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domingo, 26 de enero de 2003

CARTA DEL DIRECTOR | PEDRO J. RAMÍREZ: Cuidado con los Cambronnes



CARTA DEL DIRECTOR PEDRO J. RAMÍREZ
CUIDADO CON LOS CAMBRONNES

La noticia corrió el jueves por la mañana como un reguero de pólvora, de los Pirineos a los Alpes, de la Bretaña a la Gascuña, desde Brest hasta Verdún, por los cuatro confines de Francia. «Le mot de Cambronne!, le mot de Cambronne!». La ministra de Ecología y Desarrollo Sostenible, Roselyne Bachelot había contestado como se merecía al Secretario de Defensa norteamericano Donald Rumsfeld, restituyendo el honor y la grandeur de la France, con la force de frappe de una sola palabra. Rumsfeld se había referido despectivamente al eje París-Berlín como «la vieja Europa» y, en efecto, de las entrañas de la añeja historia continental había brotado ese vocablo escatológico y telúrico, ni siquiera pronunciado, como símbolo desafiante de la excepción cultural, el boicot al Parque Disney y los cortes de manga a los MacDonald's. Ya era hora, rumiaron embelesados profesores, artesanos y campesinos. Astérix se abrazó a José Bové y a todos les llegó una subida de adrenalina nacional, como si el 14 de julio se celebrara este año en enero. Hasta el general De Gaulle parecía haberse levantado de su tumba, junto a La Boisserie de Colombey-les-deux-Églises, para cantarle La Marsellesa al insolente halcón del Pentágono.

Cinco letras en francés, seis en castellano. Abreviando podríamos decir que la ministra Bachelot había mandado a la merde o a la mierda en bote a los norteamericanos, pero los inventores del eufemismo y la diplomacia precisarían, con razón, que ella se había limitado a invocar «le mot de Cambronne». Para ser exactos ni siquiera había llegado a tanto. Le había bastado declarar ante los micrófonos de Europe 1 que ella era del País del Loira y que su tierra tiene a mucha honra haber alumbrado «una celebridad llamada Cambronne», para que el sobreentendido electrizara a millones de compatriotas con un latigazo de satisfacción. Fue una jornada patriótica de codazos subrepticios, pataditas por debajo de la mesa y guiños de complicidad. La Casa Blanca podría terminar saliéndose con la suya en relación a Irak, con o sin el apoyo de la ONU, e incluso poner al general Tommy Franks en el puesto de Sadam Husein, pero la voz eterna de Marianne había hablado por boca de la ministra y ahí quedaba el gustazo colectivo de haberles dedicado a los yanquis el mejor de los exabruptos, sin que ni siquiera ellos pudieran entenderlo. La Francia milenaria había abierto el frasco de Cambronne lo que, a la hora de insultar al poderoso, equivale a decir el tarro de las esencias más pútridas.

No son pocos, desde luego, los méritos del vizconde Pierre-Jacques-Étienne Cambronne para haber alcanzado la condición de gloria nacional.Hijo de una familia humilde, ingresó como soldado raso en el ejército napoleónico y sirvió a las órdenes del Emperador en Austerlitz y en Essling, en Wagram y en la guerra de España, ascendiendo hasta el penúltimo escalón de la meritocracia militar.Durante el benévolo primer exilio del Gran Corso en la isla de Elba ejerció de jefe de la guarnición de aquella especie de corte de opereta, pero luego durante los Cien Días encabezó audazmente la vanguardia que abrió el camino del triunfal retorno hacia París. Cuando llegó la hora de la verdad en Waterloo, Cambronne renunció al definitivo ascenso a general de división para poder batirse el cobre, pie a tierra y codo con codo con sus cazadores de la Guardia Imperial. Cuando el regimiento tuvo que retroceder y terminó formando un cuadrado para proteger sus diezmadas fuerzas ante la última carga de los británicos junto a una aldea llamada La Belle Alliance, Cambronne alcanzó la inmortalidad al responder al coronel Hew Halkett, que le invitaba a rendirse, con su famosa palabra gritada a los cuatro vientos.

