e-pesimo Auxiliar 1

Auxiliar1, Auxiliar2, Auxiliar3 y Auxiliar4 son Blogs auxiliares de epesimo y de e-pesimo

Actualización de madrugada

Mi foto
Nombre:
Lugar: Cantabria, Spain

viernes, 1 de septiembre de 2006

EDITORIAL: ¿QUIÉN COLOCO LA MOCHILA QUE CAMBIO LA HISTORIA DE ESPAÑA?

Por razones de espacio trasladado a http://e-pesimoauxiliar3.blogspot.com/2006/09/editorial-quin-coloco-la-mochila-que.html

7.40: una hora que rompe la lógica de los atentados

Por razones de espacio trasladado a http://e-pesimoauxiliar3.blogspot.com/2006/09/740-una-hora-que-rompe-la-lgica-de-los.html

La Policía concluye que la mochila del 11-M 'pudo ser manipulada en el Ifema'

Por razones de espacio trasladado a http://e-pesimoauxiliar3.blogspot.com/2006/09/la-polica-concluye-que-la-mochila-del.html

11-M: el estado de la cuestión

Por razones de espacio trasladado a http://e-pesimoauxiliar3.blogspot.com/2006/09/11-m-el-estado-de-la-cuestin.html

martes, 29 de agosto de 2006

ETA MANTIENE LA BAZA DEL TERROR MIENTRAS AMPLIA SU ESPACIO POLITICO



EDITORIAL: ETA MANTIENE LA BAZA DEL TERROR MIENTRAS AMPLIA SU ESPACIO POLITICO

La noticia que hoy abre la portada de EL MUNDO no debería sorprender a nadie. Que ETA haya explosionado un coche en Francia a finales de junio forma parte de lo esperable de una organización que ha hecho del asesinato su principal medio de actuación. Sin embargo, la historia que publicamos hoy es un síntoma más -y ya van muchos- de que la banda no está pensando en su disolución ni en su conversión a medio plazo en una mera asociación política. ETA sigue siendo una organización terrorista y aprovecha el espacio que ingenuamente le brinda el Gobierno para avanzar en sus objetivos políticos sin dejar por eso de adiestrar a sus comandos por si un día decide -como amenaza en sus comunicados- volver a matar.

En realidad, la conducta de la banda difiere bien poco de la de la tregua de 1998. ETA nunca dejó de abastecerse ni de entrenar a nuevos comandos, avivó la kale borroka y no abandonó en ningún momento las redes de extorsión. Después del alto el fuego declarado en marzo, la banda ha continuado con todas estas actividades, por más que el Ejecutivo haya tratado de disculpar o de minimizar sus actos.

Fuentes policiales aseguran que desde la entrada en vigor de la tregua, el 24 de marzo, los etarras han robado seis coches en Francia y han abandonado casi una docena. Sus miembros han dejado su rastro por algunos pisos del sur del país vecino, donde el ir y venir de comandos no es inferior al de los tiempos en que la banda estaba presuntamente más operativa. En cuanto a los explosivos, hay que recordar que ETA robó en Francia en diciembre del año pasado 1.300 kilogramos de polvo de aluminio, una sustancia que se utiliza en la fabricación de amonal y amosal.

Pese a los continuos desmentidos del Ministerio del Interior, la red de extorsión de ETA permanece activa y ha enviado cartas después de la tregua. Lo demostró en junio la operación del juez Grande-Marlaska contra el entorno del bar El Faisán, abortada por cierto por un chivatazo que -ya nadie duda- partió del entorno del turbio comisario general de Información, Telesforo Rubio.

No cabe duda de que el planteamiento temerario del Gobierno ha ayudado a reorganizarse operativamente a una ETA derrotada por el acoso policial y la Ley de Partidos, pero hay otros efectos igualmente perniciosos. En estos meses, la cohesión de la sociedad vasca se ha debilitado, como refleja la encuesta que hizo pública ayer el Gobierno vasco. El lento pero imparable ascenso del porcentaje de ciudadanos que votarían en un referéndum a favor de la independencia (38%) es preocupante, pero lo es más la nota que recibe Otegi (3,4). Que quien no ha condenado nunca la violencia obtenga una valoración que está tan por encima de la de María San Gil (2,2) y de la de Rajoy (2,1) es en buena medida el triste resultado del status de interlocutor político que le ha regalado el Gobierno.

