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domingo, 30 de septiembre de 2007

11-M: Las víctimas del 11-M, ante su penúltimo escalón



Las víctimas del 11-M, ante su penúltimo escalón

La falta de confianza en que la inminente sentencia esclarezca los atentados de Madrid provoca un aumento de su ansiedad

FERNANDO LAZARO

MADRID.-
Para algunos el reloj se detuvo hace muchos meses. El tiempo no avanza y reviven día a día aquella mañana del 11-M que ha cambiado sus vidas para siempre. Su segundero, estancado, les impide avanzar, mirar hacia adelante: pasar página. Su vida se ha convertido en una gran escalera en la que no se ve nunca el último peldaño y que cuesta un enorme sacrificio ascender diariamente; un camino lleno de abismos que impide ningún avance.


Día a día. Hora a hora. Segundo a segundo, el recuerdo de sus seres queridos, cercanos, de los suyos, es permanente. El dolor, constante. El consuelo, prácticamente imposible.

Y el siguiente obstáculo, el escalón de la escalera infinita: la sentencia del 11-M. José Luis, José, Ebelina, Francisco, Mariana, su hija Amparo y Lucendo no tienen ninguna esperanza. No creen que la sentencia arroje definitivamente luz sobre lo que les pasó a sus seres queridos. Esperan más sombras que luces.

Estas víctimas dejaron aquella mañana en los trenes de Madrid, maridos, hijos, mujeres y prácticamente su vida. Y tienen dudas, muchas dudas de que alguna vez se sepa toda la verdad de lo que pasó, de la masacre de Madrid.

El trabajo estos días por parte de las sicólogas es intenso. Las profesionales detectan que la ansiedad ante la sentencia y un posible carpetazo judicial y político a la masacre de Madrid ha provocado un grave trastorno entre los afectados. Están ahora peor, emocionalmente hablando, que cuando comenzó el proceso en la Casa de Campo de Madrid. La terapia es intensa. Porque nadie confía en que la inminente sentencia logre despejar todas las incógnitas.

LA INVESTIGACION

«Nos han estado engañando»

José perdió a su mujer y no cree que el tribunal de la Audiencia Nacional depure las graves responsabilidades o, cuando menos, negligencias, que, a su entender, han quedado claramente demostradas, de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado antes y después de la masacre. «Tantas contradiciones como se han manifestado me hacen pensar que nos han estado engañando. Que se le pare al tío ese, a El Chino, que llevaba de todo en su coche, y que no le pase nada, no lo entiendo. Por menos, cualquiera de nosotros estaríamos en la cárcel. Si aquel día le hubiera detenido la Guardia Civil, probablemente no estaríamos aquí», asegura mirando a los ojos al resto de víctimas que asiste al taller de asistencia sicológica.

Es otro José el que toma el relevo, un José que, acompañado de su mujer, trata de superar la pérdida de su hijo. Pero es muy escéptico. No confía para nada ni en la Justicia ni en las Instituciones: «Los que están en el banquillo son cabezas de turco y lo que está detrás es aún un misterio pero tiene que haber algo muy gordo, muy gordo que será muy difícil conocer. Supongo que la sentencia no arrojará la luz de la verdad». «Tengo muchas preguntas sobre las actuaciones policiales antes y después del 11-M, sobre los movimientos políticos antes y después de los atentados... Y no tengo ni una sola respuesta. Todo son sombras de sospecha», concluye.

Y es Lucendo, que también tuvo que enterrar a su hijo tras la masacre, el que pone sobre la mesa uno de los debates que entonces estuvieron más encendidos: «¿Por qué se celebraron unas elecciones en aquel momento y no se aplazaron? ¿Qué problema había? ¿Por qué tantas prisas? ¿Y cuál es el problema de que las próximas elecciones generales se celebren en otra fecha, apartada del aniversario de los atentados? ¿Por qué no se tiene un poco de respeto por nosotros?».

LA SENTENCIA

«Nunca sabremos todo lo que pasó»

Francisco, que perdió a su mujer en Atocha, no entiende cómo fue posible que todos los que están presuntamente implicados en los atentados estuvieran identificados, fueran conocidos de las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado e, incluso, muchos de ellos, fueran informadores y cooperadores policiales, y, aún así, pudieran perpetrar los atentados. «Es que no tiene ningún sentido», asegura.

Pero sus dudas aumentan. ¿Y si sobre estos implicados hubiera habido algún control policial, algún seguimiento, que se les hubiera ido de las manos? «A mí no me gusta que me tomen el pelo y que no se sepa cómo ha sido y se trate de ocultar cómo sucedieron los hechos», asegura.

Y es el primer José el que pone sobre la mesa uno de los temas, una de las polémicas que más malestar provoca durante la reunión: «¿Pero cómo es posible que la Policía y el juez decidieran destruir los trenes, los elementos que hubieran permitido probablemente averiguar más datos sobre la autoría? ¿Cómo vamos a fiarnos de ellos después de actuaciones así?». «Pero si prácticamente sólo han podido analizar un tornillo para averiguar qué estalló en los trenes? Un tornillo», apuntala Lucendo.

