CARTA DEL DIRECTOR | PEDRO J. RAMÍREZ: El chiste del caballo

CARTA DEL DIRECTOR PEDRO J. RAMIREZ
EL CHISTE DEL CABALLO
ESTE verano un amigo sevillano ha vuelto a contarme el chiste del caballo. Trata de un grupo de asiduos a una tertulia que se ve sorprendido el día en que uno de ellos llega cantando las excelencias de su nuevo caballo: «¡Qué suerte he tenido! Un caballo que sirve a la vez para carreras y para saltos. Menuda estampa tiene para dar un paseo. Y lo engancho al arado y no veas cómo tira. Cuando yo me voy, sabe como vigilar la casa. Incluso ha aprendido ya a decir unas palabras». Es tan encendida y entusiasta la loa del caballo, que uno de los presentes se interesa por comprarlo. Al principio el propietario se resiste diciendo que no se desprendería de ese caballo ni por todo el oro del mundo, pero cuando la oferta sube, termina por ceder, alegando compungido que necesita el dinero. Una semana después el nuevo dueño del caballo llega indignado a la tertulia: «¡Peste de caballo! Es el más lento del hipódromo. No se atreve a saltar ni una valla de medio metro. Es tan desgarbado que parece un dromedario. No he visto un jamelgo más vago, ni un bicho más tonto. Menudo timo. Se me mete en casa y me deja la moqueta perdida. Tiene ladillas y ronca por las noches...» Como quiera que la sarta de defectos no tiene visos de terminar, el anterior propietario interrumpe a su airado sucesor: «Sí, tu sigue hablando mal del caballo, y a ver cómo lo vendes...».
Pocos colectivos se han especializado tan tenazmente en el deporte de denostar al caballo propio como los oráculos de la derecha española. Adolfo Suárez les parecía demasiado progre, Manuel Fraga demasiado carca, Hernández Mancha demasiado locuaz, Aznar demasiado parco. Si repasamos la lista de fantasmagóricas operaciones urdidas entorno a los supuestos liderazgos alternativos de Ferrer Salat, Cuevas, Osorio, Roca, Fernando Suárez, Miguel Herrero, Marcelino Oreja, Isabel Tocino, Abel Matutes, Mario Conde y un largo etcétera, nos daremos cuenta de que mientras en el PSOE González ha disfrutado de veinte años de jefatura incontestada, sus oponentes se han dedicado a hacerse la puñeta entre sí, cuestionando siempre quién debía sentarse en cada silla.
Puede alegarse, con razón, que los resultados mandan y que la intangibilidad de González no es sino el interesado fruto de sus repetidas victorias electorales. Pero esa misma regla de tres debería haber situado a José María Aznar más allá del Cabo de las Tormentas, tras su holgado triunfo en los comicios europeos, y estos días cualquiera puede comprobar que no es así. Ha bastado un leve repunte de la intención de voto y la iniciativa política del Gobierno para que en el laberinto madrileño no haya secta, conciliábulo o cenáculo en dónde no se ponga de nuevo el «factor humano» encima de la mesa, en detrimento del líder del PP.
Incluso en las propias filas del primer partido de la oposición parece cundir de repente el nerviosismo, la inseguridad y el desánimo, como si se interiorizara una especie de complejo de inferioridad frente a la chica más guapa de la clase. Un buen resultado en las elecciones vascas del próximo domingo puede devolver durante un tiempo el optimismo, pero el alivio será efímero si no hay un cambio de mentalidad respecto a lo que para el PP debe ser la conquista del poder. Soñar con la reedición de esa noche de Antena 3 cuando en la antepasada primavera Aznar tuvo a González al borde del K.O. y le doblegó brillantemente a los puntos, es como creer que una tenista inferior que se impone a la número uno del mundo un día en que ésta lleva dos noches sin dormir, arrastra una lesión en la rodilla y encima le acaba de venir la regla, puede volver a hacerlo en condiciones normales. Noventa y nueve de cada cien veces que se les mida por el rasero televisivo de los concursos de belleza -otra cosa sería si compitieran en honestidad-, González parecerá más simpático y elocuente que Aznar, e incluso en la número cien seguirá teniendo medio palmo más de altura.
