INTERNACIONAL: Birmania, Rangún. China no quiere otra plaza de Tiananmen/ Elecciones en Ecuador

Los soldados birmanos tiran al aire para no ensangrentar la visita del enviado de la ONU
«Paz y estabilidad restauradas. Rangún vuelve a la normalidad». La Junta birmana recibió ayer al enviado especial de la ONU con un llamativo titular en el diario oficial The New Light of Myanmar. Pero mientras Ibrahim Gambari aterrizaba en el aeropuerto de la mayor ciudad del país, listo para empezar una misión diplomática que muchos creen imposible, cientos de jóvenes volvían a manifestarse de forma esporádica. Los soldados, una vez más, respondieron con cargas y disparos al aire. Gambari llega a Rangún con un mensaje unánime de condena de la comunidad internacional, la petición de que cese la represión y la urgencia de que los generales inicien un proceso de reconciliación con disidentes, monjes y la líder de la oposición Aung San Suu Kyi. El representante de la ONU aseguró poco antes de coger un avión en Singapur que esperaba que su visita fuera «fructífera».
La forma en la que la Junta Militar sigue tratado las manifestaciones no invita al optimismo. Las concentraciones fueron ayer minoritarias y dispersas, pero los militares las reprimieron con dureza. La estrategia de los soldados pasa por no dar tiempo a que se formen grandes manifestaciones, cargando cada vez que unas pocas decenas de personas rompen la prohibición de organizar reuniones de más de cinco personas.
Los últimos birmanos dispuestos a jugarse la vida eran aplaudidos por comerciantes, amas de casa y testigos, pero la voluntad de los ciudadanos de la calle a sumarse a las protestas es cada vez menor tras las matanzas del miércoles y el jueves en las que decenas de personas perdieron la vida.
La esperanza de ganarle el pulso a un Ejército dispuesto a matar a civiles desarmados se desvanece.
Los soldados dispararon sobre las cabezas de un centenar de personas en la avenida Anawrahta, a la altura de la catedral anglicana de Santa María, y las persecuciones se repitieron sobre pequeños grupos durante cerca de una hora en la que las tropas peinaron las calles armados con fusiles.
Nail, un joven birmano de origen indio, dirigía un pequeño grupo de activistas que una y otra vez desafiaba a los soldados con cánticos e insultos. Junto a ellos, otro joven portaba la única pancarta que se pudo ver ayer en las calles de Rangún: «Liberad a nuestros monjes. Libertad».
No está claro si el enviado de Naciones Unidas se podrá ver con el líder supremo, general Than Shwe, o si le permitirán encontrarse con Aung San Suu Kyi, la líder de la oposición que ha permanecido 12 de los últimos 18 años encarcelada. La Junta Militar ha demostrado a lo largo de los años no importarle nada la opinión de la comunidad internacional y las esperanzas de que cedan a la presión ahora son mínimas.
Los generales, que gobiernan sobre un sistema corrupto en el que la mayor parte de las industrias están bajo su control directo y no existen instituciones civiles, viven aislados en la nueva capital de Naypitaw, a unos 400 kilómetros de Rangún. Gambari fue conducido hasta ese búnker militar poco después de su llegada.
Una de las peticiones que trae el diplomático nigeriano es que las autoridades permitan a las agencias humanitarias reanudar el envío de ayuda a las regiones más pobres del país, suspendida por el Gobierno. Birmania, rebautizada como Myanmar por la Junta en 1989, es uno de los 20 países más pobres del mundo y uno de cada tres de sus niños se encuentra malnutrido. Organizaciones como Cruz Roja temen por la suerte de miles de personas que dependen de la distribución de comida y medicinas.
Falta de ánimo
La fuerza empleada por los militares en los últimos días y el confinamiento de miles de monjes en sus monasterios han desanimado un movimiento democrático al que se aferran sólo los más jóvenes. «Nadie quiere morir en una batalla que no creen poder ganar. Es triste, pero parece que la Junta ha vuelto a vencer», decía ayer la analista política de una embajada nórdica.
Una de las pocas esperanzas de cambio reside ahora en rumores no confirmados de que el Ejército podría estar viviendo una división interna. El secretismo del régimen hace imposible verificar la información, procedente de fuentes de la disidencia birmana, pero incluso éstas piensan que es del todo improbable que un sector moderado del Gobierno pueda ganarle un pulso al sector duro encabezado por Than Shwe.
