CARTA DEL DIRECTOR | PEDRO J. RAMÍREZ: Gulliver en La Moncloa

CARTA DEL DIRECTOR PEDRO J. RAMÍREZ:
Gulliver en La Moncloa
SALIENDO de Palacio por la puerta del jardín se pasa una leve cuesta y a la salida de una curva se enfila una avenida con una suerte de pequeños pabellones con escaparates cubiertos por tela metálica que recuerdan la zona de aves y reptiles de un zoológico antiguo. Enfrente hay una glorieta versallesca con su paisaje umbrío y su fuente rococó a base de dos angelotes de mármol. A la derecha, dentro de un improvisado cercado, hay un cobertizo de madera, estilo último mohicano, un pesebre en forma de caballete y dos montones de paja. De repente aparece ella.
Solemne, majestuosa, envuelta en su abrigo blanco, suave y lacio, estirando el cuello hasta parecer un centauro, da unos pasos y se acerca hacia nosotros. Entonces se para y se le queda mirando desde su cabeza jibarizada en lo alto del pedestal, desde sus facciones exóticas que para sí las quisiera Michelle Pfeiffer haciendo de mujer gata, desde la arrogancia milenaria de quien cree pisar su propio territorio.
El también la observa, plantado con las manos en los bolsillos en el empedrado de la glorieta, pero su media sonrisa es una mezcla de perplejidad y confusión. Una manera de decir: ¿Y ahora qué hago yo con esta tía?.
Ciertamente, el presidente Aznar no sabe qué hacer con la llama andina. Su primera idea fue pedir que se la llevaran. Si se habían llevado los bonsáis de los pabellones de aves y reptiles, no se entiende por qué la llama no podía seguir el mismo camino. Pero la cosa no era tan sencilla. Uno puede mandar retirar de la noche a la mañana la mesa de billar kilométrica que había en el salón de arriba -el presidente Aznar abre los brazos hasta el límite de su envergadura para describir el tamaño de la mesa de billar-, pero uno no puede desembarazarse de una llama así como así.
Máxime cuando, como inmediatamente podemos comprobar, la llama tiene marido: un llamo enorme vestido de marrón que desde el antifaz de su cara tiznada irrumpe con aire de pocos amigos, sin duda mosqueado por la excesiva atención que ella pone en el nuevo presidente. Qué digo, marido: la llama tiene familia. En el umbral de la cabaña sobresale el rostro alobado de una de sus crías que, para complicar más las cosas, resulta que es un regalo a Doña Sofía. Cualquiera pone en la calle a una ahijada de la Reina. Y para colmo, está el problema de Alonso, el hijo pequeño del presidente, serio, inquieto, observador, poco locuaz como buen Aznar, que resulta que está fascinado con la llama.
Total que, por ahora, la llama se queda. Y puesto que se queda hay que ocuparse también de ella. ¿Tiene suficientes metros el cercado? ¿No es demasiado pequeña la cabaña? ¿Es correcta la alimentación que recibe la familia? En algún rincón de su agenda mental el presidente ha anotado que tiene que consultar con un experto.
Al presidente Aznar no sólo le queda grande la llama, sino también el jardín, la pista de tenis -lo suyo es el pádel, siempre más modesto y abarcable-, el Palacio con mesa de billar y sin ella, la vitrina de regalos tan lujosos como terribles que flanquea la entrada a su despacho y, por supuesto, la residencia familiar. Cuando comentó que no era «lo más recomendable para vivir» quería decir, entre otras cosas, que se le iba de tamaño. A partir de la reacción un tanto avinagrada de González de que la mayoría de los españoles vive en peores condiciones, Aznar precisa que lo que él quiere es exactamente eso, vivir como la mayoría de los españoles.
Por eso la primera medida será traerse los muebles: el tresillo rojo, la mesa de comedor para ocho, las estanterías desmontables... todo lo que ya viajó, a raíz del atentado, desde el piso de Arturo Soria a la casa de La Moraleja, la cáscara que acompaña al caracol cuando se adentra en nuevos parajes. De momento Aznar ya ha colocado en el despacho tres pequeños fetiches que tenía en Génova: dos piezas de cerámica representando una casa y un fraile y una pequeña escultura de un agricultor empujando el arado que le regaló la empresa John Deere cuando era presidente de Castilla y León. Es el símbolo del esfuerzo continuado, de la paciencia y del amor a la tierra.