¿Qué hacer entonces? Esperar a que Pedro Arriola descubra una poción mágica que transfigure al aspirante justo en el momento en que las cámaras le enfoquen o ponerse a buscar por todo el reino a alguien a la medida del zapatito de cristal televisivo, sería confundir la política con los cuentos de hadas. Mucho más rentable le resultaría a la plana mayor del PP pararse a escuchar la consigna que alguien igualmente cuestionado por no ajustarse a los estereotipos del candidato-detergente como Julio Anguita, repite hasta la saciedad: «Programa, programa, programa». A lo mejor entonces descubría que el problema de estas últimas semanas no es tanto la personalidad de Aznar como su mensaje, o sea las cosas que dice -hay que suponer que como parte de una estrategia meditadamente debatida-, más que la forma en que las dice.
Basta repasar cronológicamente la variación del mapa electoral para establecer una relación de causa-efecto entre la evolución ideológica del PP y su auge en los comicios. A medida que actitudes como las adoptadas ante la «ley Corcuera» o la «ley mordaza» y posicionamientos más tolerantes y menos dogmáticos respecto a asuntos relacionados con la moral y las costumbres iban moldeando al PP como un partido de centro, su base electoral se ampliaba hasta convertirse en una fuerza fronteriza con el PSOE e incluso conseguir importantes trasvases de sedicentes votos de izquierdas. Ahora esa evolución hacia el liberalismo, el federalismo y el racionalismo parece haberse detenido y también la capacidad de crecimiento del PP.
Desde el inicio del nuevo curso político Aznar y sus colaboradores no han dejado de acumular manifestaciones que implican una cierta vuelta a las esencias y que, al mismo tiempo que dan satisfacción a los segmentos más conservadores que en ningún caso dejarán de ser fieles al PP, ahuyentan a los decisivos sectores intermedios que finalmente tendrán que inclinar la balanza de un lado u otro. Algunos de esos gestos han tensionado las relaciones con los nacionalistas vascos y catalanes más allá de toda prudencia y realismo. Invitar a comparar la situación del País Vasco de ahora con la del franquismo, no parece lo más adecuado para tranquilizar a quienes la dura actitud del PP en las polémicas sobre el uso del catalán y la reinserción de etarras ha podido producir cierta alarma. Responder de forma tan agria y desabrida a la razonable invitación de López Riaño a abrir un debate sobre las ventajas e inconvenientes de la legalización del hachís, no es desde luego la forma de acercarse a esas generaciones de jóvenes y no tan jóvenes que pueden acreditar por propia experiencia que los efectos del porro son en el peor de los casos equivalentes a los del alcohol. ¿Por qué no tiene más en cuenta la cúpula de la calle Génova el criterio de los líderes de Nuevas Generaciones a la hora de definirse sobre éste y otros muchos asuntos?
La gran paradoja es que buena parte de quienes estimulan el viaje de regreso de Aznar hacia el tradicionalismo, son los mismos que luego cuestionan su capacidad de liderazgo. No se dan cuenta de que ni el mismísimo Robert Redford sacaría adelante una plataforma como la que le animan a asumir y defender.
Lo mejor del chiste del caballo es que no aclara si el animal era tan bueno como decía el primer propietario o tan malo como clamaba el segundo. Cuando efectivamente, como acaba de decir el propio Aznar, de lo que se trata es de dejar atrás el puerto de Arrebatacapas con la menor dilación posible, no cabe mayor tontería que ponerse a discutir sobre las características del único caballo disponible. Es el que hay y punto. Si nos da el viaje, ya veremos lo que hacemos cuando lleguemos a destino. En lo que sí que hay que acertar ahora es en elegir bien el camino.
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