La comunidad internacional parece conformarse por ahora con tratar de convencer a los generales de que frenen la represión que está llevando a cientos de personas a las cárceles birmanas.
EL MUNDO pudo comprobar ayer cómo varios jóvenes eran arrastrados por las calles del centro de la ciudad, arrojados a camiones cargados de soldados y conducidos a centros de detención.
Los medios de propaganda del Gobierno recordaban ayer que en la Birmania bajo su control incluso los deseos de la gente están sometidos a su voluntad y no son libres. «El Deseo del Pueblo», se podía leer en grandes titulares en The New Light of Myanmar. «Queremos estabilidad. Queremos paz. Nos oponemos a la inestabilidad y a la violencia».
Imágenes de la movilización mundial contra la dictadura birmana en www.elmundo.es/
Una larga experiencia en misiones de la ONU
Ibrahim Gambari no se topará con una realidad desconocida. Como representante de Naciones Unidas, este nigeriano ha viajado a Birmania en numerosas ocasiones. La última vez lo hizo en noviembre de 2006, visita que aprovechó para reunirse con la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi.
Con una larga experiencia internacional, Gambari ostenta un récord dentro de la ONU: ser el embajador de Nigeria que más tiempo ha estado en el cargo, desde enero de 1990 a octubre de 1999. Diplomático productivo, según indica la ONU, nació en 1944 en Nigeria, donde se licenció en Económicas en el King's College para pasar a estudiar después en la London School of Economics y graduarse en Ciencias Políticas especializadas en Relaciones Internacionales.
Después de un largo periodo como docente en Nueva York, este diplomático comenzó una carrera política en su país, donde fue ministro de Exteriores, hasta iniciar su relación con la ONU, que le ha deportado numerosos cargos en diversas secciones. Entre otras muchas cosas, Gambari ha liderado varias misiones especiales de Naciones Unidas, incluida la del Comité Especial contra el 'Apartheid' en Sudáfrica y otras del Consejo de Seguridad en Burundi, Ruanda, Angola y Mozambique. Este gran experto en cuestiones africanas ha viajado en varias ocasiones a Birmania para tratar de convencer a la Junta Militar para que respete los más básicos derechos humanos. Sin ir más lejos, en 2006 estuvo en marzo y en noviembre.
Su experiencia con Asia le viene de lejos, puesto que en la década de los 80, cuando era ministro de Exteriores de su país, realizó una visita oficial a China donde se convirtió en el primer africano condecorado con el título de Profesor Honorario de la Universidad de Chugsan.
LA REVOLUCION DEL AZAFRAN / La líder de la oposiciónLágrimas por la 'Mandela' de Rangún
La Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi vive desde la impotencia de su encierro la nueva rebelión de un pueblo que la adora
DAVID JIMENEZ. Enviado especial
RANGUN.- El pelo recogido y tocado por una flor, la piel suavizada por la humedad tropical del sureste asiático y el gesto amable de su dulce determinación. Aung San Suu Kyi no aparenta los 62 años que cumplió el pasado junio. Ni el peso de tener sobre sus hombros la esperanza del pueblo birmano ni los años de encarcelamiento han cambiado mucho la imagen de una mujer que los birmanos no pueden nombrar sin arriesgar la cárcel. Por eso la conocen, simplemente, como La Dama.Nadie sabe dónde se encuentra la líder de la oposición o en qué situación. Fuentes de la disidencia aseguran que ha sido trasladada de su arresto domiciliario a la cárcel de máxima seguridad Insein, la más temida del país. La última vez que se la vio fue el pasado 22 de septiembre.
Llovía sobre Rangún cuando Suu Kyi recibió a las puertas de su casa una visita inesperada que rompió con la soledad de su confinamiento. Un grupo de monjes habían logrado saltarse los controles militares que dan acceso a la vivienda donde cumple arresto domiciliario, llamándola desde el jardín. «Aung San, no te vamos a abandonar».