En el salón de columnas del Palacio, el presidente Aznar me habla de su sentido del patriotismo, evocando no sólo a Azaña sino también a Paco Ordóñez. Le digo que para mi gusto le ha quedado un Gobierno demasiado de derechas y que no se entiende bien lo de Eduardo Serra y me confiesa que si hubiera vivido le habría ofrecido a Ordóñez seguir en el Consejo de Ministros. De hecho, se lo llegó a plantear en un viaje en el que coincidieron y él le contestó con un jovial «depende».
También en el salón principal de Palacio el presidente Aznar se siente un poco como un pulpo en un garaje o más bien como un colegial en un quirófano. Las alfombras blancas, los sillones blancos, las paredes blancas, las columnas blancas... todo tiene un aire gélido y antiséptico como de mausoleo faraónico. Lo más tremendo es un timbre de pie, situado en el lugar donde solía sentarse González, que permite llamar al servicio sin que tan siquiera tu interlocutor lo advierta. Pero Aznar ha hecho un descubrimiento que me transmite lleno de maldad: varias de esas columnas, pilares de la apariencia del poder que han solemnizado tantos encuentros memorables, resulta que son de escayola.
Entre el personal de Palacio, Aznar no ha conocido aún al señor Síndrome de La Moncloa con el que unos y otros le dicen que va a tener que vivir, pero le ha impresionado encontrarse en medio de un inmenso complejo de edificios e instalaciones en el que trabajan más de mil personas, ahora a sus órdenes. Respetando escrupulosamente la duración de los contratos para no perjudicar a nadie, será en este propio entorno en el que empezarán a notarse pronto las medidas de austeridad.
Sobre la mesa del modesto comedor en que Adolfo Suárez celebraba primero los Consejos de Ministros y nos invitaba después a almorzar a los periodistas para contarnos la marcha de las conspiraciones militares contra él, hay una curiosa lámpara de la que pende un cordel. El presidente Aznar lo estira y hace cantar y moverse a un pajarito metálico. Probablemente aquella estructura de finales de los 70 con Lito Delgado, el buen Alberto Aza, Pepe Meliá y otros cuatro gatos era absolutamente insuficiente para dotar de recursos a la presidencia del Gobierno de un país desarrollado. Pero da la impresión de que se ha pasado de un extremo al otro.
Hacía casi una década que no visitaba La Moncloa -desde que nuestras investigaciones sobre los GAL interrumpieron bruscamente mi relación con González- e incluso el contraste con los primeros años de lo que aún no se llamaba felipismo, me parece impresionante. ¿A qué se habrán dedicado hasta ahora esas mil personas que componen el enjambre monclovita? Aún no nos damos cuenta de la envergadura de la maquinaria política que rodeaba a González y del mérito histórico que supone haberla desalojado del poder.
Paseando con Miguel Angel Rodríguez de nuevo por el jardín, comentamos los últimos episodios judiciales con relación a los sumarios sobre los GAL. Aznar se muestra hermético, dispuesto a no interferir de ningún modo en la acción de la Justicia, pero no insensible al desfile de horrores que van enlazando los sumarios. Su Gobierno será medido con el mismo rasero que los anteriores, pero quiero creer que nunca con relación a hechos parecidos.
«Los pueblos se fatigan de la autoridad heroica, con sus dramas y tempestades. Comienzan por acoger con placer la autoridad rutinaria, que trae la calma y la tranquilidad», escribió Schwartzenberg, hace casi veinte años, describiendo el modelo de liderazgo político que encarna el hombre corriente.
Ya veremos si Aznar puede con La Moncloa, o La Moncloa puede con Aznar. De momento es alentador verle ahí, tan de su tamaño, bajo la placa que recuerda en la fachada que fue el «Generalísimo Franco» -alguien debería ocuparse de cambiar la inscripción- quien remozó ese Palacio, precisamente en el mismo año de 1953 en que nació él; o acompañarle bajo la bóveda de plátanos enredados como estalactitas de la avenida principal con la sensación de asistir a la llegada del intrépido Gulliver al país de los gigantes; o descubrir la mirada severa de la llama, del marido de la llama, de las crías de la llama y de los otros mil contratados del recinto, echando de menos unos a su Drácula, otros a su Príncipe Azul, y preguntándose qué diablos hace este marciano en La Moncloa.
(Ben Bradlee cuenta en sus memorias que cuando llegó a la Casa Blanca un viejo conocido suyo, él tuvo que «redefinir muchas veces» el concepto de «amistad» y otras tantas el concepto de «periodismo». Por mi parte, desde que elegí esta forma de vida tengo muy claro que pueden existir muy diversas clases de amistad, pero sólo una forma de periodismo digna de tal nombre. Lo que sigue son mis cincuenta primeras preguntas con sus correspondientes respuestas.)