Lo que los españoles afrontamos tan engoladamente con aquella cursilería de los barcos y la honra, los franceses lo resolvieron por una vez sin circunloquios. En la hora de la derrota, «merde!» para el jefe enemigo... y a los de inferior graduación, que les fueran dando. Solemnemente pronunciada en esa ocasión, la ya por antonomasia «palabra de Cambronne» quedó desde entonces protegida como esas reliquias que sólo en las ocasiones más excepcionales son exhibidas en procesión. Una de tales ocasiones llegó en los estertores del siglo XIX, con motivo del estreno de Ubu Rey cuando su autor Alfred Jarry, precursor de todas las vanguardias teatrales, colocó en el centro del escenario al actor de moda, e intercalando una enigmática erre adicional, entre gutural y fricativa, le hizo exclamar «Merdre!» apenas se levantó el telón. Pero eso era el surrealismo y el teatro del absurdo.

A partir de ahí ni el affaire Dreyfuss, ni el infierno de las trincheras en la Primera Gran Guerra, ni la lacerante ocupación alemana en la Segunda, ni la humillación de Dien Bien Phu, ni la retirada de Argelia con el rabo entre las piernas, ni las corrupciones de la era Mitterrand, ni la eliminación de Jospin por Le Pen en las últimas presidenciales desencriptaron nunca la «palabra de Cambronne». Si cualquier político hubiera disparado contra dos rivales como hizo González, cuando en la primavera del 99 dijo que «Aznar y Anguita es (sic) la misma mierda», el país de la etiqueta y los remilgos sintácticos le habría inmediatamente condenado al ostracismo de la vulgaridad, por su doble atentado contra el buen gusto y la concordancia verbal. Francia conservaba su propia arma química de destrucción coloquial masiva, pero la guardaba debidamente protegida en el almacén secreto de la Historia oral que unas generaciones transmiten a otras, bajo el código eufemístico del legendario lance de un general del pueblo.

¿Tenía la ministra Bachelot, perteneciente a un gobierno liberal de centro derecha, motivos suficientes para abrir el silo de la memoria colectiva, y siendo titular de Medio Ambiente disparar una ojiva con esa carga fétida indescriptible contra el centro neurálgico del complejo militar-industrial norteamericano? Su encambronnado misil respondía, desde luego, a un clima de creciente exasperación en la vieja y en la nueva Europa por la prepotencia, el simplismo y hasta el fundamentalismo religioso con que la Administración Bush viene ejerciendo sus funciones imperiales.Y muy en particular a la generalizada sensación de ofensa a nuestra inteligencia con que venimos escuchando desde hace un año la concatenación de pretextos para construir un ficticio casus belli contra Sadam. Desde la definición unilateral del «eje del mal» hasta el retruécano mental por el que la carga de la prueba le corresponde a quien asegura no poseer algo, pasando por la incendiaria doctrina del «ataque preventivo», todos los mensajes con los que trata de envolvernos la propaganda norteamericana son de tal debilidad intelectual y de tal inmadurez dialéctica que el clamor se ha diseminado por doquier: que paren este carro, que yo me bajo.

Cualquiera que conozca un poco la Historia contemporánea entenderá que, en contra de lo que todavía esta semana ha insinuado la Casa Blanca, la situación en Irak no tiene nada que ver con la de la Europa del 38 cuando Gran Bretaña y Francia, rehenes del ansia de «apaciguamiento» de sus respectivas opiniones públicas, accedieron en Múnich a la ominosa partición de Checoslovaquia, no logrando evitar como sentenciaría Churchill, ni el deshonor ni la guerra. El paralelismo se quiebra toda vez que a Hitler se le permitió el Anschluss o anexión de Austria y a Sadam se le expulsó a bombazos de Kuwait. Ni la Luftwaffe ni la Wehrmacht habrían podido nunca alcanzar sus proporciones si el uso del propio espacio aéreo alemán hubiera estado sometido a severas restricciones y un cuerpo de inspectores de la Sociedad de Naciones hubiera tenido libre acceso sobre el terreno a todo tipo de acuartelamientos e instalaciones.