Fue un momento emotivo. La Mandela de Asia salió a saludarles y, con lágrimas en los ojos, dio a los bonzos la aprobación que buscaban para seguir manifestándose. «Bien hecho», alcanzó a decir. El encuentro iba a cambiar el signo de las manifestaciones que estaba viviendo el país hasta entonces, dando alas a la rebelión y desatando las iras de un régimen militar que, con toda su brutalidad y poder, tiembla ante esta mujer menuda de escasos 156 centímetros de altura y cuerpo liviano.
Quienes conocen el país sabían que la represión era ya inevitable. Los generales no podían permitir la unión de la disidencia política con el clero porque ambos formaban un enemigo formidable: cuatro días después los soldados disparaban a civiles desarmados en las calles de Rangún.
Hace cuatro años, en uno de sus breves momentos de libertad, Suu Kyi concedió una entrevista a este corresponsal en la sede de su partido, la Liga Nacional para la Democracia (LND). Llegó en un viejo Toyota blanco, se bajó del coche y sonrió a los espías del Gobierno que la fotografiaban, literalmente, subidos a las copas de unos árboles (la dictadura birmana no ha aprendido la sutileza de sus aliados en China).
La Dama habló de los sueños de su gente, de justicia y de la necesidad de que el mundo no olvidará a su país herido. Preguntada por sus sacrificios durante los largos años de encierro, se detuvo unos segundos y se mostró contrariada: «¿Sacrificios? Yo arriesgo mucho menos y mis sacrificios son siempre menores comparados con los de mi pueblo».
Suu Kyi nació entre algodones en la familia más importante de Birmania. Su padre, Aung Sun, fue el héroe de la independencia de los británicos y su primer líder hasta su asesinato en 1947. Los generales que heredaron el poder de su padre cuidaron de la familia, Suu Kyi fue enviada a los mejores colegios y terminó estudiando en Oxford.
De Oxford a casa
Todo cambió cuando en 1988, la entonces joven académica se vio obligada a regresar urgentemente a Rangún ante la enfermedad de su madre. El país al que volvía se había transformado en la feroz dictadura que es hoy y Suu Kyi decidió quedarse para tratar de cambiarlo. La opositora birmana fue testigo como en agosto de ese mismo año los militares masacraban a miles de personas que pedían democracia en las calles. Los generales aceptaron dos años después organizar elecciones y Suu Kyi las ganó con el 82% de los votos, un resultado que nunca fue aceptado. La Junta respondió encarcelándola y endureciendo la represión.
Los sacrificios que Suu Kyi minimiza al compararlos con los de los birmanos han sido muchos desde entonces. Lo de menos han sido las huelgas de hambre para pedir la liberación de sus compañeros, las semanas enteras que ha pasado en su viejo Toyota frente a puestos militares que le impedían el paso o la negativa a ser liberada si no lo eran antes otros disidentes. Ha sido más duro no ver crecer a sus hijos hoy adultos, Kim y Alexander, y no haberse podido despedir del marido que dejó en Oxford, Michael Aris, cuando éste agonizaba de cáncer. Los generales anunciaron entonces que la dejaban marcharse, por supuesto con la intención de no volverla a dejar entrar nunca. La Dama le escribió una carta de despedida en la que explicaba por qué no podía acudir a su lecho de muerte: él la necesitaba, pero su pueblo la necesitaba aún más.
Los años de encierro en su casa de la Avenida de la Universidad no han mermado la determinación de Suu Kyi. «Durante mis arrestos en casa leo mucho, escribo y sobre todo medito, me da fuerzas», ha dicho alguna vez. Los generales no han podido torturarla o eliminarla como han hecho con cientos de disidentes porque es la hija del más venerado de los héroes nacionales. Aún así, el líder supremo de la Junta, el general Than Shwe, siente tal animadversión hacia ella que hace dos años abandonó una reunión con oficiales de Naciones Unidas nada más escuchar su nombre.
El odio de los militares contrasta con la adoración del pueblo. Su imagen está tan ligada al futuro del país que en los remotos pueblos del norte los campesinos creen que Suu Kyi tiene poderes mágicos y que llegará el día en que los utilizará para derrocar al régimen que los subyuga.
Las manifestaciones de los últimos días en Rangún, lideradas por los monjes y reprimidas con brutalidad por el Ejército, han despertado de nuevo en el pueblo el sueño de ver algún día a su heroína al frente del país. Para los más jóvenes, sin embargo, Suu Kyi empieza a ser una figura distante. Es fuera, en el resto del mundo, donde su imagen ha alcanzado proporciones de leyenda.
