El camino de la verdad

TRIBUNA LIBRE
El camino de la verdad
ALFONSO PINILLA GARCIA
La verdad es el pilar básico de cualquier ciencia. Ningún saber puede considerarse como tal si no descubre, expone, discute y explora la verdad. Los historiadores narran las verdades del pasado, los periodistas las del presente, los físicos se ocupan de la microscópica verdad de los átomos y los matemáticos de las abstractas verdades numéricas. Y, sin embargo, a pesar de fundamentar en la verdad sus respectivas disciplinas, en ocasiones surgen bullicios a pie de calle que desconciertan al transeúnte y diluyen, como un azucarillo, algunas evidencias. Y otras veces, incluso, dentro de algunas ciencias emergen debates que ponen en duda argumentos que parecían suficientemente verificados. Pareciera que la verdad es móvil, cual piuma al vento.
En un ir y venir de versiones, algunos periodistas sugieren, por ejemplo, que el 11-M fue un atentado islamista que se perpetró como represalia a la política pro norteamericana de Aznar; por el contrario, otros ponen de manifiesto una serie de casualidades sorprendentes, manipulaciones de pruebas y contradicciones en la instrucción del sumario que, cuando menos, hacen dudar de la versión oficial del atentado. ¿Quién está en posesión de la verdad?
La primera sensación que da este cruce de versiones es que la verdad no es unívoca, sino poliédrica. Que hay tantas verdades como percepciones, y que según la actitud, ideología e incluso intereses del observador, la verdad se convierte en la maleable pajarita de papel de un niño juguetón. La verdad, por tanto, parece relativa, pues depende del punto de vista desde el que la abordamos.
El carácter relativo de la verdad genera dos caminos interesantes a nivel epistemológico. Por un lado emerge la senda del relativismo, donde todas las verdades tienen el mismo peso y ninguna resulta más evidente, cierta y sólida que otra. En la balanza del relativismo todas las verdades valen lo mismo. El otro camino que surge cuando aceptamos la naturaleza poliédrica de la verdad es la relatividad, diferenciada del relativismo en que, ahora, la balanza es capaz de discernir el distinto peso de cada versión, descartando la menos consistente, la más frágil y escasamente fundamentada. Si el relativismo concede idéntico valor a todas las verdades, la relatividad niega esta paridad, afirmando que las verdades tienen distinto peso en función de la fuerza con que puedan demostrarse.
José Antonio Marina, en su obra Por qué soy cristiano, ofrece dos principios básicos para evitar el naufragio ante la tormenta del relativismo: «Todo lo que se presente como evidente, exige ser aceptado como verdadero; pero cualquier evidencia puede ser negada, tachada, anulada por una evidencia de fuerza mayor». En la fascinante tarea de conocer nuestro mundo debemos aceptar la relatividad sin caer en el relativismo. Y asumir la relatividad supone recorrer, sin descanso ya, el arduo camino de la continua verificación. Cualquier evidencia debe ser sometida a un proceso de comprobación que puede reforzarla y consolidarla o, por el contrario, puede matizarla o incluso acabar con ella, emergiendo a partir de esa crisis de verdad una evidencia mayor que envuelva a la anterior y la supere.
El fiel que comprueba el peso de una evidencia radica en los tres pilares de cualquier conocimiento científico: la teoría, el método y el laboratorio. Como afirma el profesor Antonio Rodríguez de las Heras, la teoría es un tejido conceptual sin costuras que crece por los cuatro lados, un corpus de conceptos interrelacionados, claros y sólidos, que sirven para explicar el fenómeno estudiado. El método, por su parte, es el camino que conecta el universo abstracto de la teoría con la arena discreta y concreta del laboratorio. La propia palabra griega ódos, que significa camino, se halla en la raíz de la palabra método. La metodología es, pues, una herramienta que adecua y proyecta la teoría a los sucesos particulares. Y el laboratorio, finalmente, es el suelo donde descansa, y hacia donde se dirige toda la proyección teórica y metodológica previa; un universo de percepciones poliédricas que deben pasar por numerosos filtros conceptuales antes de ser interpretado científicamente.
