EDITORIAL: ¿QUIÉN COLOCO LA MOCHILA QUE CAMBIO LA HISTORIA DE ESPAÑA?
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Cuando al horror del 11 de marzo de 2004 sucedió el asombro y luego la sospecha, opté por suspender el juicio. Me pareció lo más sensato, en aquel vórtice de hipótesis pavorosas. Sólo una cosa escapaba a duda: la incoherencia de la versión oficial, a la cual el nuevo Gobierno se aferraba con crispación enferma. Mes tras mes, de aquella versión sólo fue quedando una penosa instrucción judicial cuajada de contradicciones, y la certeza de que jamás se le permitirá al ciudadano atisbar una tilde de lo que pasó. Yo, aturdido como todos por aquel barullo de inverosimilitudes erigidas en dogma y de verosimilitudes inaceptablemente horribles, opté por aguardar la irrupción de un criterio. No universal, desde luego. Parcial, negativo. Di en formularlo así: el día en que Rodríguez Zapatero libere a los jefes del GAL aún encarcelados, sabremos que es hora de plantearse la hipótesis peor acerca del atentado que, mediante doscientos asesinatos, volcó, no unas elecciones, sino el destino de España.
Rafael Vera está en la calle. Era el último de los señores de las sombras en la ominosa era felipista. Puede que el más sórdido. Sin duda, el más peligroso. La justicia logró atraparlo por dos sólo de los crímenes de aquel Estado delincuente de los años ochenta. Hubo otros. Más atroces. Que, o bien fueron cargados sobre subordinados, como la desaparición, tortura y asesinato de Lasa y Zabala, o bien naufragaron en el silencio. Pero las dos condenas de Vera son de las que matan el honor de un hombre. Si es que de un hombre capaz de eso tiene el menor sentido enunciar el sustantivo honor.
Vera fue condenado, primero, junto con su cómplice y superior jerárquico, el ministro socialista (antes, carlista) José Barrionuevo, por el secuestro de aquel pobre Segundo Marey al cual hicieron vivir vísperas de asesinato durante absurdos días, sin más motivo que una perversa amalgama de maldad e incompetencia. Poco pagaron ambos por la vileza. Aún recuerdo -y juro no olvidar- los rostros de las apologistas del terror de Estado que bailaban su corro de la patata ante la cárcel de Guadalajara en honor de los criminales conmilitones. A los tres meses, ambos estaban fuera. Indultados. Es la vergüenza mayor de los años Aznar.
Vera fue condenado después como ladrón. Sin más historia. De los cientos de millones que pudieron contabilizarse (lo no contabilizado no es punible), Rafael Vera proclamó, arrogante, que no devolvería un duro. Y está en la calle. Ahora. El hombre que desdobló el Ministerio del Interior felipista en dos cosas: a) un aparente ministerio convencional; b) la más tenebrosa trama delictiva que ha sufrido este país tras el franquismo.
¿Se planteó el PP, en algún momento de sus ocho años de gobierno, desarticular esa mafia? ¿O dio de bruces con ella en un 11 de marzo? Vera está libre.

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Pocos meses antes del juicio por el infame montaje del que fui víctima hace nueve años el ex gobernador civil de Guipúzcoa José Ramón Goñi Tirapu visitó a mi abogado para ofrecernos desvelar con todo lujo de detalles que fue Rafael Vera quien le entregó los 50 millones de pesetas con los que se pagó tal vileza, a cambio de que yo le otorgara el «perdón del ofendido» que le permitiría eludir la condena o al menos la prisión. Nuestra respuesta fue que la verdad no era un objeto de trueque y que si su testimonio era fruto de un acuerdo quedaría desnaturalizado ante el tribunal. Que actuara, pues, según su conciencia.Etiquetas: Juicio 11-M, Pedro J.
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