Los años de resistencia y su determinación de utilizar la no violencia para sus fines políticos la han convertido en un icono internacional. El grupo irlandés U2 la ha dedicado una canción -«Podías haber volado, eres un pájaro en una jaula abierta, que sólo echará a volar, echará a volar a cambio de la libertad»-, la primera dama estadounidense Laura Bush acaba de pedir su liberación y su imagen ha adornado las pancartas de las decenas de manifestaciones que están teniendo en todo el mundo en apoyo del pueblo birmano. El arzobispo sudafricano Desmond Tutu dice de ella que es la Mandela de Birmania. Los birmanos firmarían que lo fuera aunque tuvieran que esperar, como los sudafricanos, 27 años para verla liderándolos hacia la libertad.
LA REVOLUCION DEL AZAFRAN / El análisisChina no quiere otra plaza de Tiananmen
ISABEL HILTON
En los últimos días, el régimen militar de Birmania ha cometido muchos errores de cálculo. Dejando aparte el prolongado hundimiento en la penuria de uno de los países más ricos de Asia, la decisión de quintuplicar los precios de los carburantes en agosto fue un error tan grueso como la posterior gestión de las protestas que provocó. Si un régimen rechazado por la población piensa mantenerse en el poder gracias a la represión, necesita aplastar rápido las protestas. Como no consiguió hacerlo, tiene que hacer frente a la plena implicación del último sector organizado del país que queda relativamente intacto fuera del propio ejército: la iglesia budista, que ha puesto su gran influencia moral al servicio de un decidido intento de terminar con el poder militar en Birmania.Ahora estamos, como señaló el embajador británico en el país, en terreno desconocido. La cuestión es cómo convencer al régimen de que el precio de la represión sería demasiado alto. Birmania es indiferente a la presión internacional: ha sobrevivido años como un paria en el concierto mundial, las sanciones impuestas por EEUU no han tenido el menor efecto y los llamamientos a la liberación de la dirigente de la Liga Nacional por la Democracia, Aung San Suu Kyi, han caído en oídos sordos. Entonces, ¿por qué tendría que ser distinto esta vez?
La principal diferencia está en el papel de China, el socio comercial más importante de Birmania y la principal protectora del régimen. Hasta ahora, China, con el apoyo de Rusia, ha bloqueado los intentos internacionales de mantener a raya al régimen: hace nueve meses, China y Rusia vetaron una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que pretendía conferir poderes al secretario general de la organización para que negociara con el régimen birmano, y China ha boicoteado tres esfuerzos diplomáticos de países asiáticos (Indonesia, Filipinas y Malasia) para asegurar la liberación de Suu Kyi, lo que provocó unas críticas directas a Pekín de parlamentarios de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático.
China ha sostenido al ejército birmano con un apoyo generoso, la ayuda china ha permitido construir embalses e infraestructuras para el transporte, la inversión china hace que Pekín tenga intereses en los sectores clave de la economía birmana, la inmigración china ha dado lugar a grandes contingentes de población en las ciudades birmanas y el dinero chino ha vuelto ineficaces las sanciones de EEUU contra el régimen. Entonces, ¿por qué se menciona ahora a China como un factor de contención?
La posición diplomática que China adopta por defecto es la de no «interferir» en la política de otros países (especialmente allí donde hay fuentes de energía, recursos naturales o importancia estratégica). Pekín es reacio a que le den lecciones sobre derechos humanos y democracia dentro de sus fronteras, así que es natural que no esté dispuesto a impartirlas fuera.
La intransigencia que China había mostrado en Darfur se diluyó cuando se lanzaron campañas que unían los Juegos de Pekín al apoyo de China al régimen sudanés para componer el eslogan «Olimpiadas del Genocidio». A China, de repente, le pareció oportuno enviar un representante a Sudán y desempeñar un papel más constructivo en los esfuerzos multilaterales para solucionar la crisis. Una presión parecida se está generando en relación a Birmania.