Lo que está en marcha, más que a la crisis de Múnich, se asemeja a la de Suez. No es el supuesto entreguismo de París y Berlín lo que debería preocuparnos, sino los altos indicios de obcecación y empecinamiento en la conducta de Washington. Una obcecación y un empecinamiento que recuerdan a los del primer ministro británico Anthony Eden quien, obsesionado por mantener a flote los restos del naufragio de su Imperio, pretendió en 1956 «reconquistar» el Canal de Suez, nacionalizado por Nasser. A la vista de que sólo los franceses le secundaban, decidió actuar de espaldas al resto de la comunidad internacional. Para ello empezó demonizando al líder egipcio. No fue demasiado original: si ahora se equipara a Sadam con Hitler, él bautizó a Nasser como «el nuevo Mussolini».Su siguiente paso fue inventar una coartada para la intervención armada. A falta de la doctrina del «ataque preventivo», recurrió a la de la interposición entre dos contendientes, negociando en secreto con los israelíes una invasión de suelo egipcio para alegar inmediatamente que existía ya un estado de guerra que requería el envío de tropas para garantizar el suministro de petróleo.

El tiro le salió por la culata, pues la ONU aprobó una resolución, impulsada por EEUU, imponiendo el cese de hostilidades cuando el cuerpo expedicionario franco-británico apenas controlaba una estrecha franja de terreno. Egipto cerró el grifo del petróleo y el Gobierno de Londres tuvo que implantar el racionamiento de gasolina. En cuestión de semanas Eden estaba fuera del poder y un mitificado Nasser, como padre del panarabismo, le sobrevivió durante dos décadas. Está claro que las cosas no sucederían esta vez así, pues la superioridad militar norteamericana es ahora mucho más patente, pero la comparación es válida si atendemos a las incertidumbres que desataría la desestabilización de la zona que atesora el 60% del crudo del planeta.

La mujer de Eden reveló más tarde que su marido había convertido el conflicto en una obsesiva cuestión de amor propio, hasta el extremo de que a veces tenía la sensación de que el dichoso canal atravesaba en realidad el comedor de su casa. Cuando uno de sus ministros le propuso un plan para «neutralizar» políticamente a Nasser, Eden replicó: «No quiero que lo neutralicen, quiero que lo asesinen». Ambas anécdotas serían de perfecta aplicación a paladines del equipo de Bush, como Cheney, Wolfowitz o el propio Rumsfeld, que han convertido desde hace años la aniquilación de Sadam en el eje de toda su agenda política.

¿No debería ser todo esto suficiente para que el Gobierno español marcara distancias con la Casa Blanca y se sumara resueltamente al frente pacifista trabado esta semana por Chirac y Schröder, tal y como de forma abrumadora le pide, encuesta tras encuesta, la opinión pública? Estando clara la cuestión de fondo, cabría introducir, sin embargo, interesantes matices en relación con el plano de las apariencias. Anteayer mismo un artículo de The New York Times se refería a Aznar como «probablemente el líder europeo que más a menudo habla con el presidente Bush». Se estaría cumpliendo así el pronóstico que Henry Kissinger le hizo al líder del PP cuando se produjo el relevo en la Casa Blanca: «Ya verá usted lo bien que se va a llevar con George W. Bush... No me pregunte por qué, ya lo verá». Pues bien, en ese marco de estrecha comunicación nada tendría de extraño que el presidente norteamericano hubiera anticipado al español importantes claves de lo que puede ocurrir a partir de mañana, cuando los inspectores presenten su informe definitivo ante el Consejo de Seguridad, y que Aznar llevara unos días jugando con ventaja en la partida del posicionamiento europeo.

Es evidente que si Estados Unidos fuera capaz de presentar ante el Consejo de Seguridad pruebas concluyentes del por todos intuido arsenal químico y bacteriológico de Sadam, de manera equivalente a como su embajador Adlai Stevenson lo hizo en el 62 durante la crisis de los misiles de Cuba, todo el mundo occidental respaldaría la opción bélica y ni China ni Rusia ejercerían el derecho de veto ante una hipotética segunda resolución que autorizara expresamente el uso de la fuerza. Hay que tener en cuenta que los países de la UE han renunciado hace tiempo a costear su propia defensa autónoma y que, más allá de las escaramuzas con administraciones norteamericanas más antipáticas que otras, al final siempre terminan volviendo al redil de la ortodoxia atlántica.