Zapatero debe reflexionar sobre las consecuencias de su temerosa estrategia, que ha impulsado a una ETA que continúa entrenándose con impunidad en Francia mientras en España su brazo político se pasea a su antojo por el espacio público como si nunca hubiera sido ilegalizado.

ETA hizo estallar a finales de junio un potente artefacto en un vehículo robado en Francia.



ETA hizo estallar a finales de junio un potente
artefacto en un vehículo robado en Francia

MADRID.- Agentes de la Gendarmería francesa hallaron un vehículo totalmente calcinado con restos de un potente artefacto explosivo en su interior a finales del mes de junio en la localidad de Noailles, al nordeste de Burdeos. Las Fuerzas de Seguridad españolas, tras recibir la información de los investigadores franceses, concluyeron que el automóvil pudo formar parte de una sesión de entrenamiento de un comando de la banda que se produjo tras el alto el fuego.

El Ministerio del Interior confirmó el hallazgo pero, lejos de considerarlo un ejercicio de adiestramiento, precisó que «ETA habitualmente destruye los coches que utiliza, bien quemándolos o, en algunos casos, explosionándolos».

Interior realizó esta aclaración esgrimiendo las notas oficiales remitidas por la sección Antiterrorista de la Fiscalía de París, después de tener conocimiento de las primeras informaciones sobre el suceso, difundidas por la cadena Ser.

Los datos que llegaron a los investigadores de la Policía y la Guardia Civil indicaban que el pasado 27 de junio, varios agentes de la Gendarmería francesa fueron alertados de la existencia de un vehículo totalmente calcinado en una pista forestal de la pequeña localidad de Noailles, en el departamento francés número 19 al suroeste del país.

La inspección posterior permitió averiguar que se trataba de una furgoneta modelo Peugeot Partner que había estallado al serle colocado un fuerte explosivo -algunas fuentes señalan que podía tratarse de una bomba-lapa- e indicaron que el hecho podía haberse producido en el transcurso de unos cursillos de adiestramiento efectuados por los terroristas de ETA.

Según fuentes consultadas por este periódico, los expertos policiales franceses, tras realizar una exhaustiva inspección, concluyeron que la explosión se había realizado la víspera del día 27 o en esa misma jornada.

El vehículo había sido robado en la localidad de Roziers, el 9 de marzo de este mismo año, unos 15 días antes de que la dirección de ETA anunciase el alto el fuego. Según estas informaciones, el chasis estaba absolutamente quemado, presentaba dos orificios notorios, uno en el suelo y el otro en el techo de la carrocería, y restos del explosivo. En un primer momento, los expertos franceses pensaron, dadas las características que presentaba el vehículo, que los terroristas podían haber estado ensayando con nuevos mecanismos de explosión y sistemas distintos de activación de bombas lapa.

Sin embargo, una segunda revisión de los restos del coche llevó a la conclusión de que no tenía por qué haber nada distinto en el artefacto colocado, sino que los mismos efectos pueden conseguirse armando la bomba lapa o cualquier otro artefacto, con una mayor cantidad de explosivo. Si normalmente suele emplearse medio kilo de dinamita o dos de amosal para hacer estallar un utilitario, el empleo de más de cinco kilos podría ocasionar los dos boquetes constatados.

Los datos con los que cuentan las Fuerzas de Seguridad acreditan que las actividades de los terroristas de la banda huidos al país vecino se han venido manteniendo en los últimos meses.

Desde que fue anunciado el alto el fuego, han sido localizados varios pisos que habían sido utilizados por los distintos comandos. También se ha registrado el robo de una media docena de coches y una docena de vehículos han sido hallados con las placas dobladas, lo que indica que habían sido utilizados por miembros de ETA. Oficialmente, estos robos siempre han sido atribuidos a la necesidad de encontrar un modo de moverse en la clandestinidad por parte de los terroristas.

http://www.elmundo.es/diario/espana/2017684.html

lunes, 28 de agosto de 2006

Vera libre.



