Retrato de un figura

PREGUERIAS
Retrato de un figura
Garzón ha demostrado ser un mitómano de sí mismo y no hay barrera capaz de frenar esa pasión - Dispone de información muy sensible en la lucha contra el terror y nadie se atreverá a ponerle la proa - El magistrado es muy consciente de que su carrera judicial ya no puede tener mucho más recorrido
VICTORIA PREGO
Todos le han utilizado, así que todos le tienen miedo. Por eso hace y dice lo que quiere y nunca le pasa nada. En el PP y en el PSOE son muy conscientes de hasta qué punto el juez instructor de la Audiencia Nacional ha resultado políticamente muy útil cuando se ha atrevido a hacer a los partidos, y a los sucesivos gobiernos, el trabajo feo que los gobernantes y legisladores durante mucho tiempo no se atrevieron a hacer. Es mucho lo que socialistas y populares deben a un hombre valiente que no ha tenido miedo de bordear la ley, incluso saltársela, en la lucha contra el terrorismo.
Lo que pasa es que también se sabe que este hombre valiente quiere cobrarse sus servicios en notoriedad y poderes. Y que, si no lo consigue, se revuelve con ferocidad y eficacia contra el poder político al que ayudó. «Es un temerario», asegura un miembro de la oposición, «que nos ha venido muy bien mientras ha estado atacando a Batasuna». Y algo más que muy bien, porque fue Garzón, y sólo Garzón, quien decidió atacar el corazón de la banda terrorista desmontando una parte esencial de su estructura financiera. En eso sus servicios han sido impagables. Pero, como ocurre con casi todos los mitos, al brillo del haz se oponen las miserias del envés: el juez instructor ha demostrado ser un mitómano de sí mismo y no hay barrera lo bastante potente que pueda alzarse contra esta pasión que mueve y explica su vida.
Su incorporación a la política en 1993, de la mano de Bono y de Felipe González, estaba en la línea de sus sueños: abandonar el Juzgado de Instrucción de la Audiencia y pasar a ser un carismático líder político cuajado de prestigio, a la derecha del más poderoso.No sabía Felipe González en 1994 el inmenso error que estaba cometiendo al permitir que el entonces ministro Belloch humillara al flamante diputado y le apartara de un manotazo del primer plano de la escena política. Fue entonces cuando Garzón fraguó la ferocidad de su respuesta. Con trascendentales informaciones en su poder en lo referente a la guerra sucia contra ETA llevada a cabo por los gobiernos del PSOE, Baltasar Garzón se aplicó a la persecución y hundimiento de los socialistas y, muy especialmente, de su cabeza visible. Fueron los tiempos en que fue visto como un auténtico villano por los militantes del PSOE y como todo un héroe por sus adversarios. El caso es que Garzón hundió a González. Dispuso de munición, de razones y de ayudas sobradas, pero también tuvo la intención de hacerlo y la pasión por conseguirlo.
Después las tornas cambiaron. El juez entró en la era Aznar con otras armas y ante otro público. Luego ascendió definitivamente a la gloria internacional al abrir causa contra el dictador Pinochet y solicitar al Gobierno de Londres su extradición para que fuera juzgado en España. Con aquello, el juez español pasó a ser un mito en el mundo entero.
Y ése fue el momento en que Garzón puso sus ojos en el Tribunal Penal Internacional, dando por supuesto que el mundo no le regatearía los apoyos que creía haber ganado sobradamente. Pero no pudo ser. El TPI no quiso contar con el juez más admirado. La culpa no fue exactamente del Gobierno, sino del fiscal argentino Campo Moreno, que le ganó por la mano, pero la irritación de Garzón fue infinita: se sintió injustamente preterido y humillado. Y ya nada volvió a ser igual entre él y el PP.
La Guerra de Irak y la posición de Aznar de apoyo a la política de Bush fue la oportunidad que el juez encontró para poner definitiva distancia entre el Gobierno y él mismo. Y en un acto de protesta, subido a un estrado en el que actores, cantantes disfrazados de Aznar con casco, y hasta un enano, llamaban asesino al presidente del Gobierno, vimos al juez instructor de la Audiencia Nacional actuando al alimón con su hija, como si fueran Enrique y Ana, y recuperando así ante la izquierda el liderazgo moral perdido.Y ese día estaba de guardia.
