e-pesimo Auxiliar 1

Auxiliar1, Auxiliar2, Auxiliar3 y Auxiliar4 son Blogs auxiliares de e-pesimo y de epesimo

Actualización de madrugada

Mi foto
Nombre: e-pesimo
Lugar: Cantabria, Spain

domingo 22 de abril de 2007

RECETARIO DE ADOLFO SUAREZ PARA EL PRESENTE



CRONICA
LIBRO / «PASION POR LA LIBERTAD»
RECETARIO DE SUAREZ PARA EL PRESENTE

EL PENSAMIENTO de Adolfo Suárez sigue vivo, como puede comprobarse en el extracto de varios capítulos del libro «Pasión por la libertad». Escrito por Federico Quevedo, y prologado por el hijo del ex presidente, asombra descubrir la vigencia del análisis del líder centrista y la utilidad que su manera de hacer política tendría en estos días. El libro sale a la venta esta semana


LA RECONCILIACION

«El tránsito del sistema autocrático a la democracia plena que debía articular la gran reconciliación nacional que todos deseábamos no era de fácil realización. Un sector de la minoría entonces dirigente solo admitía un revoco de fachada que asegurara la continuidad del Régimen. Otros, por el contrario, pretendían hacer tabla rasa de todo, desconociendo, incluso, el dato fáctico de nuestra convivencia real», explica el ex presidente.

Suárez comprendía que, hasta ese momento, la sociedad española había vivido sometida a una especie de determinismo histórico, un fatalismo que había privado de libertad a todas las estructuras que componían el edificio social que heredábamos del franquismo. Era estrictamente necesario, inculcar en la sociedad un concepto moral de libertad (...). Dicho de otra manera, la reconciliación eliminaba uno de los principales obstáculos a la libertad: la confrontación.

Las sociedades enfrentadas no pueden ser libres, porque siempre tiende a haber un grupo social que busca su supremacía sobre el otro u otros, lo cual conduce inexorablemente a toda clase de enfrentamientos y contiendas, enemigos ambos de la libertad. La concepción liberal de la democracia solo entiende la convivencia en libertad dando sentido a la primera de las dos palabras, es decir, la convivencia, y necesariamente ésta solo es posible de conseguir en un marco de ausencia de razones para el resentimiento y la confrontación. La única manera de lograr ese escenario propicio a la libertad era teniendo el valor «de no buscar culpables del pasado, de no plantear la Historia de España como un drama entre buenos y malos. Lo importante no es -no era- remover las cenizas del pasado, sino colocar los cimientos del futuro».

EL CONSENSO

Pero, ¿era necesario el consenso? Me van a permitir que me zambulla en una idea que, seguro, también va a contar con muchos detractores, pero lo cierto es que el consenso se ha manoseado en todos los estados occidentales, convirtiéndolo en una especie de divinidad de la democracia sin la cual es prácticamente imposible gobernar (...). Dicho de otra manera, los electores no votan a un partido para que gobierne de la mano de su adversario. El problema radica, por tanto, tal y como explica el profesor Francisco Sosa Wagner , en que se ha pervertido la propia esencia de la democracia que ha dejado de ser un sistema de representación de la soberanía popular dando paso a un sistema partidario en el que los ciudadanos sólo tienen voz cada cuatro años y a los que luego se deja de escuchar hasta la siguiente llamada a la urnas.

Bien, el propio Suárez reconoce que las circunstancias que rodearon la Transición son muy peculiares, y que «los pasos que se dieron no son trasladables a cualquier otro lugar y tiempo». Era firme partidario de una democracia en la que gobernara la mayoría y en la que funcionara la alternancia en el poder, pero en la que también funcionara un cierto grado de consenso en las cuestiones fundamentales: «El Gobierno no sólo ha de practicar el respeto a las minorías, sino que en las cuestiones fundamentales ha de procurar llegar a un acuerdo con ellas, recogiendo cuanto de razonable y legítimo haya en sus posiciones».

Lo que nos enseña la Transición española es que el consenso es una fórmula necesaria para alcanzar los grandes retos. Tras la muerte de Franco nuestro país se debatió entre el continuismo y la ruptura violenta. Suárez abogó por terminar con el Régimen pero de manera que no significara un nuevo enfrentamiento civil. En esas circunstancias, solo el consenso podía hacer posible semejante reto, sobre todo a la vista de las experiencias anteriores, especialmente la de la II República. De ahí que Suárez se convirtiera en una especie de paladín del consenso, la única manera de sacar adelante una Constitución que fuera de todos, y que, como él mismo decía, sirviera igual «para que gobernara la derecha que para que gobernara la izquierda» (...) La experiencia nos ha indicado después que la ausencia de consenso en cuestiones básicas como la Educación o la Política Exterior han traído más problemas que otra cosa. De hecho, en Suárez, y sobre todo a raíz de que la izquierda alcanzara el poder y él mismo se viera rechazado en reiteradas ocasiones por Felipe González, hay una evolución hacia una consideración mucho más realista del consenso.