Vera libre. Por Gabriel Albiac.

Cuando al horror del 11 de marzo de 2004 sucedió el asombro y luego la sospecha, opté por suspender el juicio. Me pareció lo más sensato, en aquel vórtice de hipótesis pavorosas. Sólo una cosa escapaba a duda: la incoherencia de la versión oficial, a la cual el nuevo Gobierno se aferraba con crispación enferma. Mes tras mes, de aquella versión sólo fue quedando una penosa instrucción judicial cuajada de contradicciones, y la certeza de que jamás se le permitirá al ciudadano atisbar una tilde de lo que pasó. Yo, aturdido como todos por aquel barullo de inverosimilitudes erigidas en dogma y de verosimilitudes inaceptablemente horribles, opté por aguardar la irrupción de un criterio. No universal, desde luego. Parcial, negativo. Di en formularlo así: el día en que Rodríguez Zapatero libere a los jefes del GAL aún encarcelados, sabremos que es hora de plantearse la hipótesis peor acerca del atentado que, mediante doscientos asesinatos, volcó, no unas elecciones, sino el destino de España.

Rafael Vera está en la calle. Era el último de los señores de las sombras en la ominosa era felipista. Puede que el más sórdido. Sin duda, el más peligroso. La justicia logró atraparlo por dos sólo de los crímenes de aquel Estado delincuente de los años ochenta. Hubo otros. Más atroces. Que, o bien fueron cargados sobre subordinados, como la desaparición, tortura y asesinato de Lasa y Zabala, o bien naufragaron en el silencio. Pero las dos condenas de Vera son de las que matan el honor de un hombre. Si es que de un hombre capaz de eso tiene el menor sentido enunciar el sustantivo honor.

Vera fue condenado, primero, junto con su cómplice y superior jerárquico, el ministro socialista (antes, carlista) José Barrionuevo, por el secuestro de aquel pobre Segundo Marey al cual hicieron vivir vísperas de asesinato durante absurdos días, sin más motivo que una perversa amalgama de maldad e incompetencia. Poco pagaron ambos por la vileza. Aún recuerdo -y juro no olvidar- los rostros de las apologistas del terror de Estado que bailaban su corro de la patata ante la cárcel de Guadalajara en honor de los criminales conmilitones. A los tres meses, ambos estaban fuera. Indultados. Es la vergüenza mayor de los años Aznar.

Vera fue condenado después como ladrón. Sin más historia. De los cientos de millones que pudieron contabilizarse (lo no contabilizado no es punible), Rafael Vera proclamó, arrogante, que no devolvería un duro. Y está en la calle. Ahora. El hombre que desdobló el Ministerio del Interior felipista en dos cosas: a) un aparente ministerio convencional; b) la más tenebrosa trama delictiva que ha sufrido este país tras el franquismo.

¿Se planteó el PP, en algún momento de sus ocho años de gobierno, desarticular esa mafia? ¿O dio de bruces con ella en un 11 de marzo? Vera está libre.


http://www.larazon.es/noticias/noti_col29490.htm

De los GAL al 11-M ...



CARTA DEL DIRECTOR PEDRO J. RAMÍREZ
DE LOS GAL AL 11-M

Pocos meses antes del juicio por el infame montaje del que fui víctima hace nueve años el ex gobernador civil de Guipúzcoa José Ramón Goñi Tirapu visitó a mi abogado para ofrecernos desvelar con todo lujo de detalles que fue Rafael Vera quien le entregó los 50 millones de pesetas con los que se pagó tal vileza, a cambio de que yo le otorgara el «perdón del ofendido» que le permitiría eludir la condena o al menos la prisión. Nuestra respuesta fue que la verdad no era un objeto de trueque y que si su testimonio era fruto de un acuerdo quedaría desnaturalizado ante el tribunal. Que actuara, pues, según su conciencia.