Para Pekín, la visión de decenas de miles de ciudadanos dirigidos por monjes budistas y llevando a cabo protestas pacíficas en la calle se parece mucho a una pesadilla, dado que China tiene sus propias combinaciones potencialmente explosivas de disensión religiosa y civil: los monjes budistas del Tíbet, los musulmanes de Xinjiang, incluso los practicantes del Falun Gong, todos ellos apelan a la autoridad moral para desafiar una autocracia corrupta y egoísta. Un baño de sangre en Birmania tendría, dada la estrecha identificación de China con la dictadura, unas resonancias equivalentes a una masacre de Tiananmen, justo cuando Pekín está puliendo la plata para las Olimpiadas del año que viene. Para China, una negociación sería infinitamente mejor que el derramamiento de sangre y la inestabilidad que podría resultar de él.
La organización menos dañada continúa siendo el partido de su adversaria más odiada, Aung San Suu Kyi, la última interlocutora a la que pueden recurrir. Sin Suu Kyi no cabe solución duradera y negociar una transición ordenada interesa a todas las partes, incluido el ejército. Si los objetivos de China son proteger sus inversiones y la estabilidad regional, es hora de que se dé cuenta de que ambos se consiguen mejor apoyando una transición pacífica a un gobierno constitucional.
Isabel Hilton es analista del diario The Guardian
¿Sanciones cosméticas?La presión internacional no ha frenado jamás a la Junta Militar birmana, cuyas acciones han dividido a la opinión internacional
SEBASTIEN BLANC. France Presse / EL MUNDO
BANGKOK.- La represión en Birmania ha hecho resurgir la vieja controversia sobre la eficacia de las sanciones contra la Junta Militar, mientras los expertos relativizan el impacto de las medidas anunciadas.
Washington prohibió el viernes el visado a una cuarentena de responsables birmanos y ha congelado los bienes a 14 personalidades. Pero los militares han hecho caso omiso a EEUU y no han mostrado deseo alguno de rendirse después de 20 años en el poder, señala Derek Tonkin, un ex embajador británico especialista en Birmania.
Las últimas sanciones no son «pertinentes», declara Tonkin recordando que Washington, ya en 2003 congeló bienes e impuso restricciones a la Junta birmana. «Las últimas medidas son superfluas y están destinadas únicamente a tener un efecto cosmético».
La Unión Europea ha prohibido la entrada en su territorio a 375 miembros del régimen o próximos a él, y trabaja para endurecer las sanciones, probablemente dirigidas a restringir las transacciones comerciales. «No creo que estas medidas hagan cambiar la manera de pensar de la Junta», comenta David Steinberg, experto sobre Birmania en la universidad de Georgetown.
El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha pedido que se detenga toda inversión en Birmania. El gigante petrolero Total ya ha dicho que no invertirá más en este país después de 10 años. Japón ha frenado todo tipo de proyecto de cooperación. Y hay otras llamadas internacionales: las ONG reclaman un embargo de las armas destinadas a Birmania y la prohibición de las inversiones extranjeras en los sectores del petróleo y el gas.
Pero las voces discordantes son elevadas. Las sanciones no «son útiles» para China, son «contraproducentes» según Malasia y «prematuras» para Rusia.
Zaw Oo, investigador en Washington, señala que el 75% de los birmanos depende de la agricultura para vivir. Las medidas punitivas de EEUU y la UE son «insuficientes», asegura Oo, quien recuerda que las grandes fortunas del país tienen cuentas bancarias en Singapur. Y que Birmania es, además, gran productor de heroína.
Así que en la práctica, las presiones occidentales no han hecho sus efectos sobre la Junta Militar, recluida en un esquema de autarquía. Mientras, China, el único país que podría lograr algún resultado, ha rechazado condenar la represión.
Como dice el profesor David Steinberg, «las sanciones sólo sirven para tener buena conciencia».
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Los ecuatorianos deciden hoy si dar un nuevo rumbo al país
La elección de una Asamblea Constituyente es decisiva, a pesar del desinterés de un buen número de votantes
RAMY WURGAFT. Enviado especial
QUITO.- Los ecuatorianos dan inicio a un proceso que puede cambiar el curso de la historia de esta nación andina. Sin embargo, son pocos los que saben de qué trata ese proceso. Más de nueve millones de ciudadanos podrán acudir hoy domingo a las urnas para elegir de entre 3.244 candidatos a los 130 que conformarán la Asamblea Constituyente.A partir de su inauguración, a principios de octubre, esta entidad tendrá un plazo de 180 días para redactar una nueva Carta Magna.
