo que ya es realidad.
Pero el actual contexto de laicismo hace pensar que la ley sea un primer asalto que anunciaría un destino final de cerco o asfixia. La izquierda laicista, con la coartada de eliminar vestigios del franquismo, impediría que el Estado mantuviese el convenio con el Vaticano por el que se erigió esa abadía benedictina, una de las principales de Europa. Que tal Orden sea uno de los referentes para entender la cultura europea debería ser razón suficiente para respetarla, pero mucho me temo que los mismos que aplauden la resistencia de los monjes budistas birmanos no aceptarían la de los benedictinos en caso de desalojo. IU o ERC no han escondido su deseo de eliminar el culto religioso en el Valle de los Caídos y no me extrañaría que alguien, incluso, desee emular a los talibán afganos que, en 1998, dinamitaron las estatuas budistas de Bamiyán y hacer otro tanto en el Valle con la gigantesca cruz y las estatuas de los evangelistas.
Entre tanto, y para desconcierto laicista, la Iglesia eleva a los altares a más de 400 mártires de la Guerra Civil, una pequeña parte de los millares que murieron por su fe. La Iglesia sigue su lógica: perdona, proclama virtudes, presenta ejemplos de vida y da a sus fieles nuevos intercesores.
Quienes carecen de fe no entienden nada, y como para el descreído una beatificación es una suerte de Premio Príncipe de Asturias, Grammy o Bota de Oro, claman ante tan discriminatorias beatificaciones: ¿por qué la Iglesia no beatifica a los del otro bando? El ridículo o la ignorancia son libres, pero de ahí a que la Iglesia, ante los mártires de una de las mayores persecuciones que ha sufrido tras las del Imperio Romano, se acomode a la ignorancia o falta del sentido del ridículo de sus detractores, hay un trecho.
Tenemos una izquierda montaraz, reacia a entrar en el siglo XXI, que malgasta toda una legislatura dejándose llevar por actitudes incompatibles con una izquierda europea, civilizada y respetuosa con libertades básicas como la libertad de conciencia.
Sigue viendo en la Iglesia a un enemigo y, con tal de atacarla, apoya a los que están empeñados en derribar la civilización occidental, nuestro sistema de vida y cultura.
Preocupa una izquierda que huye de la modernidad corriendo hacia ninguna parte y, al final, si no acaba corriendo tras la caja de los dineros públicos, corre tras los curas o se autoensalza creyéndose correr aún delante de los grises; una izquierda desnortada que ensalza la teología de la liberación, que tanto tiene que ver con la guerrilla y el terrorismo suramericano, y se da de bruces con eclesiásticos vascos que apelan al mismo mensaje para justificar al etarra; una izquierda que monta un congreso contra la islamofobia y a la vez una exposición que tira por tierra a Alá; una izquierda a la que se le va de las manos la violencia doméstica o juvenil y alumbra un verdadero genocidio intelectual con un sistema educativo anclado en el relativismo; en fin, una izquierda cuyo negociado feminista clama por los derechos de la mujer, pero justifica el velo porque las musulmanas, tal vez, se «sientan a gusto» (sic) usándolo.
José Luis Requero es magistrado y vocal del CGPJ.
Etiquetas: Educación para la Ciudadanía





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