La misma mañana en que comenzó la vista oral Goñi reiteró su oferta y recibió idéntica contestación. Cuando llegó su oportunidad guardó silencio. Tanto él como sus cómplices -incluido el que fuera ayudante personal de Felipe González en La Moncloa Angel Patón- fueron condenados a diversas penas de cárcel y Vera, sentado durante una semana en aquel ignominioso banquillo, quedó absuelto porque, según la sentencia, «disponemos de un juicio de probabilidad sobre su participación en los hechos enjuiciados, pero el de certeza se nos muestra dudoso».

Es evidente que si su antiguo subordinado hubiera testificado lo que él mismo vivió, esa duda se habría disipado y Vera sumaría ya una tercera condena a los 10 años de cárcel que mereció por secuestrar a Segundo Marey y a los siete que recibió por apropiarse de los fondos reservados del Ministerio. El escándalo que le produjeron las circunstancias de este latrocinio fue, según Goñi Tirapu -tieso como la mojama tras muchos años de servicios a la causa-, lo que le impulsó después, cuando ya no tenía nada que ganar pues estaba cumpliendo su condena, a revelar una parte de su secreto en una entrevista periodística. «En el chalé donde me entregaron los 50 millones estaba Rafael Vera», declaró el pasado mes de octubre a Antonio Rubio. Tratándose de cosa juzgada y resuelta en sentencia firme estamos, por desgracia, ante una confesión sin efectos procesales; pero ahí queda para completar en las hemerotecas el verdadero retrato del mayor delincuente en serie que ha ocupado un tan alto cargo público en toda nuestra historia moderna y contemporánea.

Este es el individuo al que el Gobierno excarcela ahora antes de que haya cumplido la cuarta parte de su condena, concediéndole un tercer grado sin justificación ética ni coherencia legal. El mismo que saldó su primera condena por la abducción y el ensañamiento que padeció aquel pobre viajante con poco más de 100 días de prisión. El mismo que también fue absuelto «por falta de pruebas» en el juicio por las torturas y el asesinato de Lasa y Zabala. El mismo que nunca ha tenido ni siquiera que responder ante la justicia por esas dos docenas de restantes crímenes de los GAL, presuntamente organizados bajo su dirección y con su financiamiento, que llevan visos de quedar impunes. El mismo que aún tiene abierto el sumario por los maletines repletos de dinero entregados a las mujeres de Amedo y Domínguez en Suiza para comprar su silencio.

¿Quién está ahora realizando un último -o penúltimo- pago por el suyo? ¿Rubalcaba? ¿González? ¿Zapatero? Y, sobre todo, ¿qué es lo que ahora sabe y calla Rafael Vera?

He comenzado mi carta de hoy con el episodio inédito del ofrecimiento de Goñi Tirapu para no ocultar a los lectores hasta dónde llega mi constancia sobre la falta de escrúpulos de este canalla, aún protegido por una parte significativa del PSOE, que trató de orquestar mi asesinato civil, confundiéndose de víctima y de país. Sin embargo lo sustantivo en este asunto no tiene para mí nada de personal. Una y otra vez he reiterado que la única cárcel en la que deseo que queden encerrados para siempre tanto quien amparó su saga delictiva, como sus cerriles sicarios, como el propio Vera-Beria es la cárcel de la Historia. No es una evanescente e insípida venganza meridional, sino la verdad completa sobre sus guerras sucias, lo que como ciudadano y como periodista voy buscando.

Lo que más me subleva no es, por lo tanto, el injusto beneficio penitenciario que en la práctica va a permitir que -embargos al margen- disfrute en libertad del producto de su masivo saqueo del erario sin haber mostrado arrepentimiento alguno, ni tan siquiera intención de devolverlo. Lo que más me indigna no es, en consecuencia, el agravio comparativo que este trato de favor supone respecto a los casos de Mario Conde o Luis Roldán, que han estado encarcelados durante años y años por delitos similares, o respecto a los casos de Sancristóbal y Rodríguez Colorado, que han tenido que reintegrar cantidades menores -e incluso siguen haciéndolo a plazos- para que el Estado pueda ser magnánimo con ellos. En términos concretos el régimen de casi libertad plena de Vera va a diferir muy poco del que tan benévolamente se le venía ya aplicando.