La última encuesta de la agencia Cedatos/Galup, señala que el movimiento Alianza País, que representa al presidente Rafael Correa, obtendría una holgada victoria en los comicios, pudiendo ocupar 71 de los escaños. Si se cumple este vaticinio, no habrá obstáculos para que Correa imponga su sello en la nueva Constitución. Un sello que se traduciría en la disolución del Congreso, en una mayor intervención del Estado en el manejo de la economía, en la expropiación de unidades de producción que el gobierno de turno considere de nulo rendimiento y en la adjudicación por ley de un porcentaje fijo del PIB a la prestación de servicios (como los de educación o salud) a los sectores de bajos ingresos.
Estas propuestas, entre otras varias, configuran la versión ecuatoriana del socialismo del siglo XXI. Las únicas fuerzas opositoras capaces de hacer frente al oficialismo son el movimiento Sociedad Patriótica que dirige el ex presidente Lucio Gutiérrez y el PRIAN, del magnate Alvaro Noboa.
Las 15 listas que restan, o bien son subsidiarias de los tres movimientos más poderosos o bien carecen de un perfil definido y de una consistente base electoral. En el plano individual, Rafael Correa, con un nivel de aceptación del 53%, no tiene rivales capaces de socavar su carisma: Gutiérrez fue destituido en 2005 por un Congreso que no quiso o no se atrevió a sofocar la así llamada rebelión de los forajidos, mientras que Alvaro Noboa fue apabullado por Correa en las elecciones de noviembre de 2006 y se le considera un exponente de la vilipendiada oligarquía criolla.
Voto de confianza
Aprovechando su ascendente, Correa le confirió a estos comicios el carácter de un voto de confianza a su gestión y de censura a los partidos tradicionales, a los que logró colgar el sambenito de corruptos y anticuados.
A pocas horas de la apertura de las urnas, el rasgo más palpable era ayer la apatía de los votantes potenciales. La sola mención del proceso hacía que la gente se encogiera de hombros y repitiese el mantra de que «las elecciones son una pérdida de tiempo porque en Ecuador nada va a cambiar», como dijo Lenin Flores, un albañil.
Un sondeo realizado por la agencia Cedatos en 21 provincias muestra que el 36% de la población aún no ha decidido por quién va a votar y que el 65% desconoce que estas elecciones son para cambiar la Constitución. Polibio Córdova, director de Cedatos, explica que, a pesar de las notas divulgativas que se publicaron en la prensa, «la gente está desorientada por la enorme cantidad de postulantes y porque todos hablan casi de lo mismo».
El sociólogo Mario Unda apunta que el desinterés y la desinformación han sido una constante en los comicios de la última década. «Pero ahora la situación es peor, porque a los ciudadanos les cuesta vincular las propuestas con su realidad».
Los indígenas, desencantados de los políticos «blancos»
QUITO.- En un español salpicado de palabras que suenan como el canto de un ave -el paicoa es un dialecto melodioso-, Luis Anchero asegura que le ha costado trabajo convencer a sus congéneres que acudan hoy a las urnas para elegir a los miembros de la Asamblea Constituyente.
«Conciencia cívica hay de sobra, pero estamos desilusionados de los políticos blancos. Si la famosa Asamblea no trae cambios que se puedan palpar, será la última vez que votemos. Tal vez, algún tipo de autonomía sea la solución para los pueblos nativos de Ecuador», dice el dirigente de los Siona-Secoya.
En Ecuador, existen 10 grupos indígenas que conforman cerca del 40% de la población. En 1986, se agruparon en la CONAIE con el propósito de transformar a Ecuador en un estado plurinacional. Hoy, esta organización es la mejor articulada de Ecuador. Las esperanzas cifradas en Rafael Correa se desvanecieron parcialmente, cuando el presidente ordenó reprimir con fuerza las protestas de los nativos contra las concesiones mineras a PetroChina y a Petrobras.
La historia contemporánea de los indígenas es la historia de un desencanto perpetuo. El 21 de enero de 2000, unos 800 guerreros participaron en el levantamiento que dirigió Lucio Gutiérrez contra el presidente Jamil Mahuad.
«Lucio fue hábil al montar sobre el caballo de nuestras reivindicaciones. De esa forma se ganó el respaldo de Antonio Vargas [entonces presidente de la CONAIE]», dice el dirigente.