La relatividad precisa de un proceso de verificación que, sustentado en una seria teoría, un eficaz método y un plural laboratorio, permita diferenciar el distinto peso de las verdades irresponsablemente sembradas por el relativismo. He aquí la clave de la verificación, que no es un instante, sino un proceso movido por las incansables correas de transmisión que conectan lo teórico, lo metodológico y lo experimental.
La verdad no es un momento, sino una sucesión de momentos que buscan alcanzarla. No es un alto en el camino, un hito estático e intocable, el tótem incólume de la ciencia. La verdad es un proceso, evoluciona, se parece a un sendero pavimentado con interminables losas de verificación. José Antonio Marina vuelve a resumírnoslo magistralmente: «La verdad es un esfuerzo para alcanzar la verdad».
Así pues, los buscadores de la verdad se mueven, nunca permanecen encastillados defendiendo su verdad, sino que se abren a la emergencia de nuevas evidencias que puedan contradecir a las propias. La verdad es un bosque abierto a la exploración, al riesgo, a las contradicciones, a las decepciones, a las refutaciones, pero nunca será el palacio de cristal desde donde vemos pasar la vida, instalados cómodamente en nuestra única, muerta y gris verdad. El sectario no se mueve de su evidencia y la defiende a toda costa cuando surgen otras evidencias que puedan contradecir la suya. Por el contrario, quien busca la verdad va construyendo una escalera cuyos peldaños son evidencias nuevas que contradicen, matizan, superan, envuelven y mejoran a las anteriores. Quienes no temen a la verdad, se afanan en buscarla.
El periodismo no es ajeno a todos estos principios de verificación continua. La percepción de los dramáticos atentados del 11 de marzo en Madrid ha acabado convirtiéndose en una intensa batalla mediática, llena de informaciones y contrainformaciones, de bulos y rumores, de ruido y bullicio que impiden al lector, al oyente, al televidente, hacerse una idea clara del acontecimiento.
Los dos ejércitos mediáticos que se enfrentan tienen fuerzas desiguales, y por eso la exposición de los agujeros negros iluminados por EL MUNDO no llega a las portadas de otros periódicos, ni a las noticias de los telediarios, ni a la mayoría de tertulias radiofónicas. Sólo cuando el contraataque es necesario, exactamente en el momento en que antiguas evidencias se desmoronan porque otras más fuertes las contradicen, los medios más cercanos a la versión oficial del 11-M despliegan sus altavoces para exponer sus propias verdades, siempre inamovibles, con las que pretenden superar, derribar y dinamitar los argumentos del adversario. Frente a la acción investigadora de quienes ponen en duda algunas verdades absolutas, surge la reacción de los que creen haber recorrido hasta el final el infinito camino de la verificación.
Pero la verdad es un principio activo que no cristaliza absolutamente en un instante, pues se revela a través de un proceso; no resulta un departamento estanco, sino un camino con principios pero sin fin. La verdad es una acción y no una reacción a su búsqueda; por eso, los que activamente la indagan son quienes más se acercan a ella.
Encastillarse en una evidencia no la hace más verdadera, reaccionar a dentelladas mediáticas contra los mensajes que la matizan, e incluso que la contradicen, impide el rigor y favorece la arbitrariedad. Mantener una fija instantánea explicativa, inmune a las posibles grietas que ésta pudiera mostrar, es la primera actitud que nos va alejando de la avezada búsqueda de la verdad, por eso no es sano que la mayoría mediática de este país mire hacia otro lado o contraprograme cada vez que se ponen sobre la mesa agujeros negros y casualidades sorprendentes.
Quien ama la verdad, duda y busca; quien la desprecia, ni siquiera introduce matices a sus sacrosantas evidencias. Por eso, el que teoriza fundamentadamente sigue un método para reforzar sus hipótesis -o bien para descartarlas- y aporta documentos que son fruto de su propia investigación. Y está en condiciones de afirmar que no hay caminos para la verdad, porque la verdad es el camino.
Alfonso Pinilla García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.
http://www.elmundo.es/diario/opinion/2061393.html




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