No, lo que más me subleva, indigna y escandaliza es que, al pairo de la dispersión agosteña, se consume un apaño propio de los peores tiempos del felipismo, encaminado, al igual que entonces, a continuar blindando y hurtando del conocimiento público verdades estremecedoras que forman parte de la pútrida trastienda de nuestra democracia. Y lo que se impone, por encima incluso de esos sentimientos, es la preocupación de comprobar que existe todavía algo que permite al ex secretario de Estado de Interior obligar a este nuevo Gobierno socialista no sólo a favorecerle discretamente, como venía ocurriendo hasta ahora con los permisos para salir diariamente de la cárcel so pretexto de cuidar su depresión o atender a su familia, sino a cruzar el Rubicón de la arbitrariedad expresa, comprometiéndose a la luz del día con su persona y su trayectoria, mediante una decisión imposible de justificar con razones objetivas.

Este es el enigma que me corroe desde que a última hora de la tarde del martes se conoció la noticia, frívola o concienzudamente orillada por casi todos los demás medios de comunicación.
¿Qué puede saber Rafael Vera como para obligar a cambiar de pauta de conducta a un Zapatero que hizo rabona en todas las visitas organizadas a la cárcel de Salamanca, que ordenó dejar de pagar a los abogados de los implicados en los sumarios por crímenes de Estado y corrupción tan pronto como llegó a Ferraz y que resistió impertérrito las presiones de González, la colecta de firmas en el Grupo Socialista o las amenazas de huelga de hambre del propio interesado para que le concediera el indulto?

La idea de que se trata de la enésima reedición del chantaje basado en la amenaza de revelar el papel del entonces presidente y líder del PSOE en la puesta en marcha de los GAL no me parece convincente. El educado distanciamiento entre Zapatero y González es un secreto a voces. Si el leonés no dio la cara por el sevillano en este terreno cuando aún necesitaba de su tutela, o al menos de su pasividad, no va a hacerlo ahora que el felipismo parece ya una olvidada glaciación del periodo cuaternario. Aunque en lugares como Andalucía o Extremadura no hayan cambiado ni los perros ni los collares, al PSOE de hoy le trae poco menos que al fresco lo que pueda decir este señor sobre hechos acaecidos hace 20 años por los que el partido ya pagó su factura electoral primero en el 96 y después en el 2000.

Ni siquiera las variantes de esa misma teoría, en el sentido de que si Vera tirara de la manta lo que contaría podría resultar especialmente embarazoso para Rubalcaba o en el sentido de que el nuevo titular de Interior se siente solidario con aquel cuyos desmanes le tocó encubrir, tienen, a mi modo de ver, consistencia suficiente. Cualquier cosa que Vera pudiera decir de Rubalcaba -quien, por otra parte, llegó al Gobierno de González bastantes años después del apogeo de los GAL- sería mucho menos inconveniente para el actual titular de Interior que verse, de repente, con la que tiene encima entre ETA y los cayucos, identificado como protector de un individuo así. Si a alguien le convenía mantener encerrado bajo siete llaves ese capítulo del pasado era a él.

Además Rubalcaba no es Rodríguez Ibarra. Si ha puesto en marcha la excarcelación de Vera, a sabiendas de todas las complicaciones que ello iba a acarrearle -y la de que los terroristas la tomen como referencia de sus exigencias penitenciarias no es nada menor-, no ha sido siguiendo un impulso ciego de su ardiente corazón, sino como consecuencia de una necesidad política, fríamente evaluada y necesariamente compartida con el presidente.

¿Por qué Zapatero permite que su imagen quede contaminada ahora, cuando nadie le discute el poder en el partido, por algo que siempre le ha producido intensa repugnancia, después de haber sido capaz de sortearlo con especial destreza en momentos de mucha mayor debilidad? ¿Por qué permite que el enérgico alegato de la vicepresidenta Fernández de la Vega contra la cleptocracia política, formulado tras el Consejo de Ministros que disolvió el Ayuntamiento de Marbella, quede patéticamente hecho trizas, precisamente ahora que las sombras de la corrupción vuelven a acechar por doquier los vacilantes pasos de la España democrática? ¿Por qué permite que el único fiscal general del socialismo que hasta ahora no se había visto obligado a hurgar en este cubo de la basura vaya a tener que pringarse -ensuciando una hoja de servicios que incluye como magistrado la ejemplar sentencia del caso Marey-, hasta consentir por omisión que quien, según la propia prosa del Ministerio Público, «desvalijó sin pudor las arcas del Estado de manera mendaz y desleal» se vuelva a ir a casa poco menos que de rositas?