Pero ese tipo de acciones están prohibidas por la Ley Orgánica del Poder Judicial. Los jueces no pueden alabar ni criticar las actividades de los poderes públicos, bajo pena de ser sancionados.¿Por qué, entonces, puede hacerlo Garzón cada vez que lo desea y en el formato que se le antoja?
Ya se ha visto cómo se las gasta cuando decide perseguir a quien no le encumbra o le pone trabas. Y, al margen de lo útil que ha resultado siempre, tanto como ariete contra ETA como contra el partido de la competencia, ningún dirigente político ignora que el juez sabe muchas cosas. Puesto que ha sido utilizado, ha recibido también información muy sensible. Y ahora esa información está archivada en la cabeza de un hombre que se ha convertido en un espectáculo en sí mismo, además de en un negocio de la industria editorial y del circuito de conferencias. En la mente del juez reposan ahora mismo datos de altísimo interés de Estado y nadie se atreverá nunca a ponerle la proa e incomodarle en exceso.
Porque, ¿qué pasaría si, por ejemplo, Baltasar Garzón conociera los nombre de los agentes de los servicios de Información que están ahora mismo infiltrados en ETA y un buen día decidiera protestar contra esa política, denunciándola en libros, artículos o conferencias? ¿Qué pasaría si su amenaza del jueves pasado, cuando presentó su último libro, de que no piensa quedarse callado, se hiciera realidad? Eso es lo que explica que no se le sancione cuando llama genocida al ex presidente del Gobierno, ni cuando desvela secretos sumariales. Y que el CGPJ admita lo que a cualquier otro juez no le sería admitido. En un momento en que en su juzgado se están tramitando asuntos de enorme relevancia sobre el terrorismo etarra e islamista, se le concede una licencia de estudios para que se vaya de marzo a diciembre a la Universidad de Nueva York y siga cobrando una parte de su sueldo y el complemento por razón de familia. Hace un mes, en la universidad americana aún ignoraban los detalles de lo que el juez pensaba hacer allí.
¿Y qué va a pasar con su juzgado? «Suponemos que no quedará afectado», responden en el CGPJ, que se remiten al «muy favorable informe» emitido por el presidente de la Audiencia, Carlos Dívar, sobre la marcha de Garzón. «No se le quieren poner pegas», explican diplomáticamente sus compañeros para esconder la verdad: ya no se sabe qué hacer con Garzón aquí. Tampoco él quiere seguir en su juzgado, del que ya sabe que difícilmente va a salir hacia puestos más altos.
Su último intento de salto con pértiga a destinos de alta alcurnia judicial se saldó en julio pasado con un nuevo fracaso. Garzón quiso presidir la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional: aspiraba a sustituir a Siro García, pasando directamente así de ser capitán a ser general. Y eso sin haber formado nunca parte de un tribunal colegiado juzgador. Porque Garzón no ha sentenciado nunca un delito, lo cual no le ha frenado a la hora de pretender presidir a los 12 magistrados de esa sala. Y, a pesar de que la izquierda que antes le denostaba ahora le defiende porque el juez ya ha girado su cañón y lo tiene embocado al PP, esta vez tampoco logró su sueño.
Dice Garzón que no ha sido nombrado para el cargo porque el PP no le perdona su posición crítica con la política del anterior Gobierno en la Guerra de Irak. La verdad es más cruel y de menos vuelos: Garzón es un mal juez. No hay nadie en el mundo de la Justicia que diga lo contrario. Es un juez valiente, pero no es un juez solvente. Instruye mal y ya no está en edad de mejorar.Su carrera no puede tener por eso mucho más recorrido, y él es consciente de ello.
Su mejor destino es el de seguir peinando el mundo en loor de multitud pronunciando conferencias espléndidamente pagadas -en las que habla de moral y de justicia universal, pero no de Derecho- y utilizando informes policiales de sumarios que él no lleva para incluirlos en libros que se convierten en best sellers y le proporcionan sustanciosos derechos de autor. O ser nombrado Archipámpano de las Indias Planetarias. No cabe duda de que es un hombre de éxito y hasta de dinero. Un escritor, un conferenciante de vitola internacional. Un superpolicía. Un crack. Un líder.Un mito, incluso. Pero no un juez. Puede que su destino sea la gloria. Pero ya no la justicia.