ESPAÑA AUTONOMICA

Suárez afirma que «frente a un modelo centralista, la superioridad de unas fuertes autonomías territoriales viene apoyada desde distintas perspectivas:

1.- En el plano organizativo estricto, las estructuras centralistas se descalifican rápidamente por rígidas, sin flexibilidad para adaptarse a las circunstancias diferentes. La experiencia revela que una descentralización del poder de decisión asegura inmediatamente un rendimiento superior y una huida de las trampas burocráticas

2.- En el orden político, las fórmulas autonómicas, bajo una u otra forma, permiten asociar en los procesos de decisión a las poblaciones interesadas y destinatarias directas de los servicios públicos. Y de esta incorporación se obtiene no solo una mayor satisfacción política, sino que también se gana en acierto de las decisiones.

3.- En el terreno básico de la libertad, la cercanía de los poderes de decisión a los ciudadanos, que resuelven sus 'propios asuntos', garantizan un ámbito de libre desenvolvimiento y de libertad mucho más efectiva que el que puede resultar de situar a la población como un objeto a gobernar desde burocracias lejanas y formalizadas».

Hasta aquí, por tanto, estamos de acuerdo en la bondad de la descentralización, no como concepto de ruptura de la unidad sino, precisamente, como idea de reforzamiento de la misma dentro de la pluralidad: «El Estado de las Autonomías es no sólo una estructura que evita los abusos de un poder centralizado y concentrado sino, además, un nuevo modo de gobernar en el que todos los pueblos de España participan como tales», afirma Suárez, para añadir a continuación que este nuevo modelo de estado no se dibuja sólo en un mero proceso de transferencias, sino que «es preciso asumir el hecho autonómico en toda su integridad y culminar un proceso que entraña la división horizontal del Poder político en sí mismo». Ese fue el principio que inspiró el modelo de Estado de las Autonomías tal cual lo idearon los hombres que hicieron posible la transición, con Suárez a la cabeza.

Y aunque bien es cierto que en la negociación y en la búsqueda del consenso hubo que hacer ciertas concesiones a los particularismos, precisamente para que estos aceptaran como máximo un modelo que les otorgaba autogobierno con unos niveles competenciales desconocidos en el resto del mundo, también lo es que la pretensión de los constituyentes y, sobre todo, como veremos a partir de ahora, del fundamento liberal con que Suárez impregnó la Transición, era la de impulsar una descentralización burocrática fuerte, un nuevo modo de gobernar, «el único que garantiza la realidad de la democracia en todo el país, al salvaguardar la libertad de nacionalidades y regiones y establecer su auténtica participación y representación en el Estado». Lo que no se pretendía era favorecer particularidades que, por sí mismas, implicaban diferencias insalvables entre españoles de una región y otra, creando agravios comparativos que hubieran hecho imposible la consolidación de la democracia liberal.

¿NUEVA CONSTITUCION?

No deja de ser un sin sentido el pretender una reforma constitucional cuyo único objetivo sería, obviamente, transformar por completo ese modelo para dar el paso definitivo a un modelo de confederación de Estados soberanos (...). Lo explica Suárez al señalar que si bien la Carta Magna es reformable y ella misma prevé los procedimientos para su reforma, sería un sin sentido hacer eso: «Lo único que, a mi juicio, no cabe hacer, es cambiar el sujeto del poder constituyente, el titular de la soberanía nacional que es el pueblo español en su conjunto».

Sin embargo, la ambición nacionalista, llevada por ese victimismo con el que se presenta en sociedad como un producto de la opresión del Estado centralista, precisamente lo que pretende, por la vía de los hechos consumados, es cambiar el sujeto mismo del constitucionalismo moderno. ¿Se puede negociar una reforma para mejorar el modelo de Estado? «Dentro de esto todo es factible -dice Suárez-, aunque no todo sea oportuno o conveniente. El diálogo es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo pero en él hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores».

La realidad es que la Constitución de la Concordia es la única garantía jurídica que tenemos para poder sostener la idea de nación tal y como la hemos entendido estos últimos quinientos años. Pero esta idea vive permanentemente atacada por la pretensión soberanista y por eso decía Ortega que «en el secreto inefable de los corazones se hace todos los días un fatal sufragio que decide si una nación puede de verdad seguir siéndolo» . Mejor no poner en riesgo los valores que sustentan el Estado y la idea de España aceptando, como mal menor, la negociación de los principios: «Hay valores, entre ellos y en primer lugar la propia democracia, que no están ni pueden estar en la negociación política. Son muy pocos, pero son esenciales», afirma Suárez.

El victimismo nacionalista no puede empañar el esfuerzo común, ni mucho menos imponer a la mayoría una concepción del Estado que no forma parte de la idea común. «La democracia (...) tiene muchas virtudes y unos pocos defectos. El peor de estos es quizá su dificultad para hacer frente a las agresiones irracionales. Y la construcción del Estado de las Autonomías es nuestra única salida, pero también el principal riesgo que amenaza a nuestra aún frágil democracia», afirmaría Suárez en aquel entonces.