Aquí hay gato encerrado y tal vez no sea tanta «estupidez» como le parece al siempre faltón Alvaro Cuesta que su paisana, la diputada del PP Alicia Castro, lo busque por las sentinas de la encallada nave de la investigación del 11-M. No porque resulte en sí mismo relevante que Rubalcaba -siempre Rubalcaba- hablara el día de la masacre con Vera. Ni siquiera porque la visita simultánea de Barrionuevo, Corcuera y el propio Vera aquella misma tarde al encarcelado Galindo sea uno de los enigmas más inquietantes de la trágica jornada. (¿A qué puede obedecer que la antigua cúpula de Interior organice apresuradamente un desplazamiento así -o no lo cancele si estaba ya previsto- en un momento en el que nadie tenía elementos de juicio como para plantearse nada y lo único prudente era permanecer a mano por si el Estado o el partido requerían de sus servicios?).

No, la pista que tiene todo el sentido rastrear es la relación entre los actuales mandos policiales presuntamente implicados en la manipulación de pruebas que ha infectado desde el principio hasta el final la instrucción del sumario del 11-M y ese pasado bochornoso en el que Vera reinaba como un auténtico Príncipe de las Tinieblas sobre los aparatos de la seguridad del Estado. Sabemos, y no es poco, que el mismo coronel Hernando que jugó con la cometa de la trama asturiana de los explosivos hasta extremos aún pendientes de averiguar, había sido -para escarnio de ese PP bobalicón que le mantuvo en el cargo- el hombre de los maletines que pagaba en Suiza a las esposas de Amedo y Domínguez. Lo que no sabemos, en cambio, son los vínculos, lazos, conexiones, fidelidades y lealtades de comisarios como Telesforo Rubio, Juan Jesús Sánchez Manzano, Alfredo Ruiz o Miguel Angel Santano. O los puentes existentes entre algunos de ellos y los mandos del CNI que pudieron contribuir a perfilar la cada día más descuajeringada versión oficial de la masacre.

Ignoro si Zapatero ha recibido ya el informe exhaustivo sobre los explosivos colocados en los trenes que encargó antes de irse de vacaciones. En el momento en que lo tenga sobre la mesa será, en todo caso, consciente de que o bien existe un secreto inconfesable que se está ocultando a la opinión pública o que, al menos, la suma de engaños, trampas y chapuzas de paternidad fácilmente detectable ha situado a la Policía, la Fiscalía y el juez instructor en la insostenible posición de acudir a la vista oral alegando que, pese a la existencia de 12 focos de explosión -dos de ellos controlados-, nunca se podrá saber cuál fue el tipo de dinamita utilizado porque no se han podido identificar sus componentes. Bullshit, que dirían los británicos.

Con el trípode de pruebas materiales -furgoneta de Alcalá, mochila de Vallecas y Skoda Fabia- en que se ha pretendido sustentar la acusación contra los islamistas al borde mismo del colapso, Zapatero puede verse abocado muy pronto a tomar una decisión trascendental. Él sigue teniendo una importante línea de crédito entre los españoles, pero corre el riesgo de perderla a borbotones si no sale al encuentro de la verdad en este asunto.

En la entrevista que me concedió en abril se quejaba con aires doloridos de la forma en que Rajoy y otros líderes de la oposición habían acogido a su nuevo ministro de la Policía, advirtiendo paladinamente que no podían fiarse de él: «Es impensable, impensable... que en los sucesivos relevos que hizo el PP se hubiera recibido a un ministro del Interior como se ha recibido ahora a Alfredo Pérez Rubalcaba». Pues bien, ni siquiera han tenido que transcurrir seis meses para que los hechos parezcan dar la razón a los escaldados populares. Porque lo «impensable-impensable», en términos democráticos, es que pueda quedar en evidencia en sede judicial que un alto cargo policial ha facilitado al Parlamento información falsa sobre un asunto clave del 11-M y el titular del ramo ni siquiera se digne acudir a aclararlo al Hemiciclo. Y lo «impensable-impensable», en términos simplemente éticos, es que ese mismo titular del ramo pueda excarcelar con cinco años y medio de antelación al mayor desalmado, chorizo y sinvergüenza que, según rezan sendas sentencias firmes del Supremo, refrendadas por el Constitucional, ha pisado moqueta oficial durante la democracia sin siquiera obligarle a vaciarse antes los bolsillos.