Después de pasar un año en la cárcel, Gutiérrez ganó las elecciones presidenciales en alianza con el movimiento indígena Pachacutik. «No se había sentado en el trono cuando firmó contratos con empresas extranjeras para buscar petróleo. ¿Dónde? En las tierras que nos pertenecían por ley. El petróleo es como una maldición para nosotros», culmina Anchero.
GUSTAVO LARREA / Ministro ecuatoriano del Interior
«Somos una fuerza auténtica. No copiaremos modelos ni haremos imitaciones»
R. W.
QUITO.- Sobre la mesa del ministro ecuatoriano del Interior hay tres teléfonos móviles y el que más suena es el que le mantiene comunicado con el presidente Rafael Correa. A Gustavo Larrea, de 59 años, no le gusta alardear, pero la fama de ser el cerebro político del Gobierno le precede.Pregunta.- ¿Para qué necesita Ecuador una nueva Constitución?
Respuesta.- El país requiere un cambio de rumbo, consolidado en los marcos de referencia jurídicos e institucionales. La idea de convocar para tal efecto una Asamblea Constituyente fue aprobada por el 81% de los ciudadanos. Desde hace una década vivimos en una crisis política que ha provocado el derrocamiento de tres gobernantes. Y en una crisis económica que eclosionó en 2000 con el quiebre de la mitad del sistema financiero y con la fuga de muchos ciudadanos intachables [se refiere a banqueros] que se fugaron con 3.000 millones de dólares en los bolsillos. El descalabro provocó la emigración de dos millones de ecuatorianos: proporcionalmente, el mayor éxodo en la historia de América Latina. La Asamblea Constituyente conforma un espacio para dar salida a la inestabilidad política y jurídica que el país ha vivido.
P.- ¿Cuáles son los principios que Alianza País quiere inscribir en la nueva Carta Magna?
R.- Hay dos puntos cardinales. Primero, recuperar el Estado de Derecho en un sentido humanista, que considere la salud y la educación como prerrogativas inalienables y no como mercancías. El modelo neoliberal llegó a tarifar esos servicios, poniéndolos fuera del alcance de la mayoría y eso se debe corregir. Lo segundo es cambiar el modelo económico, construyendo una sociedad de productores y de propietarios. Ecuador es el país que mayor democracia tiene en la distribución de la tierra, pero los pequeños propietarios no han tenido acceso al crédito y asistencia técnica para incorporarse de modo efectivo al proceso de producción.
P.- Los opositores acusan a su Gobierno de conducir a Ecuador hacia el autoritarismo.
R.- Alianza País es una fuerza democrática. Quienes dirigimos este proceso nos caracterizamos por haber luchado contra las dictaduras militares y por haber defendido los derechos humanos.
P.- Pero, ¿cómo se explica que un gobierno democrático quiera disolver el Congreso?
R.- El Ejecutivo jamás se ha propuesto disolver el Congreso. Cierto que el presidente Correa opina que los congresistas se deben ir a casa, pero eso lo debe resolver la Asamblea Constituyente.
P.- Otra de las acusaciones que se le hacen al Gobierno es el despilfarro de dinero fiscal en subsidios de toda índole.
R.- Esa es una barbaridad de la ultraderecha, que raya la estupidez. Mientras que la ONU recomienda invertir en educación el 7% del PIB, Ecuador sólo invierte el 1,6%, una décima más que Haití, que es uno de los países más pobres del planeta. Y en la salud se invierte apenas el 1,2% del PIB. ¡Un escándalo!
P.- Muchos ciudadanos están preocupados por el acercamiento de este Gobierno a Hugo Chávez. Temen que Ecuador también se encamine a una dictadura civil.
R.- Nosotros somos una fuerza auténtica. No creemos en dogmas o sectarismos y pensamos que la experiencia más exitosa, cuando se copia de un país a otro, está destinada al fracaso. Viviremos nuestro propio proceso, con respeto a los modelos establecidos en Venezuela, Chile o Argentina, pero sin hacer imitaciones.
P.- ¿Cómo son las relaciones de Ecuador con Estados Unidos?
R.- En el plano comercial, bastante bien. Tendremos las mejores relaciones con todos los países, pero sin subordinaciones. Ecuador no es el patio trasero de nadie.
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