Es más, años más tarde, en una reflexión sobre la tregua de ETA de 1998, Suárez escribía sobre el incipiente embrión de la presión nacionalista dirigida a la definitiva ruptura del modelo territorial, y llamaba la atención sobre el «griterío nacionalista cuyas reivindicaciones ponen en peligro la integridad de España, la configuración autonómica del Estado y golpean duramente la Constitución» (...).

En pocos años, y una vez que las comunidades llamadas históricas lograron un nivel de Competencias envidiable, el recurso a las costumbres y a la Historia se hizo permanente para conseguir aún más, tanto como el Estado pudiera ceder, que a los ojos de los nacionalistas más radicales era, y es, todo. «Tan grave es lo que está ocurriendo que se le puede calificar de terrorismo verbal -escribiría Suárez-. Unos, sobre la base de los derechos históricos, solicitan el derecho de autodeterminación para el País Vasco. Otros, desde la tesis de la soberanía compartida, lo solicitan para Cataluña. Ellos mismos se dan cuenta de la gravedad de lo que piden. Los nacionalistas catalanes señalan que la salida de la autodeterminación puede no ser la independencia, sino la nueva articulación de su Comunidad en el Estado español. Es muy difícil que el ritmo de la marcha hacia la autodeterminación para la independencia admita un brusco viraje para el camino -en su concepción, secundario- de una nueva forma de incorporación al Estado. Además, tanto la Confederación como la federación son caminos hacia la independencia, sobre todo el primero. Así los conciben».

Suárez, sin embargo, es plenamente consciente de que a las pretensiones nacionalistas no cabe responder desde lo que se ha querido llamar el «nacionalismo español', desde la idea sobreponderada de la patria, desde la «glorificación de la Historia de España». Ese fue el camino que siguieron otros en otros tiempos, y condujo a mayores enfrentamientos y a tensiones innecesarias. La Transición nos había dado un elemento de unidad y de consenso, un recurso para la defensa de la idea de nación y de la democracia liberal, una fórmula para evitar los excesos del nacionalismo radical a través, precisamente, del consenso y el diálogo: la Constitución, que es la que establece el marco que define la nación.

«España es el ámbito geográfico, político, social, económico y cultural en que la democracia y las autonomías han sido posibles. Cambiar el ámbito supone arriesgar todo lo que, con él, se ha conseguido. Hay que centrarse en lo que supondría la ruptura de ese marco, en todos sus aspectos», afirma Suárez. Y añade: «El enfrentamiento verbal radical siempre ha conducido a los españoles a un enfrentamiento vital». Por el contrario, Suárez defiende, de nuevo, el consenso como la base de respuesta a la ambición nacionalista, el consenso, claro, entre los dos grandes partidos llamados a gobernar España: «Un consenso de los partidos nacionales sobre la integridad de la nación española y sobre la estructura autonómica del Estado puede ser importante. Su cristalización parlamentaria y política parece necesaria». Viniendo de quien había protagonizado uno de los mayores esfuerzos de consenso de la historia de España, merecería la pena, al menos, una reflexión sincera y sin la clase de egoísmos que tantas veces los políticos ponen sobre la mesa.

¿EXISTE EL CENTRO?

No es baladí esta afirmación. El liberalismo, diría Suárez, es «el más vigoroso defensor de los derechos individuales y el reformismo mantuvo una concepción de la propiedad, del capital y de las reformas sociales muy similar» a la que alimentaba el espíritu con el que nació el centro-reformismo español, conectando con un sentir que se había demostrado mayoritario en la sociedad española. Suárez había comprendido que había que volver a las esencias, no solo del liberalismo de Montesquieu, Tocqueville, Adam Smith, Hume e incluso Locke, sino más atrás, a los principios que emanaron de la concepción misma de la democracia expuestos por Tucídides, Tácito, Pericles, Cicerón, incluso algo más tarde Erasmo y Montaigne. La pasión por la libertad vibraba por las venas de ese nuevo movimiento centrista que nacía de las cenizas del liberalismo (...).

«Por eso nosotros -afirmaría Suárez- hemos tenido la valentía de definirnos como un partido interclasista. Porque no entendemos que el trabajo y la libre iniciativa deban ser enemigos irreconciliables en una sociedad cuyo valor básico es precisamente la defensa de la libertad. Y por eso mismo el centro es el lugar de convergencia de gentes de distinto origen y extracción social pero que saben que pueden sentirse hermanadas y cooperar en la construcción de un mundo más solidario. ¿Cómo podríamos ser éticamente interclasistas si sólo tuviéramos en cuenta los intereses de los patronos? ¿En base a qué seríamos fieles a un electorado más modesto que el de los partidos marxistas y de clase si sólo prometiéramos la perduración del modelo social y no su reconstrucción desde los cimientos de la ética cristiana y no desde la tentación totalitaria y materialista de los partidos marxistas?».

«Pasión por la libertad» (Ed. Altera), a la venta desde el pasado miércoles

0 Comments:

Publicar un comentario en la entrada

Links to this post:

Crear un enlace

Home

Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis

Visitor Map
Create your own visitor map!