Claro que, en el fondo, lo más «impensable-impensable», lo que no debería terminar resultando sino una pesadilla dentro de un delirio, inmersa en un mal sueño, es que quien pueda tomar formalmente esa decisión sea el mismo señor que, antes de proclamar que «España necesita un Gobierno que no mienta», había tratado de hacernos creer que el «de donde saca pa tanto como destaca» del mangante secretario de Estado, devenido en potentado terrateniente, era la milagrosa ferretería de su suegro.

http://www.elmundo.es/diario/opinion/2016821.html

Etiquetas: ,

domingo, 27 de agosto de 2006

El Gobierno no caza ratones

LA TERCERA DE ABC
... El actual es un Gobierno que no está preparado para la gestión pública, sino para la ideológica; es idóneo para la subversión de lo anterior, pero no lo es para la construcción de soluciones...
EL radicalismo izquierdista de Rodríguez Zapatero -que es una opción etérea en cuanto a sus fundamentos ideológicos- podría ser objeto de discusión teórica, pero puesto en contraste con la realidad de las cosas está demostrando una ineficacia gestora alarmante e indiscutible. Los problemas se acumulan ante la mirada -a veces perpleja- del Gobierno socialista y a ellos se enfrentan los ministros y el mismo presidente con un arsenal de bonitas palabras y una notable escasez de soluciones. La inmigración ilegal, consagrada ya como un fenómeno que se le ha ido de las manos al Ejecutivo, es el asunto más perentorio, pero no el único, ni, necesariamente, el más difícil. A la entrada masiva de inmigrantes -sea de forma tan notoria como en Canarias o de modo más silente a través de los aeropuertos de Madrid y Barcelona- se añade la pérdida de las riendas en el denominado «proceso de paz» con la banda terrorista ETA y una pertinaz sequía que alcanza al Gabinete de Rodríguez Zapatero sin trasvase del Ebro y sin más alternativas que unas desaladoras en trance aún de ejecución. Luego, asoma ya el cortejo insolidario propio de la desvencijada política territorial que provoca patologías tan graves como las que se han vivido en Galicia a propósito de los incendios; el primer recurso de inconstitucionalidad que la Generalidad de Cataluña interpone contra el Gobierno al amparo del nuevo Estatuto de autonomía y el gravísimo coste que está pagando España por la inconsistente política exterior gubernamental que colisiona, incluso, con la Unión Europea en aspectos regulatorios sectoriales como el energético.
La gran cuestión, sin embargo, no consiste tanto en constatar la incapacidad gubernamental para ofrecer soluciones a los problemas más o menos habituales de la sociedad española, sino en determinar si esa ineptitud del Gobierno en su conjunto se deriva de sus insuficientes cualidades técnicas o de su perfil ideológico. La persistencia en una verborrea progresista, que preconiza la «extensión de los derechos», que insiste en argumentaciones «buenistas», que se desenvuelve en entelequias y que plantea disensiones sociales para focalizar las discusiones fuera del perímetro de los auténticos conflictos, comienza ya a dar la sensación de ser una coartada. O en otras palabras, empieza a cundir la opinión de que estamos ante un equipo gubernamental desbordado y sin ideas, que trata de alcanzar la costa de un fin de legislatura -adelantado, por supuesto-, procurando no hacer nada para que sean la quietud, la ausencia de decisión, las que, de manera taumatúrgica, solucionen los problemas. Más vale abstenerse que actuar porque hacerlo supone, indefectiblemente, confundirse.
Ahí está el Estatuto catalán con una legitimación democrática innecesariamente menor que el ya derogado de Sau; ahí está ETA y su entorno, con su discurso rehecho y exhibición de potencia terrorista -la del chantaje y la callejera-; ahí está el efecto de una regularización de inmigrantes diseñada y ejecutada al margen de la Unión Europea de la que ahora dependen los paliativos a una avalancha humana que tiene enormes adherencias negativas para la convivencia general; ahí está la abrogación fulminante del trasvase del Ebro que hubiese dado perspectivas distintas a la agricultura, a la expansión urbanística y despejado incógnitas en algunas zonas urbanas españolas sobre el ahora cuestionado consumo doméstico.