Ninguno de los presentes cree que hay la más mínima posibilidad de que la Justicia esclarezca toda la verdad. Pero sí apuestan por una vía que, por lo menos, les daría «alguna satisfacción»: que el tribunal deduzca testimonio contra los responsables policiales que, a su entender, han quedado en evidencia durante el proceso por mentir o por quedar acreditadas sus negligencias.

«Lo que pasa es que da la sensación de que todo el mundo: Justicia, partidos, sociedad... quieren dar por cerrado el caso. Quieren echar la llave a la caja de los truenos y tirarla al mar. Y para ello, las víctimas, como ya pasó en épocas anteriores, somos muy molestas», apunta de nuevo José, que se muestra convencido de que en Leganés cayeron todos los que sabían algo de los atentados. «¿El petardazo se lo dieron ellos solos o se lo dieron otros y antes?», se pregunta.

Mariana también perdió a su hijo. Su dolor fue intenso. Los servicios de emergencia tardaron seis días en confirmarle que era una de las 192 víctimas. «Nunca sabremos todo lo que pasó», se lamenta. Sus compañeros de terapia asienten con melancolía. Sólo uno, Lucendo, se muestra convencido de que finalmente, serán los medios de comunicación («algunos, porque siempre son algunos pocos») los que arrojarán la luz definitiva.

Francisco trata de lanzar un mensaje de futuro, con algo de optimismo. «Trataremos de salir adelante, de seguir con nuestras vidas, pero si no nos dicen lo que pasó realmente, nunca podremos superarlo del todo». «Si encima de que te han matado a tu hijo te quieren quitar y apartar para que no molestes, aunque no te digan la verdad, es muy difícil salir adelante», insiste también Lucendo.

LAS ELECCIONES

«¿Quién nos garantiza que no va a volver a pasar?»

«Pero no tenemos que olvidarnos», asegura Mariana, de que el atentado «ha sido por la política, por cambiar de Gobierno. Esa es la verdad. Por eso, mientras que no me quede claro todo, yo no voto», asegura Francisco. Y es aquí donde interviene Amparo, quien perdió a su hermano en el 11-M. «Ese es el problema. ¿Y quién te dice que no puede volver a pasar lo mismo?, ¿que los terroristas hayan visto que pueden cambiar un Gobierno y lo intenten hacer de nuevo ahora? A mí me dan miedo los meses que vienen. ¿Quién me convence, quién me garantiza a mí que no puede volver a pasar? Y seguimos sin estar preparados. Este país es de los pocos que no aprendemos de lo que ha pasado. Perdemos el tiempo mirando hacia atrás cuando hay que mirar también hacia adelante para que no se vuelva a repetir. Es que el metro va lleno de gente, al fútbol van miles de personas... Hay cantidad de situaciones en las que hay multitudes de gente y seguimos sin estar preparados».

APOYO SOCIAL

«Nos quieren esconder en una urna de oro y tirar la llave»

«Siempre nos pasa a los mismos, a los que tenemos que viajar en metro, a los que tenemos que sufrir colas, a los trabajadores...», asegura Mariana, quien también perdió a su hijo. «Cuando viajo en el metro y se detiene más del tiempo habitual me pongo muy, muy nerviosa. Cuando los vagones van llenos de gente, las imágenes del día en que mataron a mi hijo me vuelven a la cabeza una y otra vez y se me encoge el estómago», recuerda. «En otros países, cuando pasan unos hechos así, toda la sociedad se da la mano. Vamos todos juntos. Aquí, todos a tirarnos de los pelos y, cuando escampe, a esconder a las víctimas en una urna de oro y a tirar la llave», sentencia José Luis mientras su mujer asiente.

Las sicólogas Syra y Cristina tratan de que las víctimas encuentren estímulos positivos en la vida para hacer frente a la tensión que aún les espera. Las recomendaciones son claras: buscar el apoyo de la familia y el abrigo de los amigos; oxigenar la cabeza en el trabajo; mantener unos hábitos de vida saludables y cuidarse de uno mismo, prestar atención al aspecto de uno mismo.

«Soy autónomo y mi trabajo lo he llevado adelante. Me ha servido de mucho. Si no hubiera tenido mi trabajo hubiera necesitado más asistencia», asegura Francisco.

Todos destacan la importancia del apoyo de la familia para recuperarse. Para Mariana ha sido mucho más importante el apoyo de la familia. El asesinato de su hijo no ha desestructurado su entorno sino que, al contrario, ha reforzado todos los lazos con los suyos. Isabel también se siente más arropada por los suyos desde la pérdida de su hermano. «Mi hermano y yo éramos uña y carne. Gracias a que tengo una familia que no me la merezco y que estamos más unidos que nunca para superar la tragedia. Aprovechamos cualquier minuto para estar juntos. No hace falta ni que hablemos».

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