No deja de ser una paradoja que dos países como Francia y Alemania que indiscutiblemente deben su libertad y buena parte de su prosperidad contemporáneas a Estados Unidos galvanicen en estos momentos el sentimiento antinorteamericano y en cambio España, que vio pasar de largo a Mr. Marshall y tuvo que soportar el apoyo de Washington a la dictadura franquista, aparezca tan embarazosamente cerca de la Casa Blanca. Es probable que el hecho de no tener que volver a presentarse a las elecciones esté contribuyendo a que Aznar olvide en este asunto el juego hacia la galería para ceñirse a lo que él cree que es la conveniencia profunda de España.

El tiempo le dará, desde luego, la razón si después de hacer el paripé -palabra tan francesa como la de Cambronne- Chirac y Schröder terminan respaldando de una manera u otra a Bush.En todo caso su recelo hacia todo banderín de enganche que suene a recluta de tripulación del Capitán Araña parece más que justificada por las enseñanzas de la Historia. Y ahí va como definitivo botón de muestra la parte habitualmente oculta de la biografía del heroico y desafiante vizconde Pierre-Jacques-Étienne Cambronne.

Al lector más receloso le habrá ya sin duda mosqueado que por dos veces me haya referido a este general del pueblo que renunció al ascenso final para seguir siendo un soldado más, anteponiendo a su nombre un título nobiliario. Pero es que resulta que al bonapartismo le sucedió la restauración borbónica y el general Cambronne pasó a defender la causa de Luis XVIII con el celo del converso, hasta el extremo de merecer el entorchado aristocrático.Y es que resulta además que el otrora acérrimo enemigo de la pérfida Albión vino a casar con una dama de noble cuna británica la cual...

Un momento, un momento... ¿No habíamos quedado en que Cambronne había gritado «¡Mierda!» al ser conminado a rendirse por un enemigo que le tenía rodeado con notable superioridad numérica, de lo cual cabría deducir que poco después exhaló su último suspiro acribillado por los hombres del coronel Halkett y abrazado a la bandera tricolor? ¿Cómo es posible entonces que unos cuantos años después siga vivo, se haya convertido en vizconde y llegue a casarse con una inglesa acaudalada? Muy sencillo: porque, con grito o sin él, con palabra o sin ella, lo cierto es que el general Cambronne entregó su espada, se rindió a Halkett, se convirtió en prisionero de guerra y, con el Ogro en Santa Elena, inició su pragmático cambio de chaqueta.

¿Cómo que «con grito o sin él»?, ¿cómo que «con palabra o sin ella»?, ¿va a resultar al final que también «le mot de Cambronne» es un producto de la piscifactoría del chauvinismo? Yo no sé si la ministra Bachelot ha visitado la tumba de su gloria regional en el cementerio de Nantes, pero las palabras que allí se le atribuyen en el duro brete de La Belle Alliance son algo distintas: «La Garde meurt, elle ne se rend pas!». Claro, explican los guardianes del mito, lo que ocurrió es que una vez consumada su verdadera bella alianza, el señor vizconde no podía admitir ante la familia de su británica esposa haber mandado a tan terrible sitio a toda su estirpe y tuvo que inventar la cursilada de que «La Guardia muere, pero no se rinde nunca» para cubrirse bajo la coartada de que hubo una confusión fonética y que fue diciendo «meurt» cuando algunos sucios oídos escucharon «merde».

Vaya, vaya con Cambronne... Tal vez pudo confundir a sus contemporáneos, pero algunos de quienes investigaron su currículo en la posteridad llegaron a tenerlo bien calado. Ese fue desde luego el caso de un tataranieto del coronel Halkett quien en carta al Times de Londres fechada el 18 de junio de 1932, aseguraba haber encontrado entre los papeles de la familia un dibujo de lo sucedido en Waterloo en cuyo pie alguien había completado la inscripción de la tumba de Nantes: «La Garde meurt, elle ne se rend pas!... Cambronne se rend, il ne meurt pas!».

Total, que si fuera cierto que yo pudiera tener acceso a la oreja del presidente Aznar, me atrevería a darle un doble consejo: no a la guerra, pero cuidado con los Cambronnes.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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