El actual es un Gobierno que no está preparado para la gestión pública, sino para la ideológica; es idóneo para la subversión de lo anterior, pero no lo es para la construcción de soluciones alternativas a los retos del presente y del futuro inmediato. Se trata de un Ejecutivo transido de un izquierdismo antiquísimo que ha supuesto que su condición progresista -tantas veces proclamada- le libera de sus responsabilidades como tal Gobierno. Cree que constituirse en el Ejecutivo de un «Estado residual» -tal y como afirmó Maragall que lo era el español-, lejos de ser un demérito -que lo es en lo que tiene de abdicación injustificada e injustificable en el ejercicio de la eficacia y la solidaridad- es más bien una credencial de coherencia. Pero, de verdad, ¿ante qué fenómeno estamos? ¿De naturaleza ideológica, es decir, frente al designio ineludible de unas creencias ideológicas no idóneas para una labor de gobierno y que conducirían a la ineficacia o, simplemente, ante una demostración casi impúdica de impericia e incompetencia que nada tendrían que ver con el color político del Ejecutivo? No me atrevería a responder con rotundidad y, seguramente, la contestación deba introducir variables de una y otra hipótesis.
Felipe González -cocinero antes que fraile-, en un recordado viaje a la República Popular de China, impresionado por aquel capitalismo comunista que se practica con éxito allí, sostuvo que poco importaba el color del gato -blanco o negro, derechas o izquierdas- siendo lo esencial que «cazase ratones». El ex presidente transitaba argumentalmente por donde deben hacerlo los gobernantes con sentido común: propugnando la aplicación de soluciones realistas, justas y razonables a los problemas que acucian a los ciudadanos. Es verdad que las fórmulas de resolución de éstos -no siempre hay soluciones únicas e indefectibles- dependen también de criterios ideológicos. Un Gobierno conservador no habría tomado determinadas decisiones normativas que el nuestro ha impulsado con entusiasmo. Ese margen -el ideológico en el ejercicio del gobierno- es amplio y resulta del todo legítimo. Pero el día a día de una sociedad no se juega en las grandes cuestiones de índole ideológica o ética, sino en otras de naturaleza neutra.
La eficacia no es un concepto que la izquierda radical de Zapatero deba despreciar porque al hacerlo está procurando que se produzca en la Administración Pública una grave descapitalización humana en beneficio del sectarismo partidario benéfico para los incompetentes; no debe disminuir el mérito de planes y criterios de los que le precedieron en el Gobierno porque la experiencia suele ser madre de muchas ciencias; no debe renunciar al ejercicio del poder coactivo que le corresponde al Estado porque si lo hace se desarma de una de sus facultades más esenciales y, en fin, no debe emplearse sólo en los debates ideológicos y en las lucubraciones progresistas descuidando lo cotidiano. Debe, en definitiva, cazar ratones porque el Gobierno está puesto por los ciudadanos y dotado por la ley para que, al igual que los gatos, desarrolle su instinto. Al Gobierno su instinto le llama a buscar soluciones y transformar la realidad para, así, proveer al bien común y continuar en el poder; y al gato se le mantiene en la casa o en el patio para que cace ratones. En esta tarea, en la que cada cual cumple con lo que se espera, el tinte -ideológico del Gobierno o del metafórico gato- es sólo un dato, de relevancia desigual, pero no definitiva. Los Gobiernos que no gobiernan y crean más problemas que soluciones y los gatos que no ahuyentan a los ratones -cazando a los que se pongan en suerte- no sirven, sean de la tonalidad que sean.
Director de ABC

Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis

Visitor Map
Create your own visitor map!